UN SHOW PARA GRITAR Y BAILAR

Marc Anthony: entusiasmo y felicidad

Ofreció su show una vez más en Uruguay y dejó a todos contentos

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El reencuentro con las canciones del "nuyorrican". Foto: W. Piñeyro.

La multitud en los entornos del Centenario antes del concierto de Marc Anthony ilustraba que había solo un elemento en común con la previa a un partido de fútbol importante de la liga local: había mucha gente.

Por lo demás, las diferencias eran notorias. Allí donde un partido de fútbol divide hinchadas en medio de un clima tenso y exhibe una importante cantidad de policías, lo que precedía al show del neoyorquino era todo lo contrario: un montón de mujeres (había hombres también, pero eran una clara minoría) que deambulaban contentas, apurando el paso cuando pasaban cerca de un humeante puesto de comidas. No fuera cosa de que ese humo de chorizo o pancho se impregnara en la ropa o el pelo y compitiera con el aroma del perfume.

El clima era de alegre expectativa ante la nueva visita del cantante al Centenario. Ellas, producidas y felices, iban a ver de nuevo a este espigado y menudo intérprete, un señor que ya pisa los 50 pero cuya apariencia es de alguien 10 años (o tal vez más) menor.

Y pongo "de nuevo" porque hace años que Marc Anthony viene a Uruguay. Sin embargo, da la impresión de que no hace tanto que genera tanto revuelo como lo ha hecho en las últimas ocasiones que ha venido a Montevideo.

Los dos últimos conciertos de Anthony en Montevideo fueron en el mismo lugar, y aunque la Olímpica no estuvo colmada en la noche del jueves, los claros en la tribuna no eran demasiado grandes. Además, el fervor del público compensó con creces cualquier fajo de entradas que haya quedado como sobrante.

Es probable que parte del aumento en convocatoria se explique por "Vivir la vida", una canción que figura en el último disco editado por Anthony (3.0, 2013) y con la cual el cantante "encontró" uno de esos hits que suenan en todos lados, todo el tiempo.

Pero los fundamentos de la popularidad de Anthony en Uruguay ya estaban en su lugar desde mucho antes, por supuesto. El primer disco del neoyorquino es de hace casi 25 años, algo que uno casi tiene que obligarse a recordar cuando lo ve en el escenario, bailando y trotando de una punta a la otra del escenario con el lenguaje corporal de la juventud.

Antes de comenzar el concierto, una de las pocas mujeres que iba por primera vez a verlo preguntaba cómo era el show. Si había bailarines, por ejemplo. Sus amigas le dijeron que no. Porque Anthony, al menos cuando viene a Uruguay, trae un show musical. No hay bailarines, no hay cambio de vestuario, no hay pirotecnia, no hay nada fuera de lo más previsible cuando se trata de un concierto: gente tocando en un escenario con unas pantallas de video que básicamente transmiten para quienes están más atrás. Y listo.

Unos minutos antes de las nueve empezaron a caer algunas gotas, pero el agua jamás llegó a humedecerle la fiesta a nadie. Solo fue un amague, y cuando eran las nueve y minutos se vieron los vehículos —es imposible sorprender al público en el Centenario— que traían al cantante y su troupe. Gritos y más gritos. Se apagan las luces. Más gritos. La banda empieza a tocar. Aplausos. Aparece Marc Anthony y ahora sí, esos gritos son los mejores de la noche.

En esos alaridos iniciales parecen salir al mundo muchas cosas contenidas en los cuerpos femeninos: deseo, euforia, incredulidad y hasta desesperación. No deja nunca de sorprender el poder que tienen esos alaridos, aunque es probable que estemos asistiendo a las últimas expresiones de éxtasis de ese tipo en conciertos y espectáculos: los celulares y sus cámaras ocupan cada vez más tiempo de muchos de la audiencia.

Hay momentos en los que uno tiene tantas pantallas flotando alrededor que es posible seguir el espectáculo en esos rectángulos brillantes suspendidos en el aire. Esos cristales que paulatinamente parecen irle sacando protagonismo a quien se encuentre arriba del escenario en ese momento.

Entre el registro de lo que ocurre en el escenario, el acto de compartir esos registros con amigos y redes sociales, y las obligatorias "selfies", es probable que lo artístico pase a ser el pretexto para esa puesta en escena —individual o grupal— de una experiencia que después se difunde a través de Internet. Y que da pie para nuevos intercambios entre contactos y conocidos.

Pero, por ahora, lo importante sigue siendo atender a los meneos de caderas de un artista que tiene swing de sobra cuando está en su hábitat natural, y cuya simpatía logra que le perdonemos la frase "me siento en casa" cuando sabemos —por YouTube—, que lo dice en muchas partes.

Un show contundente y con swing.

Marc Anthony tocó durante dos horas en su más reciente show en Montevideo, que fue prácticamente idéntico al que ofreció la vez pasada que estuvo en el Centenario. Primero arranca con un gran hit ("Valió la pena"). Luego sigue con temas que, aunque no tengan ese impacto, son de la categoría "una que sepamos todas". A eso le sigue una parte donde su banda —contundente pero capaz también de ser fina— exhibe sus virtudes. En esos momentos, Anthony y su banda se acercan a Ruben Blades o Tito Puente, con repetitivas y calientes zapadas llenas de swing y color. Anthony le da mucho lugar a la música en sus presentaciones. En parte, eso explica que durante esas dos horas se tocaran "solo" 13 canciones. Pero Anthony también es un showman que repite tics ya probados y aprobados en muchos escenarios: los gestos amorosos (o lascivos), las guiñadas, las frases hechas, los pasos de baile en el momento justo. Todo eso suma minutos, también. Todo eso es, además, lo que muchos fueron a buscar al Centenario, porque saben que el sabor del reencuentro luego de un período de ausencia es especial. Y él sabe que es mejor guardar las sorpresas para otras ocasiones.

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