JULIO COBELLI

"Hoy hay más bailarines que cantantes de tango"

El destacado guitarrista celebra hoy en Sala Zitarrosa medio siglo de trayectoria

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Julio Cobelli. Foto: Francisco Flores

Empezará a las 21.00 y prometieron no pasarse de las 23.30, dado que son como 30 los artistas invitados, y seguramente además de música habrá alguna anécdota y mucha gente para recordar. Es que el guitarrista Julio Cobelli celebra esta noche en la Sala Zitarrosa medio siglo de carrera. "Ya me avisaron que están las localidades agotadas. Va a haber una selección de invitados, porque fíjese que en 50 años he tocado con tanta gente, que no podría invitarlos a todos, porque tendría que hacer un espectáculo de tres o cuatro días", dice con humor. En la fiesta de cumpleaños va a haber invitados del rock, del folklore, del tango y del carnaval. Por el escenario de la Zitarrosa pasarán a saludar Raúl Castro, Julio Frade, Raúl Medina, Ricardo Olivera, y la dama del tango, Olga Delgrossi. Y también habrá payadores, el primer género que tocó.

Nacido en Maroñas en 1952, Cobelli integró el cuarteto de guitarras de Hilario Pérez y el de Alfredo Zitarrosa. Además acompañó a grandes nombres del Río de la Plata como Roberto Goyeneche, Alberto Marino, Olga Delgrossi, Elsa Morán y Alberto Rivero. En los últimos años se ha vinculado a otros géneros: ha tocado con gente del rock (Christian Cary, Gabriel Peluffo, Guzmán Mendaro) y de la canción popular (Laura Canoura). Es reconocido como uno de los grandes guitarristas uruguayos.

"De los 50 años que toco, en alguna oportunidad trabajé de otra cosa, como el taxi, por ejemplo. Pero siempre seguí con la guitarra. El taxi lo dejé hace como 25 años: ahora vivo de la música", le dijo Cobelli a El País.

Estos 50 años, ¿a qué época lo remiten?

—Mi papá tenía su trabajo particular, pero además tocaba la guitarra y cantaba. Y cuando yo tendría 13 años, me puso con una guitarra, me enseñó dos o tres tonitos, y arranqué a tocar con él. Luego me mandó a estudiar un poco más, con Walter Apesetche, un payador que tocaba muy bien. Y un día lo llamó a mi papá y le dijo que no me iba a enseñar más. Le estoy robando la plata, su hijo toca más que yo, parece que le dijo. Y así empecé.

¿En qué lugares tocaba cuando empezó?

—Con mi papá íbamos mucho a clubes de bochas. Se hacían espectáculo de tango y folklore. Ni rock ni cumbia. Tocábamos por ejemplo en el Club Hijos del Mar, en la Curva de Maroñas. Y mucho en cumpleaños. Más que a teatros, íbamos a clubes. Han desaparecido prácticamente las peñas. Había peñas como Altamar, en Soriano y Julio Herrera y Obes, con empanadas, vino y toda esa cosa folklórica que hoy no hay. Y cantaban no solamente los artistas, sino también gente del público. La gente decía, vamos a la peña de fulano, así me canto un vals. Hoy hay algún lugar parecido, que le llaman micrófono abierto, pero no es lo mismo. Eso es cantar y no cobrar nada: le sirve al dueño del local. Ha cambiado mucho el sistema: antes era más lindo.

El turista que viene a Montevideo ¿encuentra lugares donde escuchar tango?

—No hay demasiados. Lo que más se explota es el baile, que según dicen siempre es lo que mantiene al tango vivo. Hay muchos bailarines, muchos más que cantantes de tango. Pero lugares para escuchar tango, no demasiados. En Argentina está más explotado eso. Y acá, lo poco que hay, inclusive muchas veces está mal pago. Y eso es una barrera importante, porque si no están bien pagos los músicos no van a ser muy buenos. Yo por lo menos no voy.

¿Cuándo conoció a Zitarrosa?

—A mí me llevó Hilario Pérez a tocar con Zitarrosa en 1970. Yo tenía 18 años. Uno a veces no se daba cuenta de lo que eso significaba. Alfredo ya era muy famoso, pero uno con 18 años, no le daba a eso la dimensión que tenía. Me acuerdo que los vecinos del barrio me lo comentaba como algo asombroso, y a mí me parecía algo común. Uno con el tiempo dimensiona.

—Claro, Zitarrosa era un ídolo absoluto...

—Hay una anécdota muy pintoresca. Yo vivo cerca del Mercado Modelo, en un apartamentito, arriba. Era una época difícil de poner teléfono, aquello de que no había borne. Y en frente vive una señora, y yo no tenía teléfono, y ella sí. Entonces yo le había pasado ese teléfono a Zitarrosa para cuando quería hablar conmigo. Un día llamó Alfredo, y la mujer quedó petrificada. Y la mujer sale a la puerta, y me grita, Cobelli, lo llama Zitarrosa. Se enteró todo el barrio. Todavía me la cruzo por el barrio y me dice, se acuerda cuando yo le gritaba que lo llamaba Zitarrosa, y se enteraba todo el barrio.

¿Era muy exigente Zitarrosa?

—Sí, los ensayos eran rigurosos, de muchas horas. Las letras y las músicas eran de él, y los arreglos también, y sobre eso se trabajaba. Al principio ensayábamos en Las Toscas, luego se vino más para la entrada de los Portones de Carrasco. Había una rigurosidad de ensayos: incluso ensayábamos antes de tocar. Y también todo el trabajo que hicimos en los discos.

—Musicalmente Zitarrosa no es muy complejo.

—Armónicamente la música de Zitarrosa no es difícil, porque sus temas no tienen muchos tonos. Son melodías sencillas, aunque cantándolas él, parecen que no eran fáciles. El violín de Becho tiene dos tonos, re y la. Pero los arreglos eran para él muy importantes. Sus obras tienen mucho arreglo, y cada uno con su intención, a veces a tierra, otras sincopado. Y tocábamos 50 temas de memoria, sin partitura. Había que tener la memoria bien ágil. Además, aunque en el show había una lista de canciones, él de repente cambiaba el orden. Pensabas que venía una, y venía otra.

¿Tomaban mucho alcohol?

—Alfredo se tomaba sus whiskies, como nosotros también. Y fumaba mucho. Creo que el cigarro no le hacía muy bien para el físico. Es que los ensayos eran tan largos, que a veces prendías un cigarro, y al rato estabas prendiendo otro, y otro. Y se tomaba mucho mate, y se charlaba mucho. Era un trabajo de muchas horas.

Y a nivel de indumentaria, les exigía prolijidad…

—Sí, traje y corbata. Todo muy formal, y él también, traje y corbata, y su peinado al agua. En los años 70, tocábamos parados. Luego ya, por el año 84, tocábamos sentados. Eso fue cambiando. En la época de Gardel, los guitarristas tocaban sentados. Luego, más adelante, Edmundo Rivero tocaba con los guitarristas de pie, como nosotros. Y ahora se ha vuelto a tocar sentado, porque los recitales son más largos.

¿Y de temperamento, cómo era Zitarrosa?

—Él tenía su carácter, y aparte yo quiero entender que debido a tener que haber estado en el exilio (que no debe ser cosa linda para nadie), eso supongo que también influyó sobre su carácter. Cada uno tiene sus luces y sus sombras. Pero no, no era fácil lidiar con él a veces. Pero como artista, su profesionalismo era indiscutido. Hoy es un cantor que hace falta. A mí se me arrima mucha gente joven, y la muchachada habla de Zitarrosa como si estuviera… lo sienten como vivo. Dejó un legado.

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