ENTREVISTA

Kevin Johansen: "Hay que vencer los propios prejuicios"

El músico argentino habla de su nuevo disco, de su vínculo con Uruguay y de cumplir 50.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Kevin Johansen. Foto: difusión

Despacio, pero sin pausa, Kevin Johansen ha construido una carrera importante con una música pop de orígenes inclasificables. De gran fama con aquel "Down with my baby", aquella balada sensual de la novela Resistiré, este argentino nacido en Alaska y que vivió su adolescencia en Montevideo, ha seguido su propio camino y no le fue nada mal. Ahora sacó Mis Américas, vol. 1/2 (editado en Uruguay por Sony), un coctel de ritmos y referencias.

—Llegaste a la Argentina en mayo de 1976, ¿fue un shock?

—En Estados Unidos mi vieja tenía boleadoras de adorno y yo tomaba el Nesquik con bombilla de mate. ¡La argentinidad al palo! Pero ese regreso fue triste, porque ella se había casado con un pintor mexicano y la historia terminó al borde de la violencia de género. Ella estaba desesperada por estar con la familia y, como en el tango, volvió vencida a la casita de sus viejos.

—Tu mamá parece una presencia muy importante en tu vida.

—Era un bocho. En 1961 gana una beca y se va a estudiar a Denver, Colorado. Ahí pasa de ser una alumna de escuela de monjas a ser una feminista, socialista, intelectual, antiimperialista. Con la contradicción de haberse casado con un gringo de Denver. Tocaba un poco la guitarra y admiraba a Violeta Parra y Joan Baez. Tuvo el buen tino de mandarme a estudiar guitarra clásica a los 12 años.

—¿En Buenos Aires?

—No, en Montevideo. Estudié con Luis, el tío de los hermanos Ibarburu. Ella consiguió trabajo en el British de Carrasco. Ahí tuve una doble vida: por un lado, iba a un colegio aristocrático, y yo nunca en mi vida había usado un uniforme. Pero a la vez, vivía en Malvín y jugaba al fútbol con 20 botijas. Mi vieja nos incentivaba a mí y a mi hermana: "No quiero que sean unos gringuitos. Quiero que sean criollos, que se curtan". Pero el colegio era bilingüe, y para mí eso fue un buen sostén del idioma.

—¿Cómo es la vida de un desgenerado en el mainstream?

—La primera decisión es vencer los propios prejuicios. Porque la popularidad del artista no tiene que ir en desmedro de la calidad. En algún punto, amigos melómanos y críticos me dicen que tengo una cosa que no tiene nadie. Y eso termina siendo un halago. Hace 25 años, parecíamos condenados a ser alternativos de por vida. Hilly Kristal (el dueño del mítico boliche neoyorquino CBGB donde empezó Johansen) me decía que no iba a tocar en grandes estadios pero sí en teatros para dos, tres o cuatro mil personas.

—Y ahora que lo lograste, ¿Estás cómodo en esa dimensión?

—Es una escala que me queda bien. Para mí, un toque ideal es de 500 a 2000 personas, en un lugar donde se pueda tomar algo y bailar. Porque las tres patas del show tienen que ver con llevar a una emoción al oyente, a una posible reflexión con alguna línea interesante que tenga una canción, y fundamentalmente al baile. Tengo cuatro hijos, y la música contiene todo. Los bebés, más allá de sus necesidades, lloran, ríen y bailan. Y yo quiero que eso esté en mi música. Cuando bailan. Mi vieja, que era una mina muy sesuda, cuando estaba por irse (a los 60, demasiado temprano), en febrero de 2002, me dijo: "A mí las canciones tuyas que más me gustan son las que estás más para arriba, donde estás jugando, donde te estás divirtiendo". Y eso me pegó fuerte. Me gusta hacer un mix. Porque a mí me gusta hacer llorar. De hecho, alguna vez le dije a Fernando Cabrera: "Vos me hacés llorar de satisfacción". Y cuando un artista logra eso es muy hermoso. Yo lo intento.

—¿Invitar al escenario a Liniers fue una alianza artística o estratégica?

—Ninguna de las dos. Nos hicimos amigos y el Cheto, nuestro stage manager, consiguió un pad de computadora y nos dijo: "Ya que se ríen tanto en los asados, ¿por qué no se ríen en el escenario mientras Liniers hace unos dibujitos?". Para mí, incorporar a alguien que practica otra disciplina era una forma de explicar lo desgenerado. Y terminamos haciendo un montón de shows y grabando dos DVD en vivo. Pero además de eso, es un hermano de la vida.

—Igual que Jorge Drexler.

—Explotamos para la misma época. Él, con una propaganda para sopas, yo con un programa de tele. Claro que teníamos una carrera atrás. "Yo no sé dónde voy, mi casa está en la frontera", me identifica terriblemente. Nos hemos ido poniendo distintos motes: el mercosurf, los subtropicalistas, la estética del frío, el templadismo. Hay algo generacional. Estamos embargados de fusiones sanguíneas y de darnos cuenta de que, obviamente, en la mezcla está el futuro. Mixture is the future. Es una mezcolanza que nos enriquece.

—¿Cuándo sentiste que eras famoso?

—Cuando me encontré en Aeroparque con Antonio Gasalla, que me dijo: "Está muy bueno lo que te pasó, porque no sólo entró tu voz. También entró tu cara". ¡Y era Gasalla el que me lo decía! Antes me confundían con el Piojo López, a quien todavía no conozco personalmente. Pero un cuñado suyo me escribió y me contó que a veces lo confunden conmigo. ¡Con eso estoy hecho!

—¿Cómo te pegaron los 50?

—Estoy felizmente casado con la madre de mis últimos dos hijos, y logré una armonía hermosa con toda la familia. A los 50 te agarra empezar a mirar para atrás. Y te agarra una cosa hormonal, vital, de crisis.

—¿Te cuidás?

—Normal. Ando en bici, camino, pero me gusta cada vez más el vino y comer una picadita. Estoy bien físicamente. Es genética, supongo.

—¡Y llegaste con pelo!

—Ya inventaron dos pastillas que están buenas: para parar la caída del pelo y para parar lo otro. Ahora falta que inventen una tercera para parar el tiempo.

Los muchos ritmos que esconde la música de un argentino/gringo/uruguayo “desgenerado”

Igual que todos sus discos anteriores, Mis Américas Vol. ½, el nuevo trabajo de Kevin Johansen no tiene (en las pocas disquerías que quedan) una batea que pueda contenerlo. Johansen, que suele definirse como un “desgenerado”, ha cocinado su música como uno de esos guisos que se preparan a fuego lento, donde confluye una diversidad de ritmos y se cruzan de un modo insólito. Tan insólito, en definitiva, como el modo en que un hombre de nombre anglosajón y apellido nórdico nacido en Alaska, criado entre California, Buenos Aires y Montevideo, con éxito efímero en los 80 al frente de Instrucción Cívica y que en los 90 emergió en la escena porteña al comienzo del nuevo milenio y, poniendo su mejor voz de crooner, cantaba ¡Vamos a comer a lo de Beto que nos hizo guacamole! Y que ahora, 15 años después, le dedica su nuevo derrotero cancionístico a los ritmos del continente, siempre bajo la óptica multiestética, pero con una lista de invitados del mainstream que termina como una oda al crossover: Marcos Mundstock, que se luce con un monólogo que lleva la marca de Les Luthiers; Palito Ortega, que canta la infelicidad, ja, ja, ja, ja; Pity Álvarez; Miss Bolivia; el brasileño Arnaldo Antunes; Ricardo Mollo y Lito Vitale.

“Más que un catálogo de ritmos americanos, está presente la idea de apropiarse. Son las Américas que yo conozco. En ese sentido, trabajar con Matías Cella, que es de los productores más importantes y convocados del indie continental, tuvo la idea de ir a grabar con mis amigos de Nueva York, y coproducimos algunos temas con Ben Sidran, el hijo de Leo Sidran, que laburó con Bob Dylan. También fuimos a Río a grabar con Kassim, que es el productor top de Brasil. La conexión con Brasil es la que más contento me pone, porque traspasa la barrera lingüística. Y trabajar con Cachorro López y Sebastián Schon sirvió para profundizar en la síntesis, en llegar a la raíz de la canción”, dice.

“Hace diez años me ponía cocorito. ¿Qué pasa si no hay invitados? Pero luego empecé a disfrutar el proceso de compartir tiempo con los ídolos, los admirados, los apreciados”.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados