WASHINGTON BENAVIDES

"Me siento el más joven de los ancianos poetas"

La velada seguramente será emotiva. Hoy lunes 23 de mayo a las 20.00 en la Sala Zitarrosa habrá un tributo a Washington Benavides, recordando los 50 años de su libro “Las milongas”.

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Washington Benavides. Foto: Marcelo Bonjour

Será con entrada libre, y subirán al escenario Daniel Viglietti, Héctor Numa Moraes, Washington Carrasco y Cristina Fernández y Larbanois & Carrero, entre otros destacados músicos.

—¿Se siente tan valorado hoy como 50 años atrás?

—No, de ninguna manera. Esas son las cosas que uno no sabe si ponerle un sello de bueno o de negativo. Como la mayoría de las premiaciones, se dan hacia el fin de la carrera, en la agonía del creador. Sería importante que esos premios se dieran en el momento culminante. Yo digo, con humor, que me siento el más joven, de los ancianos poetas de mi país.

—¿Usted se siente tan músico como poeta?

—Sí, sí, exactamente. Es más, reivindico aquello del origen: música y poesía nacieron juntas. Luego hubo un divorcio, y a veces se reencuentran, en grandes momentos de la canción. Georges Brassens era considerado un cantor popular, y de pronto le dan el premio mayor de poesía en Francia, y los hacedores de versos quedaron desapuntados.

—Ahora Banda Oriental reeditó Las milongas...

—La primera edición se debió a Nancy Bacelo: en la Feria del Libro ella publicó en 1965 una pequeños librillos que ella los llamaba La Colección del Altillo. Porque en lunfardo, El Altillo es el bolsillo de arriba del saco. De ese tamañito era el libro, pero tuvo una difusión muy grande, debido a los músicos.

—¿Cuál de todas esas musicalizaciones le llegó más?

—Es difícil elegir: al padre le cuesta decir a que hijo quiere más. El público es el gran jurado, y fue haciendo esa selección, identificando a Darnauchans con "El instrumento". A Zitarrosa con "La chamarrita de la bailanta", o con "La milonga del cordobés". A Viglietti con "Yo no soy de por aquí".

—¿Cómo nació ese libro?

—Creo que en un momento nada favorables aparece la creación. Roberto Ibáñez me había conseguido un traslado a Montevideo, que no lo pude realizar. Y regresando a Tacuarembó, me sentí bastante desdichado, pensaba que me tenía que dedicar más a ser profesor de literatura, y dejar en segundo plano la escritura. Y sucedió todo lo contrario: llegué y lo escribí de un tirón.

—¿Lo inscribiría dentro de la literatura culta o popular?

—Precisamente en una milonga, que se llama "Diferencias", dice, "no se sorprendan si contrapuntean aquí la guitarra de Gabino y el arpa del Rey David". Con esas dos referencias, en mi obra se entrecruzan, se mezclan, lo popular y lo culto. Siempre desde una unicidad entre forma y fondo.

—¿Qué lugar ocupa la literatura en su vida?

—Como en muchas otras cosas, el arte también puede ser un acompañamiento para las instrucciones de camino. No creo que los dogmas: creo en el cambio permanente. No creo en la inspiración. Como dijo Valéry, "algo se nos da, y el resto es la inteligencia".

—Siempre se cuenta que su primer libro se lo quemaron en una hoguera. ¿Cómo fue eso?

—Por el asunto de censura tengo el récord. Mi primer libro, Tata Vizcacha, me lo quemaron en plena democracia, en 1955, en la plaza 19 de Abril, de Tacuarembó, a media cuadra de la Jefatura. Era la época terrible de la Guerra Fría. Yo presencié la quema, junto con Walter Ortiz y Ayala, desde un café cercano. Pero qué íbamos a hacer. Y lo que más me dolió fue que no hubo reacción, ni en los partidos de izquierda socialista, o comunista, o los partidos tradicionales.

—Desde ese punto de vista estamos viviendo una época mejor...

—Por supuesto. No creo que se queme ningún libro ahora. De un libro se puede decir que es malo, pero quemarlo, es lo mismo que hacían los nazis, o la Inquisición.

—¿Cómo era el Tacuarembó de los años 30 y 40?

—Yo cuando era profesor allá me acostumbré a llamarla La Polvorienta, porque las calles eran de Macadán. Todavía hoy algunos la llamamos así. Sin embargo, tenía algo de Córdoba La Docta uruguaya, por verdaderos maestros que llegaron hasta allí. Julio Castro Álvarez, en teatro y literatura, quien vino de España y trabajó junto a Margarita Xirgu. Y allá creó el Teatro Experimental Universitario, que lo de universitario no tenía nada que ver. También el maestro José Tomás Mujica, medalla de oro del Conservatorio de Madrid: daba historia de la música en el Conservatorio de Tacuarembó, y creó todo un movimiento formidable. Y en plástica, Anhelo Hernández. En Tacuarembó su cumplió una carrera de postas, en la que el maestro crea a su vez su sucesor.

—Así que La Polvorienta tenía buenos docentes...

—Y me olvidaba del arquitecto Walter Domingo, creador de una obra aún ahora vanguardista, que son los Centros de Barrio. Uno de ellos aparece en esa extraña película Miss Tacuarembó.

—¿Esa película le pareció muy irreverente para describir a su ciudad natal?

—No. Está aquella frase de un político, no importa que hablen mal de mí, lo que importa es que hablen.

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