Entrevista

Gabo Ferro: "El despegue de la fantasía es el origen de todo lo que escribo"

Charla con el músico argentino, que vuelve a presentarse en Sala Zitarrosa esta noche

Gabo Ferro
Gabo Ferro. Foto: Alejandra López

“No puedo no creer que cada concierto no sea un gesto histórico de su momento y del lugar donde esté siendo”, dice al otro lado del teléfono Gabo Ferro, sobre el show que dará hoy a las 21.00 en Sala Zitarrosa (entradas en Tickantel), al que llegará con su guitarra, sus canciones y atento a lo que pase a su alrededor, para dar lo mejor de sí. Que será mucho, porque es de esos artistas de una lucidez apabullante.

—Entré a tu perfil de Spotify después de unas semanas, y hay otro disco nuevo. ¿De dónde viene Historias de pescadores y ladrones de la Pampa argentina, con Sergio Ch?

—Armamos un dúo junto a Sergio Chotsourian, fundador de Los Natas, uno de los tríos fundadores del stoner rock en esta parte del mundo. Nos conocemos hace muchísimos años, una situación nos llevó a reunirnos, y empezaron a surgir canciones. Las fuimos grabando, y nos gustó mucho porque encontramos que era un disco resultante de la unión de dos sujetos diferentes, que al sumarse dieron una tercera cosa.

—En el trabajo en sociedad, ¿cómo es componer con otro, mano a mano?

—Es un duelo amoroso. Hay diferentes tipos de sociedades, pero a mí la que más me interesa es la que está basada en el respeto, el amor y la admiración. Cada vez que me he reunido con alguien, yo sé que el otro es diferente, he ahí lo que me atrae, y la cuestión es pulsear y aprender de esa diferencia. Yo no voy a afiliarme con alguien si no disfruto de esa diferencia que tiene conmigo. Y no podría haber hecho ni una de estas canciones, ni cantar un montón de versos que canto en este disco, si no fuera basado en ese respeto y ese disfrute. No podría hacerlo con cualquiera.

—Pero para disfrutar y capitalizar la diferencia, es clave tener claras muchas cosas personales. No será tan fácil.

—Yo mi ego lo tengo bien colocado, lo tengo para la defensa (se ríe). No tengo el ego desmadrado; muy por el contrario, muchas veces se confunde con que soy mala onda, pero en realidad es que soy profundamente tímido. Es más, en este disco no quería cantar ni una sola canción, pero fue surgiendo. Y me parece que de eso se trata: la generosidad le hace mejor a todo esto. Ceder, cuando no es por conveniencia o por una mala conveniencia, le hace muy bien a quien cede.

—Parece un ejercicio creativo muy diferente al que hiciste con Juan Carlos Tolosa para El agua del espejo, disco de versiones a piano de tus temas.

—Ese es un disco que se venía germinando hace años, pero no encontraba a ningún pianista de los que a mí me interesaban, que vinieran de lo que llamamos “música clásica contemporánea”, que quisiera improvisar. Y lo que tiene ese disco es un tremendo trabajo de improvisación. La importancia de Juan es fundamental para el disco.

—Editaste dos discos, hiciste una ópera, ¿y qué tanta vida le diste a tu último disco solista, El lapsus del jinete ciego?

—No soy una persona que se agarre con uñas y dientes a nada, mucho menos a un disco. Y ese es un disco que todavía hoy sigue vivo, sobre todo porque fue alumbrado en el primer momento de asunción de este gobierno, que está recrudeciendo cada vez más su propia identidad. Entonces es un disco en el que algo que era más o menos metafórico, ya es hiperrealista; y además que desde entonces no pude, no quise, sacar un disco solo.

—¿Y a este momento se le hace frente en colectivo?

—Estoy seguro de eso.

—Se habla de lo cotidiano como una clave de tu obra, ¿pero hay inspiración en cualquier entorno, o tenés un entorno favorecedor?

—Las dos cosas. Soy una persona muy afortunada, que no tiene que tomarse un tren a las cinco de la mañana y viajar una hora apretado, para llegar a trabajar en situación animal. Por eso me da gracia cuando alguien se acerca a la superficie de mis canciones y dice: “Este tipo es un bajón”. ¡Me divierto todo el tiempo! Soy una persona muy feliz en general, y puedo rodearme de cosas que son inspiradoras, de un cotidiano de disfrute. Uno también ha escrito en momentos desastrosos y han salido cosas maravillosas, pero puedo tener la comodidad de no tener que salir a buscar qué comer o cómo abrigarme, y puedo dedicarme a volar. Al despegue de la fantasía, y eso en definitiva es, para mí, el origen de todo lo que escribo, ya sea un ensayo histórico o una canción.

—Volviendo a El lapsus..., ¿sentís que no tenés nada más para decir?

—Siento que el escenario no cambió. Recién está cambiando, y volví a escribir. Cuando interior y exterior resuenan en un choque que necesita una respuesta mía, ahí me pongo a intentar responder, y esas respuestas son canciones. Recién ahora estoy empezando a querer decir algo más de lo que fue El lapsus del jinete ciego.

—¿Disfrutás de no hacer nada? Estás como todo el tiempo haciendo algo.

—No, no disfruto, porque el no hacer nada lo sentiría no sólo como un espacio de inutilidad estéril, sino de que me estoy aburriendo. No voy a decir que fui un niño abandonado ni mucho menos, ¿pero viste cuando tenés que generar tu propio mundo, tu diversión? Todavía hay algo de ese niño... No: todo ese niño aún vive en esto que soy hoy. Entonces no me permito el aburrimiento. Para mí, aburrimiento es la nada, y nada es muerte. Y si no hago algo, siento que es la muerte; así sea limpiar la casa, tener una idea, haber hecho un regalo: algo por lo que sienta que ese día valió la pena.

—Has hablado de que tu banda Porco respondía a una urgencia de hablar de la muerte. Tal vez tiene que ver con eso el necesitar sentirte vivo.

—Teníamos 18 o 19 años cuando el HIV estaba divulgado, y acá se decía que te dabas un beso o compartías un mate y te morías. Y uno no podía evitar besar, tomar un mate. Entonces veías que amigos o conocidos se iban muriendo, y era vivir con un terror... Nunca voy a olvidar que cuando grabamos el primer disco de Porco, yo quería llegar vivo a enero de 1994 que era cuando íbamos a editarlo. Y no era una pose: realmente sentíamos eso, que era una generación que no iba a sobrevivir.

—Pero eso te marca para siempre.

—Diste en algo de lo que iba a seguir hablando, pero preferí callar, así que nobleza obliga que siga contestando. Tengo un hermano que me lleva más de 10 años, y estuvo en situaciones políticas típicas de nuestro lugar en el mundo y de los 70. Y a gente que conozco, sobrevivientes de los 70, los persigue una especie de melancolía; y cuando hablo con ellos y salvando las diferencias, hay una melancolía en nosotros, sobrevivientes de los 80, que es prima, que nos afilia. Uno siente eso, de por qué yo sí y mi amigo Hernán, que murió cuando tenía 19, no; o mi amiga Silvina, que murió cuando tenía 17, y así podría seguir con una docena de nombres. Que no te voy a decir que los recuerdo todos los días, pero casi todos.

—En ese sentido, Uruguay es un país históricamente nostálgico, y a eso se le suma que la generación creativa madura ahora es la que atravesó la adolescencia en dictadura, entonces no paran de aparecer obras de teatro, películas o libros sobre esa época, y se vuelve un espiral infinito.

—Pero ahí está la cuestión. A mí, por ejemplo, el universo del cantautor no me interesa nada, ¿pero por qué me interesa? Para salirme de él. Entonces cuando te tiran todo ese tótem, decís, ¿cómo hacemos para no caer en esta trampa? Lo que pasa —y acá voy a ejercer de marxista— es que muchas veces, cuando tenés que apelar a fondos, los temas de moda son los que te ayudan a conseguir el fondo de danza, el fondo de teatro y así. Entonces también hay que mirar las cuestiones por las que circulan las piezas de arte, que también están condicionadas por las becas, los fondos.

—Supongo que hay mucho humor en el título de tu primer disco, Canciones que un hombre no debería cantar. Ahora que se respira feminismo, ¿qué te planteás de eso?

—Por suerte me siento de una generación donde el closet no existía, las cuestiones entre varones y nenas no existían, por más que si yo dejaba la pelota y me iba a jugar con las nenas porque era más divertido, después me pegaban. La cuestión de género nunca fue, para mí, un corralito cultural. Pero eso no me lleva a desconocer que existía y existe. Y cuando vuelvo a la música y todavía no estaba “de moda” la cuestión del cantautor, hago un disco solo para guitarra, cuando todo el mundo esperaba -y yo mismo- que volviera a lo que hacía antes: rock, hardcore. Pero yo quería estas canciones, ¿y qué había, más allá del timbre, en su enunciación? Me di cuenta que si las cantara una mujer, harían menos ruido, y ahí me acordé de la anécdota de Edith Piaf, que cuando escucha a Jacques Brel cantar “Ne me quitte pas”, se va como loca diciendo: “Hay cosas que un hombre no debería cantar”. Y como me gusta siempre en los títulos sugerir por dónde me gustaría que fuera la escucha, me parecía que ese título lo hacía. Y me encantaba que cuando escucharan el disco dijeran: “¿Quién es esta chica que canta?” Eso me encanta: me siento muy feliz de poder atender, desde mi propia enunciación cantada, las políticas de género.

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