LAS PELOTAS

Los latidos de un corazón

Tienen disco nuevo y lo vienen a presentar el sábado 3 a la Sala del Museo. Una charla con Germán Daffunchio.

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Las Pelotas. Foto: Difusión

Hablar con Germán Daffunchio —quien atiende la llamada en la casa de un vecino que tiene teléfono de línea fija, así de remota está su casa en las sierras de Córdoba— es tener un rato con uno de los nombres más grandes del rock argentino. Esas son las buenas cosas de este trabajo.

El motivo de la charla es doble: su banda, Las Pelotas, tiene disco nuevo (el excelente Brindando por nada) y además toca en Montevideo el próximo sábado 3 en Sala del Museo. Es a las 21.00 y hay entradas en venta a 750 pesos en los locales Abitab.

La banda tiene ya 15 discos editados y una formación que sobrevivió incluso a la muerte de su vocalista tradicional, el también exSumo , Alejandro Sokol fallecido en 2008. En todos estos años, además, han tenido muchos éxitos ("Será", "Capitán America", "Personalmente", "Si supieras", "Hola que tal", "Para qué") y generado una empatía increíble con un público leal como pocos.

Un poco de todo eso es lo que habló Daffunchio con El País.

—Empecemos bien localistas. ¿Qué recordás de tu visita a Uruguay con Sumo en el Montevideo Rock de 1986?

—Fue inolvidable. Eramos completamente desconocidos —porque Sumo fue un grupo que durante gran parte de su existencia fue under y encima que Luca cantaba algunas canciones en inglés— y así fuimos a Uruguay. La respuesta fue increíble: fue uno de los shows más grossos de Sumo. Nunca habíamos tocado para tanta gente, ni habíamos estado en festivales. ¡Pasaron tantas cosas! Después de nosotros salió a tocar Fito Páez y la gente seguía pidiendo Sumo. Cuando fuimos para allá íbamos en un ferry y nadie nos daba cinco de pelota pero a la vuelta todos nos sacaban fotos.

—Y en 1997 vinieron ya como Las Pelotas con Divididos...

—Esos no son buenos recuerdos. Habíamos ido todos con la idea de juntarnos y tocar unos temas y de repente todo se volvió oscuro. Los Divididos no quisieron tocar y estaba la gente ahí esperando por lo que fue una situación bastante desagradable. Eran otras épocas y cada uno estábamos con nuestras locuras.

—Ya pasaron 22 años desde "Capitán América", el primer éxito de Las Pelotas. El tiempo pasó volando.

—Sí, la vida pasa volando. Lo curioso que nos sucede con muchos temas, y no solo ese, es que siguen siendo actuales. Eso da un poco de orgullo de poder seguir cantándolos y que aún generen esa química.

—Precisamente, ¿qué tiene la música de Las Pelotas que sigue atrapando a gente joven, por ejemplo?

—Las Pelotas a través de los años tiene un público de todas las edades: gente grande, abuelos con hijos, pibes jóvenes, parejitas. La única cosa que nos hace respetables es que hemos sido consecuentes con nuestro pensamiento y nuestras canciones y nunca tratamos de inventar algo distinto de lo que éramos. Y otra de las consignas de la banda es entregar el corazón en cada show. Eso el público lo respeta. Y los jóvenes, como cuando uno era joven, siempre respetan a aquellos con que se sienten identificados, que tiran una data en la que se ven reflejados. La afinidad existe y está la comunión en los shows. Eso no tiene edad.

—Cuando los veo en vivo, sus shows están llenos de amor, si me permitís la cursilería...

—Eso es real y es uno de los motores, además del disfrute, por los que uno sigue tocando. Está buenísimo darnos cuenta de que teníamos razón cuando pensábamos que las bandas se hacen con música y no con eso de las relaciones públicas. La gente se da cuenta cuáles son las bandas que dan todo.

—Se habla mucho de la juventud de hoy, ¿cómo ha cambiado la muchachada?

—Aunque la juventud en esencia es siempre lo mismo, cada década fue diferente. En los 80, Argentina salía de los años oscuros y los grupos que tocábamos en esa época estábamos acostumbrados a las razzias, a ir presos, a resistir culturalmente. En la década de 1990 con Menem hubo una destrucción sistemática de la cultura con mucho más populismo. Y los pibes han crecido, por lo menos en mi país y las problemáicas han cambiado porque el mundo que enfretas hoy es mucho más complejo.

—¿Y cómo ves a la gente?

—Bastante perdida. Todos estamos bastante perdidos tratando de ver el rumbo. Uno quisiera que el mundo fuera uno solo pero no por una multinacional que nos domina sino porque verdaderamente haya sentimientos de hermandad entre todos. Es difícil proyectar un futuro optimista aunque uno lo intente. Es difícil encontrar ...

—Motivos para brindar. Por eso el disco se llama Brindando por nada...

—(se ríe). Sí, puede ser. Esta cosa mediática con las redes ha cambiado mucho la música. No esencialmente pero sí hay una cáscara mucho mejor formada. Hay más escuela en lo que tiene que ver con el comercio de la música y la invención de productos. Con tanta cosa se ha perdido algo esencial: la personalidad. Era aquello de que el grupo tenga su esencia y no dejarse llevar por el estandar que se promueve. Eso tiene un costo.

—Y ahora parece ser más costoso eso de ser distinto que cuando vos empezaste.

—Bueno, el público ha crecido muchísimo y el rock está incorporado en la sangre de la gente pero hay pocos artistas que se la juegan por lo que realmente creen. Aquello del arte puro siempre es un viaje mucho más lento. Nosotros tenemos muchísimos discos y muchísimas canciones y eso es impagable.

—Cuando hacés una canción y te queda buenísima. ¿Sos consciente de eso?

—La canción tiene que emocionar a la banda. Después cómo lo recibe la gente es otra cosa pero uno tiene que tener la certeza de que eso es lo máximo que se puede hacer. Es importante la comunión de una banda en el momento de componer y en Las Pelotas somos de buscar y buscar hasta que nos cierre. Y nuestros discos aún me emocionan, algunos hasta son curativos.

—En tu poética hay mucha segunda persona del singular, ¿desde donde te parás como poeta? ¿A quién le hablás?

—Eso es un poquito más complejo porque no hay un patrón. Soy de los que creen que tenemos una especie de antena, y bajamos una data que no sabemos de dónde viene. Y hay mucho trabajo porque soy bastante obsesivo, nunca me conformo con las palabras. Es todo parte de un proceso que nos fascina. Porque en un disco, uno deja latidos de su corazón.

—Y tus letras pueden ser complejas pero también tener cosas como "el amor hace falta, hace falta para amar".

—Esa fue una frase que me salió una noche armando melodías. Es una imagen que tiene que ver con las cosas que uno cree. Siempre se habla del amor pero se ve poco amor. Y a mi nunca me ha caído bien la falta de amor en este mundo.

—En Brindando por nada hay como mucho sonido de la década de 1980. ¿Es buscado?

—Es indudable que a través de los años uno va canalizando la música que mamó y nosotros nacimos musicalmente en los 80. Como banda no nos proponemos ser modernos o actuales sino que cada tema tenga su vida. Estoy un poco harto del cuestionamiento de lo que es rock: para mi siempre fue una especie de revolución, una queja, una reacción. Para contar las cosas lindas están los demás estilos.

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