Roberto Darvin

"Me gusta perderme detrás de mis canciones"

"Calle Yacaré", "Jacinto Vera" (aquella de "barrio de veras, barrio de veras, Jacinto Vera"), "Milongón del Guruyú" son algunas de las composiciones de Darvin que se han integrado al cancionero popular e improvisado de fiestas y asados uruguayos.

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Roberto Darvin. Foto: Marcelo Bonjour

Hoy, en la Hugo Balzo en el Ciclo Grandes Solos, este músico de 72 años con más de medio siglo de carrera mostrará su arte forjado en el candombe y la música popular latinoamericana. Darvin, en su simpleza y su capacidad de retratar lo popular, es uno de los grandes de la música uruguaya.

—Usted está en El Pinar...

—Desde 1985 cuando volví de Europa donde viví añares.

—Lindo lugar...

—Era un lindo lugar...

—¿Por qué era?

—Es un lugar que ha cambiado mucho. Él cambió y yo cambié. Él cambió no para bien, quizás yo tampoco. Es que hay muchísima gente que llega con los aceleres que tenemos los montevideanos. Y no tiene una vida social muy intensa. La gente va a dormir a El Pinar pero los que vivimos ahí no somos tantos. Las casas están vacías durante el día y se llenan a la noche con las familias.

—¿Y tiene su música El Pinar?

—Le descubrí su música porque estoy muy atento al canto de las calandrias y los zorzales. El zorzal ahora está tremendo. Se ve que quiere enamorar y suelta sus mejores cantos: persistentes y monótonos, sí, pero es un pajarito tan lindo, noble y confianzudo. Esa es la música más bonita de El Pinar. Pero también está la música de las sirenas y de las alarmas: la gente tiene miedo y hace ruido. Se hace notar metiendo ruido. Y todo el mundo tiene moto. Y les encanta hacer ruido con las motos.

—¿Cómo va a ser el show de hoy en la Balzo?

—Aparecerán por ahí en el programa poetas como Nicomedes Santa Cruz, Vicente Espinel. Y van a estar mis canciones y de otros compositores. El programa condensa del modo más sintético posible una larga trayectoria no de mi carrera en sí, si no de la música popular latinoamericana. Suena pretencioso pero esa es un poco la idea.

—Usted, como dice la canción, es de Jacinto Vera, que no suena a barrio candombero. ¿Cómo llegó al candombe?

—Es cierto, en el barrio no había candombe. Al candombe me lo crucé por las calles y escuchando. Fui a las primeras llamadas que me llevó mi padre en 1956 y a partir de ahí me enamoré de ese fenómeno. Me cree un vínculo afectivo con el tambor muy poderoso, muy extraño. Mi padre tocaba algo de tambor con buena noción rítmica pero lo hacía en la mesa del comedor porque no había tambor en casa.

—¿El candombe era exclusivamente cosa de negros en aquella época?

—Prácticamente sí. Era muy raro ver un blanco tocando tambor. Las comparsas era mayoritariamente negras en aquellas primeras llamadas.

—¿Y qué encontró usted ahí? ¿Le gustaba bailarlo?

—El candombe no tiene coreografía, no se baila. Y tampoco se canta. El candombe es el ritmo nada más, no es música. Si entendemos la música como el resultado de la suma de melodía, armonía y ritmo, el candombe es solo ritmo. Por eso para tocarlo hay que fusionarlo con otro género como se hizo con el rock o con el tango. O si no dejar a los tambores tranquilos que ellos se las arreglan bien solos.

—Usted hizo esa fusión. ¿Hacía dónde quería llevarlo?

—Y quería llevarlo hasta más o menos donde lo llevé. Escribí hace poco un tema que dice "al candombe yo quisiera, pedirle perdón un día, porque traté de ponerle una armonía, letra y una melodía y lo canté. Y el candombe no se canta, el candombe es el tambor". Es justo eso de lo que estábamos hablando.

—Pero hay una poesía del candombe. ¿Cómo es?

—Yo siempre trabajo primero la letra, ya sea en candombe o en cualquier otra forma rítmica. Y en función de las palabras, según las sílabas, aparece naturalmente el ritmo. Cuando estoy pensando en la clave de candombe estoy pensando en una métrica poética.

—También hay un paisaje asociado al candombe. En sus canciones está el Guruyú, la calle Yacaré, Jacinto Vera. ¿Usted se preocupó especialmente en mostrar eso?

Sí, pero vinieron naturalmente porque estaban ahí y había que estar atento. No inventé nada, observé algunas cosas y traté de escribir algunos sentimientos que producían en ese momento esos lugares. Y salieron esas canciones.

—¿Caminaba mucho la ciudad?

—Mucho. Tocaba mucho en lugares nocturnos que eran numerosos y frecuentados por músicos y poetas populares, gente que me deslumbró como Tito Cabano. Y conocer a Alberto Mastra, el autor de tantas canciones y de aquellos milongones. Andar cerca de gente así destiñe.

—¿Usted se siente parte de esa tradición del candombe? Porque después aparecieron Rada, Roos, entre otros, y lo volcaron hacia otro lado al candombe, más cercano al rock.

—Yo no me siento muy cercano a lo que después fue el rock and roll, no estoy muy vinculado a ese movimiento. Probablemente, los ingredientes de esta cocina que yo hago vengan por aquella otra vía. Más de gente que tocaba la guitarra de palo y en un sentido menos anglosajón. Yo era más permeable a lo que se escuchaba en la radio: música cubana, o del Caribe. Vengo de ahí.

—Quizás por eso, uno tiene la sensación que a pesar de sus aportes a la música uruguaya, Roberto Darvin no es tan conocido. ¿Le parece que es así?

—Creo que está bien que sea así. Prefiero que se conozcan mis canciones aunque yo me desdibuje detrás de ellas. Eso está en el Tao, cuando dice que el buen caminante no deja huellas. Y no tiene porque ser notorio alguien que compone música popular, si lo es fenómeno pero la gente ya me hace el favor de aceptar mis canciones que me traten a mi como un ídolo no es algo que me emocionaría particularmente. Nunca trabajé para eso, debería ser de otra manera y hay que querer ser conocido. Yo no estoy seguro de haberlo querido, ni de haberlo buscado.

—Pero igual se ha hecho un nombre...

—No sé si la gente me conoce mucho. Conoce mis canciones y para mi eso está bárbaro. Me gusta perderme detrás de mis canciones. Lo que tengo, sí, es prestigio entre ciertos músicos. Me quieren mucho y me tratan como un venerable anciano y disfruto mucho.

—Usted es un cantor en el mismo estilo que El Sabalero, ¿lo siente un pariente musical?

—Sin ninguna duda. Es mi hermano en la música, en mi alma y en mi corazón. Cuando yo creí que no tenía más lágrimas porque hacía muchos años que no lloraba, cuando murió José lloré mucho. El Sabalero era una personalidad avasallante, entrañable y tenía una especie de bandideada que la gente aprecia mucho.

—¿Usted no es bandido?

—Sí pero soy bandido en privado. Trato de beber vino cerca de la cama para no hacer papelones. O por lo menos que sean papelones domésticos.

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