El destacado compositor y director se presenta hoy en el Auditorio Adela Reta

José Serebrier: "Toda mi base fue estudiando acá"

Serebrier se presentará esta tarde a las 18:30 en el Auditorio Nacional Adela Reta, con la Orquesta Sinfónica del Sodre, para brindar un programa cuya primera parte es un estreno para Sudamérica: se trata del Concierto para guitarra y orquesta de Robert Beaser, con la participación solista del estadounidense Eliot Fisk.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
"Grabar discos no es para hacer dinero, para mí son una causa", afirma. Foto: L.Carreño.

"Ese concierto es extraordinario, es una obra maestra. Y la segunda parte hacemos la sinfonía Carmen, de Bizet, que yo arreglé. Las suites de Carmen, que se tocan desde hace cien años, no están bien escritas, no le hacen justicia a la obra, y están mal orquestadas. Y esta versión mía tiene enorme éxito", adelante el compositor y director de orquesta uruguayo de notable proyección internacional, quien llega a Montevideo luego de dirigir a la Royal Philharmonic Orchestra, del Reino Unido.

Nacido en Uruguay, de ascendientes rusos y polacos, realizó sus primeros estudios en Montevideo, en un entorno musical que él reconoce como clave para su carrera posterior. Los profesores de su país natal lo prepararon para desafíos mayores, que fue concretando a partir de obtener en Estados Unidos una beca especial del Departamento de Estado, que le abrió las puertas para estudiar en el Instituto Curtis, y en Tanglewood, junto a nombres de la talla de Aaron Copland. También estudió en sus años de formación dirección orquestal con Pierre Monteux y Antal Dorati, quien lo considerara su único alumno y sucesor. Su carrera ha sido condensada recientemente en un libro, escrito por el crítico musical Francés Michel Faure, que se titula José Serebrier, compositor y director de orquesta, en la alborada de un nuevo siglo, y que lanzado por LHarmattan de París, su primera edición ha sido impresa simultáneamente en Francia e Italia.

—¿Qué le ofrece como director trabajar en la modalidad de guitarra y orquesta?

—Muy interesante. Yo hice un disco hace poco, con la Filarmónica de Nueva York para obras de guitarra y orquesta, con una gran guitarrista, Sharon Isbin, con obras de Manuel Ponce, Heitor Villa-Lobos y el famoso Concierto de Aranjuez, de Rodrigo. Y este concierto que vamos a hacer aquí en Montevideo es cien veces más difícil, tanto para la orquesta como para la guitarra y para el director. Porque cambia constantemente, y demanda una orquesta muy grande. Y los conciertos de guitarra son generalmente con orquesta chica, porque la guitarra es un instrumento con una sonoridad muy pequeña.

—Usted menciona a Joaquín Rodrigo, justamente. ¿Por qué cree que esa formación de guitarra y orquesta es tan seductora para el público?

—Bueno, eso no es nuevo, viene ya de Vivaldi y sus conciertos para guitarra y orquesta, del barroco. Y con concierto de Rodrigo se hizo muy popular, más que nada por el movimiento lento central. Es cierto que al público le llega mucho esta forma de guitarra y orquesta, es una combinación extraña: la guitarra no pertenece a la orquesta, pero encaja muy bien.

—Usted ya trabajó en el nuevo edificio del Sodre. ¿Qué le parece la acústica?

—Extraordinario el edificio: tendría que haberse hecho hace 50 años. Y hace tres años hice un concierto con la orquesta nacional rusa, y tocamos allí, y me encantó. Tiene una sonoridad excelente, y es extraordinario que se haya hecho en el lugar donde estaba el antiguo Sodre, un sitio tradicional.

—¿Tiene claros sus recuerdos del viejo Auditorio?

—Sí, claro, yo dirigí allí, ya con 12, 13 años de edad. Me acuerdo muy bien: era un teatro antiguo, al estilo de ópera italiana. Toda la base de lo que yo aprendí fue estudiando acá, con grandes maestros: Guido Santórsola y Carlos Estrada. Tuve buenísimos maestros. Y Vicente Ascone, que fue como un padre para mí.

El notable compositor y director de orquestas, medio siglo atrás. Foto: Archivo.
El notable compositor y director de orquestas, medio siglo atrás. Foto: Archivo.

—¿Recibir un Grammy le reporta más curricularmente o en el terreno de la satisfacción personal?

—Ni lo uno ni lo otro. Es decir, satisfacción personal sí. En la música popular sí, un Grammy cambia la venta de los discos, aumentan enormemente. En la música clásica no. Yo he ganado ocho Grammy, y Grammy Latino también, y he tenido 43 nominaciones. Las nominaciones son tan importante o más que el premio: porque todos los años se presentan unos tres mil discos de clásicos. Y cinco son nominados. Y se nomina por votos, secretos, de muchísimos miembros de la Academia, no hay forma de influir sobre eso. Y en los Grammy Latino no ha pasado un año sin que sea nominado. Una vez me invitaron a dirigir, fue de las pocas veces que hubo un segmento clásico. Porque es todo muy popular, y se transmite para todo el mundo, y tienen miedo que la gente apague el aparato. Y ellos me pidieron que hiciera West Side Story.

—¿Habrá sido una experiencia con mucho para ver y contar?

—Sí, claro. Como están todos los grandes artistas populares, en el camerino, para no ofender, estaban en orden alfabético. Y yo estaba junto a Britney Spears, y compartimos el mismo guardaespaldas. Porque yo nunca tuve ni necesito guardaespaldas, pero todos esos artistas pop sí. Y me preguntaron si no me incomodaba tener los mismos guardaespaldas que ella: y ahí estaban, dos hombres enormes, que asustaban. Fue una experiencia fantástica, pero también con mucho miedo, porque cualquier cosa que pese, lo están viendo en 170 países. Me daba miedo incluso de caerme, o algo así, pero por suerte no pasó nada. Salió todo muy bien.

—¿Desde el punto de vista económico, se gana más con los conciertos o con los discos?

—No, los discos no son para ganar dinero, es para hacer obra. Muchas veces es para que se conozcan más a los compositores. Las grabaciones para mí son una causa, aunque yo haya tenido mucha suerte con la venta de discos. Yo ya no los cuento, pero me dicen que llevo grabados unos 310. En realidad, en música clásica se gana poco en todo, pero con los conciertos se gana más que con las grabaciones.

—Su esposa es la soprano norteamericana Carole Farley. ¿Cómo es una pareja de dos artistas?

—No hay diferencia con respecto a cualquier otra pareja. Quizá sí lo que sucede es que ambos sabemos de la disciplina necesaria para trabajar. Aunque ella tiene su propia carrera, usa el nombre de soltera para trabajar, y tiene su propio mánager. Tenemos dos carreras aparte, pero hacemos bastantes discos juntos.

—¿Se puede decir que hoy en día hay una orquesta que sea la mejor del mundo?

—Ahora hay muchas: se terminó la época en que se discutía si era la Filarmónica de Berlín o la orquesta de Cleveland; se disputaban el número uno, cada una con su gran director. Ahora hay muchas orquestas de gran categoría, demasiadas para nombrarlas. Debe de haber unas 80 grandes orquestas por el mundo.

—¿Se puede decir que hay países que aportan músicos de mayor valor?

—Eso es muy peligroso. A mí me costó al principio de mi carrera, en Europa y en Estados Unidos, por venir de un pequeño país sudamericano. Todavía a veces, si se está buscando un director de orquesta, y ven que viene alguien de Rumania, o Rusia, o Alemania, le dan preferencia por el concepto que tienen, por venir de Europa. Pero hoy Corea del Sur, por ejemplo, también se ha ganado mucho respeto, musicalmente. Y Japón, hasta cierto punto. Ahora todo eso está cambiando. Aunque todavía persiste esa tradición, la de creer que un gran músico tiene que venir de Europa Central.

Inicios:un día de lluvia y una conferencia fallida.

"Un día vino a Uruguay un crítico de música y compositor norteamericano, Roger Thomson, en un viaje por América del Sur a dirigir sus obras. Y en todos los países lo invitaron a dirigir sus obras, menos Uruguay. Me acuerdo que entonces Hugo Balzo me mostró una partitura de Thomson, que era muy simple, como Satie, y me dijo, cómo voy a hacer una partitura así. Y Thomson estaba muy molesto, y dio una conferencia, en lugar de dirigir la orquesta. Recuerdo que era un día de mucha lluvia, y había solamente tres personas para escuchar la conferencia. Mis padres y yo. Y yo no entendía inglés, y mis padres muy poquito. Y cuando empezó a hablar, notó que no teníamos ni idea de lo que estaba diciendo, se molestó, y se fue. Yo llevaba conmigo partituras, para mostrarle a él, y el agregado cultural de la embajada americana me dijo que mejor no dárselas entonces. Y a la mañana siguiente (no teníamos teléfono en casa), me llaman de la farmacia de enfrente, para decirme que había una llamada para mí, desde el aeropuerto. Y era Thomson, para decirme que había visto mis partituras, y que iba a recomendarme a Aaron Copland, entre otras personalidades, y ayudar en la gestión de una beca para mí del Departamento de Estado. Todo lo cual ocurrió".

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