PIERO GAMBA

"Me siento cómodo en todas partes"

El célebre director de orquesta italiano se presenta este viernes en el Auditorio.

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Piero Gamba. Foto: Francisco Flores

Pocos artistas tienen oportunidad de celebrar 70 años de trayectoria. Para eso hay que tener muchos años, y haber empezado muy chico. Y en ese sentido, pocos pueden batir el récord del maestro italiano Piero Gamba, quien el viernes 15 de julio en el Auditorio Nacional Adela Reta, recibirá un tributo con la Orquesta Sinfónica de Audem.

En la primera parte del mismo, destacados solistas se sumaron a este homenaje, entre ellos el guitarrista Eduardo Fernández, la pianista Raquel Boldorini, el barítono Fernando Barabino y el trompetista Alejandro Vega. Y en la segunda parte, Gamba dirigirá la 7ª Sinfonía de Beethoven.

"Desde que fue compuesta y estrenada, hace más de dos siglos, esta pieza, una de las más famosas, queridas y admiradas obras maestras de Beethoven, nunca fue ejecutada y nadie la oyó tal y como el compositor la compuso. Por fin hay un modelo fielmente corregido para ser reproducido en toda ejecución de los siglos venideros", explicó el artista nacido en Roma en 1936, cuya popularidad creció rápidamente desde su debut en 1945, dirigiendo la 5ª Sinfonía de Beethoven por la Orquesta de Ópera de Roma.

El concierto de este viernes evocará también aquel otro que dio en Uruguay en 1950, cuando contaba con tan solo 14 años, dirigiendo esta misma orquesta de Audem. La decisión de celebrar este acontecimiento en Montevideo la fundamenta el maestro en "mis profundos lazos con Uruguay y sus músicos, por el pasaporte que me otorgara el presidente Batlle Berres, por ser director honorario de la Orquesta Audem desde 1950", afirma.

"Siempre quiero venir a Uruguay, para mí es como volver a mi propio país. Es algo que no se puede expresar en otras palabras. Cuando cumplí 50 años como director de orquesta, me hicieron en Uruguay un homenaje en el Hotel Carrasco. Y ahora recibo otro, y con más años todavía", dice el artista con un humor que no parece perder nunca.

—¿Le molesta que le digan Pierino?

—No, no veo nada malo. Mi padre falleció a los 84 años, él era Pietro, y sus amigos le llamaban Pietrino. Es totalmente normal. Es cariñoso ese diminutivo. Hasta a Elizabeth Taylor la llamaban Liz.

—¿Haber sido niño prodigio le impidió tener una infancia normal?

—Perfectamente normal, porque tan normal como ir a la escuela y dar los exámenes (cosa que también hice), era normal tomar una batuta y dirigir una orquesta. Además, no me costó ningún trabajo. Todo me quedaba grabado a la primera explicación. Aprendí a solfear en las siete claves sin problemas. La Quinta Sinfonía de Beethoven la aprendí en dos días, con pocos minutos de instrucción cada día. Y pude dirigirla, sabiéndola. No por mera intuición. Ojalá tuviera esa facilidad ahora.

—Usted ha trabajado y vivido en varios países, pero en su país natal menos. ¿Es así?

—Es verdad. De los, digamos, tres mil conciertos que he dado en mi vida, en Italia he hecho poca cosa. No he dirigido allí tantas veces como en España, Inglaterra, Francia, América Latina. No sé por qué. Hay misterios en mi vida —como en la vida de todo el mundo— que nadie los puede explicar. Por ejemplo: mis conciertos en 1950 en Uruguay, han quedados grabados en la historia musical uruguaya. Sin embargo, aquellos 12 conciertos colmados de público, no dejaron una secuela inmediata: hasta 1963 estuve sin volver a Uruguay. ¿Por qué? Ni yo lo sé ni nadie lo puede explicar.

—¿En qué país ha vivido más cómodo?

—Me adapto muy fácilmente. Lo que siento por Uruguay ya lo sabemos todos. También he estado muy cómodo en África, aunque no fui residente en Johannesburgo, como se ha dicho. Viví, saliendo y entrando, 24 años en Canadá. Y también en Montecarlo. Me siento cómodo en todas partes.

—Usted fue director musical de la Orquesta del Sodre en más de un período. ¿Cómo ubicaba a esa orquesta en el contexto latinoamericano?

—Siempre la he admirado como a una de las mejores. Tanto que una vez, cuando tuvimos que preparar para un programa La isla de los ceibos, de Eduardo Fabini, yo le dije a la orquesta que años atrás habían hecho una grabación sensacional, con el maestro Lamberto Baldi como director. Y les pedí que teníamos que tener esa grabación, esa interpretación, presente como si fuera nuestra Biblia. Esa es la opinión que siempre tuve del Sodre: siempre ha sido una gran orquesta.

—¿Su partitura favorita?

—Es indudable que los tres más grandes compositores de todos los tiempos fueron Beethoven, Bach y Mozart. Ese triunvirato, sin importar el orden que ocupen, son las estrellas más brillantes del cielo musical. Claro que hago también música barroca y dodecafónica, pero tengo mayor inclinación por los clásicos y románticos. Y aquellos que dicen que les gusta todo por igual, no hacen nada bien.

—¿Y de los compositores latinoamericanos?

—Claro que he hecho Villa-Lobos, Ginastera, pero hay una obra que está muy próxima a mí que es Campo, de Eduardo Fabini. La vengo interpretando mucho en los últimos... 50 años. Es una obra magnífica, cómo describe el espíritu uruguayo, la afectividad, la belleza, los bailes. Tengo que decir la verdad: solamente la he interpretado en Uruguay, y no he visto que la hagan en otros países. Pero como los directores de orquesta tendemos a ser longevos, no excluyo la posibilidad de hacerla en el exterior.

—¿Le ha pasado de estar al frente de una orquesta con músicos que no confiaran en su capacidad?

—Sí, músicos escépticos sí, sobre todo en mis primeros años de carrera. A mí los músicos me hacían, digamos, bromas, para probar si ese director de orquesta de 11, 12 años, tenía capacidad. Y yo me tomaba la revancha: en lugar de llamarle la atención al músico, si hacía algo raro, lo dejaba hacer. Les dejaba hacer todo lo que querían, sin parar, sin decirles nada. Y cuando ya pensaban que yo no me había dado cuenta, cuando habíamos terminado, yo les marcaba uno a uno los errores que habían cometido. Se los corregía todos. Y la victoria que pensaban que habían tenido se veía ahogada, y luego contaba con toda la colaboración de la orquesta, y más aún.

—Hay grandes directores que arman un repertorio con partituras de músicas de películas, por ejemplo, con el fin de divulgar. ¿Cómo ve usted eso?

—Indudablemente sirven para divulgar el arte musical. A veces (sin dar nombres) hay algunos que nosotros, los músicos serios, decimos que será para divulgar, pero no está muy bien divulgado. Pero a veces mejor mal divulgado a que quede en la oscuridad.

—¿Cómo conserva el ánimo de trabajo con la edad?

—Se dice que los directores de orquesta no tenemos edad. Toscanini murió casi con 90 años. Pierre Monteux con 91. Casals, 95. Y el que batió todos los récords fue Leopold Stokowski, que a los 95 firmó un contrato por cinco años con una casa discográfica. Yo quiero batir ese récord, pero me falta mucho. Por eso se dice que cuanto mayores somos los directores de orquesta, más jóvenes somos. También se dice que cuanto más viejos son, más rápidos hacen los tiempos. ¡Quién sabe por qué! Tendrán prisa de no llegar a su propio funeral.

Una carrera de siete décadas de aplausos

"Todo el esfuerzo lo hacen los músicos, nosotros los directores de orquesta estamos ahí, sujetando un palito que es el más liviano de todos los instrumentos", bromea Piero Gamba, cuya carrera de siete décadas lo ha llevado a tratar con músicos de primera magnitud (como Pau Casals y Andrés Segovia) y a cosechar innumerables reconocimientos. Sus vínculos con Uruguay son muy sólidos, y tiene, entre otros hitos, su cargo de director musical de la Orquesta Sinfónica del Sodre, entre 1994 y 1995 y entre 2001 y 2004. Gamba estima que ha dado en Uruguay unos 200 conciertos, incluso en el Interior, y cuenta que donde no ha podido llegar con la orquesta ha dado incluso recitales de piano.

Una placa recordatoria que ha sido olvidada

Piero Gamba se presentó por primera vez ante el público uruguayo en 1950, hecho que impresionó fuertemente a la comunidad cultural, dado que el talentoso director de orquesta tenía apenas 14 años. "Fue en el Teatro Artigas, donde posteriormente se puso una placa conmemorativa, que desgraciadamente hoy nadie sabe dónde está. ¿Se perdió? ¿No se perdió? ¿Nadie sabe? Posiblemente cuando tiraron abajo el teatro, no sacaron ese recuerdo que estaba en una de sus paredes", dice hoy el célebre músico.

"Ese año, desde finales de abril hasta junio, durante seis semanas, hice 12 conciertos: los primeros seis en el Teatro Artigas y los otros en el Solís, todos con la orquesta de Audem", agrega.

"El presidente Batlle Berres me honró entonces, otorgándome el pasaporte uruguayo. Recuerdo todo claro, parece que fue ayer: los músicos, la cálida recepción del público, el hotel donde me quedaba. Ahora tendré a los nietos de ese público, pero en Uruguay sigue habiendo una gran afición musical".

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