Reseña

El Indio Solari hace música para ahuyentar el miedo

Rompió el silencio con un disco solista que lo muestra vital y refinado

Indio Solari. Foto: KVK Fotos
Indio Solari. Foto: KVK Fotos

En algún momento, dice el Indio, se dio cuenta que ya no necesitaba de determinados medios de prensa, esos que tienen mayor radio de alcance, para difundir su trabajo. Y encima, esos medios no lo han tratado demasiado bien en el último tiempo. Lo dice en una charla con el programa que su biógrafo Marcelo Figueras tiene en la radio La Patriada, misma radio donde presentó adelantos exclusivos y, luego, la extensión completa de su nuevo disco El ruiseñor, el amor y la muerte.

Lo dice en un medio independiente, con la presencia de trabajadores de otros medios independientes (La Garganta Poderosa, Redonditos de Abajo y Somos Radio) que enfatizan su condición de figura de culto y, como parándose en la vereda de enfrente de esos medios de los que el Indio ya no necesita, lo complacen.

Carlos Alberto Solari, el Indio, dice todo eso en una charla que tiene como excusa El ruiseñor, el amor y la muerte. Es su quinto disco solista, lanzado hace una semana; está disponible en YouTube —en eso, como en las elecciones mediáticas, el rockero más endiosado de Argentina insiste en ser outsider— y es un trabajo que está a la par de buenos discos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, esa banda que lo hizo gigante. ¿O es al revés?

A este disco, Solari llegó desde un ostracismo que tuvo que ver en parte con el Parkinson que padece y que hizo público hace un par de años, y en parte con lo que se dijo y especuló sobre su colapsada presentación en Olavarría, que terminó con dos muertos y un caos que ocupó a los canales de televisión durante días. Tras pedirle a su público que no compraran “pescado podrido” y estar bajo la mira de la Justicia, Solari se refugió en el que ha sido su bunker durante la mayor parte de sus 69 años: la música. Y de ahí salió, no se sabe si más tranquilo, menos asediado o con mejor salud, pero con un gran disco para mostrar.

Indio Solari. Foto: KVK Fotos
Indio Solari en la entrevista con medios independientes. Foto: KVK Fotos

Para los feligreses de su religión, El ruiseñor... es una obra rotunda que si fuera una carta de despedida (por momentos suena a eso) sería inmejorable. Para los escépticos que no creen tanto ni en el poder de sus canciones ni en el personaje construido, es una ocasión ideal para dejarse sorprender por un sonido viejo, tan encantador como el infierno.

Canta el ruiseñor

¿Cuáles son las influencias del Indio Solari? Del arranque al final de este disco, lo progresivo y lo psicodélico van de la mano y se codean con el post-punk/new wave, un componente pop que baja directamente de los Beatles (“El callejón de los milagros”, “A bailar que no hay infierno”), lo sinfónico, vestigios metaleros y esa canción-himno que ya debería ser un género en sí mismo. ¿Cuáles son las influencias del Indio, entonces? Todas, todo lo ya tamizado en ese sonido extraño que caracterizó a Los Redondos, y que en su veta solista se había desdibujado tras una búsqueda más experimental, en la línea de Momo Sampler, último álbum de su exbanda.

“Pinturas de guerra” funciona como introducción, pinta un panorama de caos y alarma a puro riff, con rulos de batería y efectos de guitarra que son de un heavy metal veterano, y definen el sonido opaco que atraviesa El ruiseñor... “Con pinturas de guerra, volveré a dar batalla. Si la adversidad triunfa, dolerá porque fui feliz”, canta Solari, que como pocas veces parece estar, con total claridad, cantándose a sí mismo.

Después, “La oscuridad”, que hasta tiene un corte tanguero como para seguir sumando a la palestra de influencias, irrumpe con una belleza simple digna de las mejores melodías y los mejores versos de Los Redondos. Hay buena poesía en este disco, llena de imágenes recurrentes en la lírica Solari (la oscuridad, los fantasmas, los perros y el verbo directo, en primera o segunda persona del singular, casi siempre en presente) y al menos una línea de cada tema está destinada a terminar estampada en una remera: “Vos fuiste la derrota que mi alma no soportó” es una de esas.

En la línea de destaques, la balada que nombra al disco es de lo más bonito que ha hecho Solari (“Será que ya no puedo bailar el ritual simple y gris de un soñador”); “El martillo de las brujas (malleus malleficarum)” es un gran tema con una preciosa guitarra acústica como protagonista, y el cierre con el rocanrol “Panasonic y el mundo a sus pies” y “El que la seca la llena”, que evoca al hit “Owner of a Lonely Heart” de Yes, es a puro baile.

Entre toda esa madeja de sonidos, las guitarras filosas y a la vez cálidas parecen jugar con la balanza emocional de Solari, que acá firma como Protoplasman, como el superhéroe del protoplasma, la sustancia de la célula. Con ese traje vital, el Indio impulsa este disco que está en el punto exacto donde la luz y la oscuridad se encuentran, que deja en evidencia que la muerte acecha y asusta, pero que se esfuerza por vivir más allá de la leyenda.

“No sé si me gustaría vivir para siempre en el pellejo del Indio Solari. Es muy incómodo a veces”, dice en esa entrevista de outsider ante medios complacientes. Tal vez por eso se puso el traje de Protoplasman, para refugiarse en su espacio y hacer un disco para espantar fantasmas.

Show

De la misa virtual a una posible despedida

“No hay un lugar más cómodo que el escenario para mí”, dijo el Indio en la entrevista publicada esta semana, donde tras casi una hora de charla se le preguntó si habrá “misa”, es decir, recital, para presentar El ruiseñor, el amor y la muerte. Para contestar, Solari dijo que primero hará “un streaming para ver en qué condiciones estoy, a ver si puedo estar tres horas seguidas arriba de un escenario, porque no me gustaría terminar caminando mucho el escenario”. Si sortea esa instancia virtual, “probablemente haya alguna despedida. Vamos a ver, no tengo idea. En este momento no puedo decidir eso”, declaró. Habrá que esperar novedades para los próximos meses.

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