JOHN LYDON

Un héroe (punk) de la clase obrera

El exlíder de los Sex Pistols toca el miércoles en Uruguay con Public Image.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
John Lydon. Foto: Difusión

Cómo estás Uruguay?", dice del otro lado de la línea John Lydon, el artista alguna vez conocido como Johnny Rotten y que al frente de los Sex Pistols, hace ya 40 años, revolucionó por última vez eso que dio en llamarse rock and roll. Es esa clase de personaje que puede poner nervioso a un entrevistador: siempre ronda el cinismo, tiene un ego de los extra- large, una arrogancia legendaria y es, maldita sea, una leyenda viviente.

Pero Lydon hace trizas el prejuicio. Se presenta como un tipo simpático dispuesto a prestarse al juego que le ha tocado: charlar un rato con un nervioso periodista uruguayo para promocionar el show que con su banda PIL ofrecerá este miércoles en La Trastienda (a las 21:00 con entradas que van de 1.800 a 2.400 pesos).

PIL es el apócope de Public Image Ltd., la banda que Lydon formó cuando, a tres años de nacer, los Sex Pistols implosionaron tal como estaba previsto. Habían sido la quintaesencia del punk: atrevidos, malhablados y furiosos. Insultaron a la reina, maldijeron en vivo en la BBC y sacaron uno de los mejores discos de la historia (Never Mind the Bollocks Heres the Sex Pistols) y su bajista murió de sobredosis. Es mucho para un par de años.

PIL era otra cosa. Sus primeros discos eran un minimalista rock ruidoso con una fuerte presencia del bajo y de la inconfundible voz nasal de Lydon. En su tiempo a eso se lo conocía como after punk, un subgénero del que Lydon fue pionero y cuya influencia abarca a The Cure o Depeche Mode, por ejemplo.

Con el tiempo fueron desarrollando una faceta más pop. Su canción más conocida es "Rise" (aquella de "I could be wrong/ I could be right/ I could be black/ I could be white") de Album, su disco de 1986 que usted seguro escuchó en la radio. Otros de sus éxitos son "This is Not a Love Song", "Public Image" y "Dead Disco".

Paralelamente, Lydon que vive en Los Angeles desde hace años, se convirtió a base de su exótico carisma y de tener una opinión para todo, en una suerte de celebridad británica. Ha participado en un reality show, condujo programas y ha hecho publicidades procurando un dinero que, dice, fue destinado a fines loables. Uno de ellos fue reunir a PIL.

El único miembro fundador que aún está en la banda es Lydon, pero lo acompañan Lu Edmonds y Bruce Smith que estuvieron en la década de 1980 y volvieron en 2009 cuando se integró Scott Firth, un sesionista prestigioso. Su último disco es de 2015, What the World Needs Now, y no está nada mal.

—Usted vive en Los Angeles desde hace muchos años. ¿Qué encuentran de fascinante los músicos británicos en esa ciudad?

—No sé, aunque cualquier lugar del mundo es mejor que Inglaterra. En mi caso es que no conseguíamos tocar en Europa, así que decidimos mudarnos a Nueva York y de ahí terminamos acá. Fue un proceso lento. Y no tenía idea de cuántas estrellas de heavy metal vivían en L.A. hasta que llegué acá. He vivido acá una gran parte de mi vida pero no me vinculo con expatriados. No tengo nada que ver con ellos, soy un tipo tranquilo y metido en mi vida.

—Pero vivir en Malibu tiene algo de aquellas estrellas de rock que usted solía despreciar.

—Nada que ver. Estoy acá por mi salud. Estuve muy enfermo a los siete años y mi sistema inmunológico quedó deteriorado. California es de los pocos lugares donde puedo estar a salvo.

—Recién dijo que no conseguía tocar en Europa con PIL en sus comienzos. ¿Por qué pasaba eso?

—Eso sigue pasando aunque no con aquel nivel. Es miedo y desconfianza hacia cualquiera que le pegue al sistema como yo lo sigo haciendo. Mientras haya instituciones, gobiernos, regímenes, religiones que pretendan decirme cómo actuar, me voy a levantar y decir "no, pará un poquito". Y eso me mete en problemas. Mi revolución es no violenta.

—Hay solo una oportunidad para una primera impresión, ¿cree que de la manera en que se presentó al mundo aún incide en cómo se lo ve?

—Desde mi punto de vista fue una maravillosa primera impresión. Era un pibe divino.

—¿Cuál es la mentira más grande que se dijo de usted?

—Que era un tipo despreciable, sucio y malhablado. Y nada que ver: no soy sucio y mi vocabulario tiene muchas palabras. Soy un clásico ejemplo de la clase trabajadora británica, no somos estúpidos como el sistema nos ha hecho creer. Venir de la pobreza no nos hace tontos.

—¿Y cuál es la mayor mentira que usted dijo sobre usted mismo?

—Que era hermoso (se ríe).

—¿Se la creyeron?

—Todavía no.

—En la década pasada participó en un reality show (Im a Celebrity... Get Me Out of Here!). ¿Qué lo llevó a eso?

—Reunir dinero para caridad.

—Y su famosa publicidad de manteca fue para financiar el regreso de PIL.

—Exacto.

—¿No estaba intentando hacer una suerte de declaración, por ejemplo?

—En cierta manera, sí. Estaba muy bueno porque me dieron carta libre para hacer el comercial. Fue una experiencia increíble porque me dejaron llevar mi humor y mi impronta.

—¿Se considera una celebridad?

—Una anti-celebridad. Exactamente lo opuesto.

—Es una línea un poco difusa, por lo menos para el público.

—No creo. Encontré que quizás le guste como soy a la gente en Gran Bretaña.

—Usted despreciaba la industria musical ya en aquellos años. ¿Cuál es su opinión del actual estado de la industria musical?

—Ni siquiera sé si sigue existiendo. Me costó mucha plata alejarme de ella y salirme de los contratos. Es por eso que hice muchos programas sobre la naturaleza porque por dos décadas la industria me mandó al ostracismo. No había apoyo, ni dinero para mí, y cada vez que quería reunir a mi banda y ensayar, la compañía se aparecía con una cuenta que yo no podía pagar. Era una trampa 22: no importaba lo que hiciera, estaba atrapado. Y no podía hacer lo que más me gusta, la música.

—¿Y qué opina de las disputas de los músicos contra YouTube o los servicios de streaming?

—No sé mucho de eso. Estamos por completar nuestra gira mundial y solo me concentro en eso. Pero siempre que aparece algo nuevo, encuentran la manera de sacarnos plata. De alguna manera tengo que apoyarme en las grandes bandas que están llevando adelante las demandas judiciales. Yo no tengo dinero para hacerlo.

—¿Hay lugar para otro Johnny Rotten en el panorama musical actual?

—Solo hubo lugar para uno. Como hay uno solo de cada uno de nosotros. Mi consejo a cualquiera que quiera hacer música es: "no trates de sonar como otro" porque la gente se va a dar cuenta que sos falso.

—Pero debe haber visto algunos Johnny Rotten en todos estos años.

—Siempre hay dos o tres en la vuelta. Yo los llamo acosadores y pueden ser peligrosos. Nunca te veas como si fueras otro porque estás rechazando el mayor regalo que te dieron: tu individualidad y tu propia existencia.

—Para terminar, y sé que me va a decir que no, pero, ¿no va a hacerle una concesión a los viejos fans y tocar alguna canción de Sex Pistols?

—No. Eso no sería una concesión, sería una decepción. Los Sex Pistols ya no existen más, así que no hay necesidad de eso.

Las memorias sensibles y honestas de una estrella de rock

A falta de una, a los 60 años, John Lydon tiene dos autobiografías. En 1993 publicó ROTTEN: No Irish, No Blacks, No Dogs (hay una versión en español editada por Acuarela en 2007) que la revista Rolling Stone incluyó en su lista de las 25 mejores autobiografías del rock. El libro (co- escrito con Keith and Kent Zimmerman), se limita a contar su experiencia con los Sex Pistols identificando a Malcolm McLaren, el mánager de la banda como el villano de turno. Es una fiel evidencia de que su bravuconería alcanza a todas las plataformas.

Hace unos meses llegó a Uruguay (en una preciosa edición de la editorial catalana Malpaso), La ira es energía. Memorias sin censura (810 pesos) su segundo libro autobiográfico publicado originalmente en 2014. Su alcance es un poco más ambicioso y Lydon (que es un escritor tan ocurrente que ni los españolismos logran arruinarlo) se permite sonar verborrágico y confesional al mismo tiempo. Tiene, eso sí, el tono autoindulgente de esta clase de libros testimoniales.

Aporta así, una versión parcial sobre su infancia enfermiza (a los nueve años una meningitis le hizo perder completamente la memoria y debió empezar de cero) y una conciencia de ser diferente que lo llevó a ser un punk prototípico y, sin ninguna gana, una vocero generacional.

En el libro queda claro su desprecio a las instituciones, su recelo hacia cualquier cosa que quiera inmiscuirse en su arte y su ira, como fuente de energía (el título viene de una estrofa de su canción "Rise").

Le dedica dos capítulos a su matrimonio con Nora Foster, la heredera de un imperio editorial alemán, su esposa desde los viejos tiempos del punk. También habla de los sobrinos que adoptó tras la muerte de Ari Up, hermana de Nora y cantante de la banda punk The Slits.

Esa clase de cosas viniendo de un cínico lúcido, son toda una revelación. Johnny Rotten, después de todo, resultó ser un tipo sensible y familiero.

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