AHÍ ESTUVE

Mar de fondo que trajo de vuelta una vieja pasión: la de La Trampa

Crónica del show que marcó el regreso de la banda uruguaya a los escenarios.

La Trampa en el Teatro de Verano. Foto: M. Bonjour
La Trampa en el Teatro de Verano. Foto: M. Bonjour
Spuntone, Arakelian, Ráfols , Carballo y Peralta en escena. Foto: M. Bonjour
Spuntone, Arakelian, Ráfols , Carballo y Peralta en escena. Foto: M. Bonjour
La Trampa en el Teatro de Verano. Foto: M. Bonjour
La Trampa en el Teatro de Verano. Foto: M. Bonjour
La Trampa en el Teatro de Verano. Foto: M. Bonjour
La Trampa en el Teatro de Verano. Foto: M. Bonjour
La Trampa en el Teatro de Verano. Foto: M. Bonjour
La Trampa en el Teatro de Verano. Foto: M. Bonjour

En las pantallas de los celulares que insisten en dejar registro de una noche que es de alguna manera histórica, todo lo que se ven son manos: manos alzadas, puños cerrados, dedos que señalan hacia arriba, y allá, de fondo, el escenario donde entre las luces rojizas y el humo, La Trampa hace su vuelta en el primero de los cinco Teatros de Verano agotados que logró con este evidentemente esperado regreso.

El segundo concierto fue anoche, el tercero hoy, y los dos últimos serán el jueves y el viernes próximos.

En el escenario, en la mitad del escenario, lejos de esos celulares urgentes y más adelante que el resto de sus compañeros, Alejandro Spuntone abre los brazos y asiente al ritmo de la música, con la mirada perdida, en un gesto instintivo que es, a la vez, una manera de reconocerse a sí mismo que este retorno que tanto revuelo generó entre la prensa y el público del rock uruguayo, valió la pena. La canción que hace de banda sonora de esa escena puede ser cualquiera, porque se repetirá varias veces.

Y varias veces a Spuntone se lo verá emocionado, controlando la respiración, evitando las lágrimas. Hacia el final de la noche se disculpará, en nombre suyo y de sus compañeros, por haberse visto desbordado de sensaciones especiales. Y está bien, se los disculpa, porque ese sentimiento tan suyo se impone en el resto del Teatro de Verano, se comparte.

Ya son más de las 21:00 y en el Ramón Collazo hay algo en el aire, un nerviosismo adolescente, una sensación extraña que se parece a esa famosa calma que suele anteceder a la tormenta. Las puertas se abrieron a las 18:00 y estos más de 4.000 fanáticos (de varias edades pero más que nada treintañeros, y mayoría de hombres), están en su lugar, expectantes, silenciosos. Los primeros en llegar colgaron sus banderas adelante, para asegurarse que la banda los vea, para marcar territorio y cumplir con un viejo ritual. Otros eligieron el útlimo vallado y allá, en lo alto, un trapo grande, negro con letras blancas, recuerda aquel verso de "dar todo por amor, sin perderse en la corriente".

Cuando llegue el turno de la canción a la que pertenece esa línea, "Las décimas" (una de las últimas de la noche, de las letras más poéticas de La Trampa que en vivo se convirtió en un himno popular), Spuntone le dará un abrazo tan intenso a Garo Arakelian, tan sentido, que será una de las fotos más importantes del primero de los cinco conciertos.

Ese mismo abrazo se verá, en mayor o menor medida, entre parejas, entre amigos, entre familias que se miran y se amontonan para certificar lo que están viviendo, el reencuentro con una banda que, está claro, marcó y marcó profundo las vidas de todos quienes los van a ir a ver a esta seguidilla de presentaciones.

El 80 por ciento del repertorio está en su inconsciente colectivo, se canta a viva voz como si aquel auge de los 2000 nunca se hubiera terminado, redimensionando aquellos himnos que en tiempos de crisis fueron la voz de varias generaciones desencantadas. A juzgar por la foto de ayer, hay cosas que no han cambiado.

Ese motor musical, que suena aceitado como siempre y en su mejor forma, obliga a la gente a buscar la manera de hacer pogo como sea, como se pueda, sobre las gradas o en las escaleras. Hay un pequeño porcentaje de temas —uno es por ejemplo "La casa azul" de El mísero espiral de encanto, su último disco de estudio— que queda reservado para los más fanáticos, que cantan bajito en los pasajes más calmos de un show que suena fuerte y se siente fuerte.

Fuerte en las emociones, está claro. Irvin Carballo, de precisión perfecta en la batería, queda enmarcado en el telón con el pentagrama, que luego caerá para que ese mismo símbolo quede representado en una estructura de luces. Carlos Ráfols mantendrá a lo largo de más de dos horas una sonrisa genuina que prueba que después de 10 años alejado de los escenarios, no hay nada mejor que volver. Y Garo Arakelian, el responsable de la oscuridad sonora y letrística de esta banda, ese guitarrista parco y melancólico, baila, sonríe, hace chistes y de a ratos se queda mirando al público, a sus compañeros, intentando que ese recuerdo no se borre más.

Y fuerte en sus pretensiones, porque la banda abrió la noche con "El retador", su canción nueva, para probar y probarse que hay cosas para decir y que esto no es solo un negocio. "Pobre la banda que vuelva y no tenga nada para decir", avisó Arakelian antes de que el Teatro de Verano vibrara con "Yo sé quien soy", y su público le agradeció ese gesto, esa palabra y con todo eso, esta vuelta, capaz de probar la larga vida de aquellas canciones, capaz de conmover a una multitud, y capaz de darle una inyección vital al rock de acá.

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