Fiesta

Una isla entre parches y plumas

Serán 48 las comparsas que desfilarán por Sur y Palermo en una fiesta profana con raíces históricas

LLamadas
Hoy hay fiesta en Barrio Sur y Palermo: son las Llamadas. Foto: Leonardo Mainé

Hace cien años nacía en Montevideo Ramón Pereyra, un pintor negro que bien podría haber sido considerado en los homenajes para las Llamadas de este año, que hoy tendrán su primera etapa de dos por la mítica Isla de Flores.

Un año antes, en 1918, había nacido Abel Carlevaro, el guitarrista clásico que se hizo un tiempo para componer la obra “Tamboriles”. Y un año después, nació Andrés Castillo, el dramaturgo que dedicó mucha tinta de su escritura teatral a la cultura afrouruguaya.

Tanto Carlevaro como Castillo merecieron reconocimientos en vida, pero el caso de Pereyra supone más bien un fantasma artístico, una referencia velada que flota entre los otros nombres que todos vinculan de inmediato al universo del candombe en la pintura: los de creadores blancos como Figari y Carlos Páez Vilaró, quienes junto a otro plástico menos consagrado, Ruben Galloza, éste sí con raíces negras, conformaron un trío que dejó en lienzos los dibujos y colores que en cada febrero invaden los barrios Sur y Palermo.

Galloza justamente fue un motivador a la vez de Leonel Pérez Molinari, un fraybentino con semblante de indio que primero pintó a los “carniceros” del Anglo, frigorífico histórico en donde él trabajó, y que después, ya con algunos conocimientos adquiridos en torno al mundo de máscaras en el taller del coterráneo Luis Solari, se dedicó a reproducir con pinceles los pasos de las comparsas.

A este hombre, por la década de 1970, cuando se radicó en Montevideo, le pasó algo que bien podría ocurrirle esta noche a cualquier lector de esta página que baje desde el Centro casi hasta el mar.

Molinari confesó que no llegó a sentir mucho entusiasmo cuando le explicaron las características de las Llamadas. pero de todas maneras, a las 9 de la noche, un día como hoy, hizo a pie el camino que le indicaron para ver el desfile, hasta que la fiesta se volvió para él “una noche reveladora”.

Algunas de sus obras pictóricas están reproducidas en el libro “Los candombes de Reyes”, de Tomás Olivera Chirimini y Juan Antonio Varese, que se editó hace un par de décadas. En esas páginas también se lee cuál fue la impresión de aquel pajuerano sensible, atento.

“Apenas había recorrido unas cuadras cuando un sonido profundo, sordo, como que venía de abajo de la tierra, pegaba en las paredes de las viejas casonas de Palermo, rebotaba en las cornisas y penetraba en mis oídos, cada vez con más intensidad”, cuenta Molinari refiriéndose a tiempos en que el desfile serpenteaba por las calles y no como ahora que transcurre en la línea paralela al río que fija Isla de Flores.

“Eran sonidos de tambores, de muchos tambores -continúa Molinari-. Preso de extrañas sensaciones llegué hasta donde la aglomeración del público me impidió continuar, en el mismo momento en que pasaba una comparsa. A su frente una mujer de formas exuberantes bailaba admirablemente, mientras repartía besos”.

Más adelante, Molinari describe a los personajes típicos, la mama vieja, el gramillero y el escobero, y recuerda estandartes y banderas, mientras reafirma el motivo de su trance, el cómo “se acercaban a paso demoledor hombres con tambores”. Por esa época, aunque reducidos en número, todavía sonaban los gigantescos bombos en cuerdas de tambores compuestas además por chicos, pianos y repiques, los tres que se mantienen y redondean un ritmo único, producto de combinaciones culturales que no se dieron en ninguna parte de América, de articulaciones tejidas lentamente por el tiempo, cuando menos desde 1791, fecha en que Montevideo pasó a ser para las colonias españolas puerto único de introducción de esclavos negros, personas que ya venían con sus propias mescolanzas de artes sonoras y visiones del mundo, y que por estas tierras constituyeron una población que creció considerablemente, hasta ser un tercio del total de habitantes a comienzos del siglo XIX.

Pero como a los procesos culturales es difícil ponerle fechas, quizás la argamasa musical en particular comenzó a batirse antes, en 1743 o en 1756, según las tesis de los historiadores, cuando arribaron los primeros contingentes importantes de negros africanos, por ejemplo, de la costa de Guinea, que poco después estarían ya desplegando sus danzas entusiastas y lascivas, al decir de los cronistas europeos, y que en 1808 darían lugar al auge de los candombes o bailes de negros, primero dentro de la ciudad amurallada y más adelante extramuros, solo en días de fiesta. Porque la verdad es que el repique de lonjas empezaba a hilvanar un destino cultural fuerte, evitando el limbo histórico en donde se pretendía congelar o “deculturar” a hombres y mujeres acaso con raíces guineanas, o sudanesas, o congolenses o sudafricanas. Todos arrastrados desde un continente que desde aquí se pensaba como una abstracción histórica, diría el antropólogo Daniel Vidart, quien más de una vez se ha empeñado, no solo en escribir magníficamente sobre el Carnaval, sino en reclamar a nivel universitario por la instauración de una cátedra sobre el África y sus culturas, y un instituto del África Negra para investigar en torno a las sociedades africanas y afrouruguayas.

Por lo pronto, y sin acercarse a temas profundos de las ciencias sociales, solo el mundo de los tambores ya merecería una materia, aunque en Uruguay mucho estudió y dejó grabado el musicólogo Lauro Ayestarán, para comprender diferencias, por ejemplo, entre los instrumentos de los pueblos melanoafricanos que hablan lenguas bantúes(integrados por 400 grupos étnicos) y los de estas tierras del Plata, que en ningún caso pueden dejar de sonar, cambiando ritmos, buscando equilibrios en las “tribus” o restableciéndolos, entre el toque profano de nuestras llamadas y el sagrado que implora a los dioses desde el fondo de la historia. Porque es falsa la quietud de los tambores en las telas.

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