LANA DEL REY

Madurez que deja atrás la tristeza

La cantante le pone un poco de luz a su música con su nuevo disco "Lust for Life".

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Lana del Rey. Foto: Difusión

Un buen día, Lana del Rey comprendió que el mundo ya había entendido las penas de su alma oscura; que un público bastante importante la había aceptado así y lo que es mejor, había elegido seguirla a pesar de ese disfrute constante de la tristeza, y entonces relajó. Se dio cuenta, después de lanzar cuatro discos (o tres desde que firmó con una discográfica masiva, porque están los que dejan el Lana del Rey de 2010 en el olvido), de lidiar con la fama y de tirar frases polémicas dentro y fuera de sus canciones —"ojalá estuviera muerta", le dijo una vez a un periodista de The Guardian y causó revuelo con eso—, que ella también podía aceptarse a sí misma en ese mundo interior que trasladó con insistencia a una música adictiva, bella pero conflictuada.

Y el resultado de ese descubrimiento es Lust for Life (igual que el de Iggy Pop), un quinto álbum que lanzó el viernes pasado y que rápido se hizo con el número uno de las ventas del Reino Unido, logro nada menor para una estrella que se ha vuelto popular pero que no compite en la misma categoría que las otras princesas pop.

Claro, lo de Lana del Rey no es ni el pop fiestero (ahora con pretensiones de reflexivo) de Katy Perry, ni el melancólico y romántico de Adele, ni el arriesgado de Lorde que, de estas tres, es el que le queda más cerca. Es más bien un subgénero que por momentos parecía arroparla sólo a ella, una estadounidense dispuesta a revolcarse en su angustia existencial una y otra vez para construir desde ahí sus canciones etéreas. Un subgénero que la sigue arropando, aunque ahora esa tristeza esté más diluida y aunque sin darle lugar a la alegría y el brillo, sí hay espacio para un alivio sincero.

Esto hace, también, que se la pueda tomar como una figura más real, más honesta que en sus trabajos anteriores, donde por momentos el personaje parecía ganarle a la persona. Tanto, que hace algunas semanas el sitio especializado Pitchfork se preguntaba si era Lana del Rey la Morrissey de Estados Unidos, conectándolos a ambos artistas por la insistente melancolía, la provocación, la fascinación retro y ese estatus de artista de culto que cada uno a su manera ha logrado.

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Es una comparación polémica sobre todo por lo distinto de las trayectorias y la obra de cada uno, pero hay que reconocer que tiene fundamentos coherentes.

Una mochila más liviana.

Al lanzamiento de Lust for Life, Lana del Rey llegó molesta porque una vez más, su material se filtró antes de que fuera editado oficialmente. Y también llegó, a través de una entrevista con Pitchfork, confesando que está molesta por vivir en la era Donald Trump y por cómo eso afecta a la imagen estadounidense que ella ha proyectado en sus videos.

"Es ciertamente incómodo. Definitivamente cambié los visuales de mis giras, ya no voy a tener la bandera estadounidense flameando mientras canto "Born To Die". Eso no va a pasar, prefiero tener estática. Es un período de transición y estoy superconsciente de eso", confesó en una reciente entrevista, "y pienso que sería inapropiado estar en Francia con una bandera americana. Se sentiría raro para mí, pero no se sentía raro hace cuatro años".

Ese discurso reafirma dos aspectos mencionados antes: que Lana del Rey ahora es más real que nunca, y que está menos ocupada en su gran tristeza y más enfocada en lo que pasa alrededor.

Ese cambio de foco le trajo un poco de luz a su pop, que no varía demasiado respecto a los trabajos anteriores (ver recuadro) pero que sí se despoja de algunas capas para perder densidad y ganar en, si se puede decir así, frescura.

En ese sentido, las alianzas con sus colaboradores funcionan a la perfección para generar diferentes estados. Con The Weeknd en el tema que da nombre al disco, logra a partir de una secuencia rítmica constante una canción que invita a bailar lento y que parece flotar; mientras que con el rapero A$AP Rocky parece recorrer callejones oscuros de alguna ciudad fantasma, en un paisaje bien opuesto.

Con Stevie Nicks logra un gran momento del disco (la balada "Beautiful People Beutiful Problems" es una belleza) entre aires de campo y pradera; y con Sean Ono Lennon evoca a The Beatles en "Tomorrow Never Came".

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Esa dinámica también se la aportan los instrumentos que van dialogando entre sí: hay sintetizadores haciendo un trabajo protagónico, pero también hay pianos, guitarras de cuerdas de nylon, bajos, baterías y mucha percusión aportando sutilezas que ayudan a formar el cuerpo de este disco, que no deja de ser otro disco de Lana del Rey, pero que tampoco deja de tener esa belleza indescriptible que tanto la caracteriza.

Y en las letras aparece un amor más liviano, menos violento y conflictivo que en los discos anteriores; y una mirada que repara en la igualdad de género (aunque alguna vez dijo que no se centraba en el feminismo, lo que también la envolvió en una polémica), en el contexto político mundial sin abordarlo explícitamente, y en asuntos propios de una mujer en plena transición a la madurez, aunque ya pasó los 30 años.

"Estoy tratando de cambiar de la forma en que pensé que las cosas iban a ser a lo que siento que podría llegar a ser, lo que es quizás más brillante", le dijo a Pitchfork reflexionando sobre todo este giro pequeño pero rescatable al fin, que da en Lust for Life. "Cuando las cosas son buenas, la música es mejor", dijo y acertó: este es tal vez su mejor disco, pero también es un momento definitorio para una artista que, tras consolidar un estilo personal, tendrá que demostrar qué más tiene para dar. Y el tiempo corre.

Tres discos anteriores.


Born to die (2012)

Es el segundo disco de Lana del Rey pero el primero con una discográfica y lanzado oficialmente, lo que le permitió tener una mayor difusión que devino en un éxito repentino. Con canciones como la que le da nombre al disco, "Blue Jeans" y sobre todo con "Summertime Sadness", la estadounidense se transformó en la gran revelación y consiguió la aprobación del público y de la crítica especializada.

Ultraviolence (2014)

Ya con un nombre conocido, con un estilo definido que la diferenciaba del resto de las cantantes pop y aliada con Dan Auerbach de Black Keys, Lana Del Rey volvió a conseguir el éxito con otro álbum aclamado —aunque no tanto como el anterior— y con un repertorio repleto de imágenes oscuras, las de una mente angustiada y torturada a la que la fama no le cayó demasiado bien.

Honeymoon (2015)

Tras el "traspié" de Ultraviolence que no tuvo las ventas esperadas, Honeymoon volvió a posicionar a la estadounidense como una estrella de estos tiempos. Honeymoon tiene más languidez, más pop y más susurros, más letras oscuras y más miserias que compartir con el público; pero tiene a la vez ese encanto que le ha permitido conquistar miles y miles de fanáticos por el mundo.

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