Entrevista

Kung-Fú Ombijam: cuando la libertad está en las canciones

El hip hop local abraza a un rapero que trasciende el sistema carcelario

Kung-Fú Ombijam
Vea la videoentrevista con Kung-Fú Ombijam en
Punta de Rieles

Federico González tiene una mancha negra en el iris celeste de su ojo derecho, los antebrazos tatuados y una sonrisa amplia que no muestra demasiado durante esta entrevista. También tiene una voz aguda y rasposa, que hace rato se convirtió en la voz de Kung-Fú Ombijam, el nombre que adoptó para presentarse como rapero, nombre con el que firma su primer disco —Desahogo cultural, disponible en Spotify— y con el que se sube a los escenarios cada vez que lo convocan.

La mancha en el iris, los tatuajes, la media sonrisa, el nombre artístico y hasta las venas que se le hinchan en el cuello cuando canta hasta quedarse sin aire, pero nunca se queda sin aire, son características que bien podrían alcanzar para identificar a González, para diferenciarlo de otro rapero. Sin embargo, hoy su marca es otra: es el rapero de Punta de Rieles, el primer músico uruguayo privado de libertad en obtener sus derechos de autor en Agadu y, con una mirada más optimista, una luz dentro de un sistema penitenciario nacional que flaquea.

González, de aquí en más Kung-Fú Ombijam (suma de un apodo que se ganó en el liceo y del espacio que está a cargo del Programa Yoga y Valores, que fue clave para su desarrollo artístico), editó el año pasado un primer disco que está dedicado a la reflexión, la crítica y la autocrítica, y al “rap conciencia”. Es el resultado de una historia que empezó en el Comcar, donde se reencontró con el rap que lo había conquistado a mitad de su adolescencia, y que llegó a su punto máximo en la Unidad Nº 6 Punta de Rieles, donde pasó los últimos años y donde todavía estará un tiempo más.

Allí, junto a otros reclusos, impulsa la Usina Cultural Matices (que funciona de manera autogestionada y sin ningún incentivo del Ministerio de Educación y Cultura), donde funciona una radio y donde hay una batería, algunos amplificadores, una guitarra y una computadora distribuidas en la habitación; las herramientas suficientes como para hacer rock, rap, plena y música religiosa.

Punta de Rieles es, también dentro de un sistema penitenciario que flaquea, una luz. Más allá de que hay que entregar el documento en la entrada, y de que las pertenencias personales tienen que pasar por el mismo escáner por el que veo pasar paquetes de fideos, bolsas de puré instantáneo, tabaco, chocolatada y enlatados, una vez en el amplio patio, la noción de una cárcel queda un poco borrada: hay hombres caminando con tranquilidad bajo el sol o sentados bajo un árbol, y en el breve recorrido hasta llegar a la Usina, todas las puertas están abiertas.

Las rejas casi no existen, y de alguna manera inexplicable, eso se siente en el aire.

Kung-Fú, que se sienta de espaldas a una pared en la que se puede leer “El rap es mi desahogo” y en la que se amontonan tablaturas, está preso por robo con antecedentes o, como canta en “My Life”, la última canción del disco que compuso y la primera que grabó: “Por querer dedicarme a conseguir dinero fácil creí que sabía todo y arruiné mi vida”.

“Ahora busco mejorarla”, sigue la canción del rapero que está terminando el liceo, componiendo para un segundo disco, armando un proyecto con la banda Toke y Salga (también integrada por reclusos de Punta de Rieles) y que, en una repisa de la Usina, tiene el trofeo a Mejor MC Solista que ganó en los últimos Premios al Hip Hop.

Kung-Fú Ombijam
Kung-Fú Ombijam. Foto: Mateo Vázquez

“Es un reconocimiento a lo que sale de acá adentro, que no sale de uno, sino que sale de varios. Acá está Kung-Fú, pero de este lado hay mucho arte para potenciar”, dice quien, desde afuera, también ha tenido el respaldo de la escena hiphopera. Su disco lo produjo Sebastián Peralta, grabó en el estudio de la banda Dostrescinco (con la que ha compartido escenario), y en vivo —porque tiene permiso de trabajo y puede salir a tocar— se presenta con Sergio Daniel Bresque y César Gamboa.

En su agenda, el 9 de mayo hay un show en la Sala Zitarrosa, y el 24 de agosto convoca por cuenta propia en la Sala Zavala Muniz del Teatro Solís.

“En el escenario me siento feliz, porque encontré algo que me hace sentir bien; estás desahogando, y a su vez traspasando barreras. Porque estar dentro del sistema carcelario y llegar a un escenario, y dentro de la peor porquería que hay en la Tierra que es la cárcel, sentirse feliz con lo que uno hace, eso es algo raro, contradictorio. Es una sensación rara, extraña, pero la disfruto mucho y la defiendo”, dice Kung Fú Ombijam.

Y al rato, vuelve a quitarle brillo a la luz. “Pero acordate que estás dentro de un sistema donde muchas veces estás porque buscaste este camino. Acordate que estás acá y tenés que construir algo”, dice hablándole a otros, pero también hablándose a si mismo. “Para mí es una manera de repensar, y de tratar de transmitirle un mensaje a mis hijos. Porque yo tengo dos hijos, y no los veo, ¿pero qué voy dejando yo para ellos?”.

Terapia y censura

“El rap como alivianador de la violencia”

—¿Qué encontraste en el rap como forma, para canalizar la violencia?

—Primero, la improvisación; cuando vos te grabás e improvisás, estás largando lo que sentís, lo que pensás. Y no filtrarlo, porque una cosa que queremos en todas las artes que hay acá y en la radio, es no tener censura, pero sí conciencia, tratar de que sea constructivo. A veces es negativo, y es la realidad, pero tratamos de eliminar la censura y de construir de esa manera.

—¿Con algún tema del disco te costó, particularmente, no tener censura?

—Hubo dos, “No son muertos” y “Esclavo de la ley”. Pasa que uno está adentro del sistema carcelario, y piensa: ¿lo digo o no lo digo? Lo difícil no fue escribirlo, sino expresarlo, y pensar en cómo lo recibirán las autoridades, los operadores penitenciarios y también a la gente que está a la par de nosotros. Porque uno trata de tirar mensajes que no fomenten la delincuencia, ¿pero cómo los recibe el compañero que vive esa realidad?

—¿Con qué respuestas te encontraste?

-A veces te dicen: “Son crudas, pero es la realidad”. Pero hay unas cuántas letras que no las largo para no chocar, directamente, porque son fuertes. Yo utilicé el rap como alivianador de la violencia, entonces agarro y expreso, con las ganas que tengo, pero al rato lo leo y digo: “no, esto no lo puedo decir”. Porque no construís nada.

—¿Ves en vos el resultado de esta “terapia”, de este propósito que le das al rap?


—Sí, claro. Sin dudas.

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