ENTREVISTA

Fito Páez: "La música me salvó del loquero y de la cárcel"

Antes del show del 29 de noviembre en el Antel Arena, Fito Páez charló con El País sobre su cancionero y su presente

Fito Páez. Foto: Difusión.
Fito Páez. Foto: Difusión.

Las visitas de Fito Páez a Montevideo ya son una costumbre. Desde 2010, el rosarino llega a la capital uruguaya al menos una vez por año para presentarse en diferentes escenarios. Desde presentaciones de discos hasta espectáculos retrospectivos (como El amor después del amor XX años y Giros 30 años), y desde recitales a piano solo hasta shows con banda, cada visita de Páez viene acompañada de una propuesta diferente.

El 29 de noviembre, el argentino regresará a Montevideo para actuar por primera vez en el Antel Arena (entradas a la venta en Tickantel). Acompañado de su banda, el músico repasará más de 30 años de carrera solista y una larga lista de éxitos que ya forman parte del cancionero rioplantense.

Antes del show, Fito Páez charló con El País vía mail y habló sobre su vínculo con Montevideo, la música como refugio tras la muerte de su madre y el asesinato de sus tías, y qué siente al escuchar sus primeras grabaciones junto a Juan Carlos Baglietto, a quien acompañó en tres discos. A pedido de la producción de Páez, se debieron evitar las preguntas políticas —por la situación actual de Argentina—, pero la charla sirvió para recordar varias historias sobre el cancionero y el presente de uno de los artistas más prolíficos y exitosos de la música argentina.

Mientras escuchaba Stabat Mater, de Antonio Vivaldi, Páez respondió a las preguntas con mucho humor. Y aunque no quiso adelantar detalles del show del Antel Arena —“Nadie cuenta una peli antes de estrenarla”, dijo—, aseguró a El País que lo del 29 de noviembre será “un conciertazo”.“Espero que pasemos una noche inolvidable y que entremos al Antel de una manera y salgamos de otra. De eso se trata lo que hago”, dijo.

—La semana pasada publicaste un video en Twitter donde anunciabas que habías terminado de cantar todas las letras de tu nuevo disco, que vas a grabar en Los Ángeles con tu banda. ¿Qué podrías adelantar? ¿Las letras hacen foco en las relaciones (como “Tu vida, mi vida” y “Soltá”) o en una mirada más social (como “La ciudad liberada”, “Se terminó” e “Islamabad”)?

—Me pedís que hable de algo que aún está en proceso. Sí, canté las primeras versiones de las letras que ya en el término de dos semanas cambiaron muchísimo, algunas radicalmente. Este es uno de los momentos en los cuales todo se pone a temblar en la hechura de un álbum. Y sí, vida pública y vida privada. Cambalache, siglo XX, problemático y febril. Lo escribió Discépolo en el siglo pasado. Amo este nuevo material. Falta poco, en noviembre ya estará el primer corte en el aire.

—En tu libro Diario de viaje, editado en 2016, escribiste “¡Qué casa más casa Montevideo!” y comentaste que te hacía acordar a Rosario. ¿Qué te produce visitar Montevideo? ¿Recordás cuál fue tu primer show acá?

—¡Sabés que no me acuerdo! Eso habla muy bien de mi vínculo con Montevideo. ¿Habrá sido con Charly en Modern Clics? Tampoco me acuerdo la primera vez en Rosario. Sí, estoy en casa. Mi novia es mitad uruguaya. Nos llevamos bien los rosarinos y los uruguayos jajaja! Montevideo para mí, es desde siempre. Lo primero que conocí de Montevideo fueron Los Shakers y Opa. Cuando llegué no me quedó otra que enamorarme de esa ciudad mágica.

—Un clásico de tus visitas a Montevideo es juntarte con Hugo Fattoruso. Recuerdo que en el show de piano y voz que diste en el Solís hicieron una versión de “Giros”. ¿Cómo podrías definir el momento en que tocás con Hugo?

—Tocar con Hugo te pone en una calidísima situación de libertad. Porque él es la libertad. Sentís que estás en patas en la vereda de tu casa tomando un porrón con tu papá. Que en este caso, es un hermano de oro que me regaló la vida. Hugo es uno de mis artistas favoritos de todos los tiempos. Y una persona entrañable.

—El año pasado te presentaste en el Carnegie Hall junto a una orquesta de 21 músicos. ¿Cómo fue la sensación de haberte presentado en ese escenario? ¿Podrías definirlo como uno de los shows más importantes de tu carrera?

—Había ido al Carnegie Hall en el verano del 1999. Esa noche Pierre Boulez presentaba obras de Debussy y Ravel junto a la orquesta de Michigan,. Nunca había escuchado hasta ese momento un espacio con una acústica tan perfecta. Y ya conocía un montón de grandes teatros del mundo, incluso había tocado en muchos de ellos. Haber vuelto el año pasado con mi banda y una orquesta neoyorquina preparada para la ocasión fue un desafío enorme que resultó en una noche muy preciada e inolvidable.

—Sobre el final del recital del Carnegie Hall cantaste “Yo vengo a ofrecer mi corazón” a capella y sin micrófono. Lo mismo hiciste en tu show del Teatro Solís y lo recuerdo como lo más emotivo de la noche. ¿Qué sensación te produce interpretar la canción en ese formato tan despojado?

—Estar a palo seco. Desnudez absoluta. Despojo. Se producen unos silencios muy conmovedores. Podés percibir como esa electricidad emocional atraviesa a cada uno de los presentes durante lo que dura la canción. En los grandes teatros y en un cabaret en el último piringundín del mundo, también.

—En “Aleluya al sol”, de La ciudad liberada, cantás: “En la cruz del sur, estallaron la revolución / Todo el mundo en las plazas con banderas gritan ‘Que no haya ni una menos’”. ¿Cómo analizás los movimientos feministas que surgieron en Argentina últimamente?

—Son consecuencia de luchas que llevan hace muchísimo tiempo en el mundo en busca de libertades. Como en todo movimiento existen muchos estratos y niveles de complejidad. Adhiero por naturaleza a cualquiera que luche por libertades, así que siento que somos parte de un mismo equipo.

—Cuando te presentaste en La Trastienda en 2016 presentaste una canción llamada “Hogar”, que todavía no grabaste. La letra decía: “Tuve una infancia sin madre / Con primos corriendo de aquí y allá / La casa quedó vacía / Cómo te extraño papá”. ¿Cómo recordás el hogar de tu infancia y la compañía de tu familia tras la muerte de tu madre? ¿Sentís que la música te ayudó a sobrellevar la pérdida?

—La música me salvó del loquero y de la cárcel. Esas pérdidas nunca se reponen. Tenés que aprender a vivir con ellas. Cualquier hijo de vecino sabe de lo que hablo cuando hablo de esto. Al hogar de mi infancia lo recuerdo con infinita gratitud porque allí me fue brindado el amor que después fue el combustible con el que pude soportar los embates de la vida. He sido un hombre muy afortunado. Mi abuela Belia, mi tía Pepa y mi papá Rodolfo construyeron un cofre de amor inmenso del cual, hasta el día de hoy, saco diamantes preciosos para regalarle a mis hijos.

—A principios de mes publicaste un video que anunciaba los 20 años del disco Abre. ¿Tenés pensado hacer una serie de shows repasando las canciones del álbum?

—Estaba en los planes del año, pero lamentablemente no llegamos. Tengo hermosos recuerdos de ese álbum. Uno de ellos fue su presentación montevideana en el estadio Centenario.

—En Abre se incluyen “Al lado del camino” y “La casa desaparecida”, dos de las letras más importantes del disco. ¿Podrías contar cómo fue la composición y la inspiración para ambas letras?

—Fueron casos similares porque estuvieron dentro del mismo contexto. Personal y social. Hacía años que lo que escribía no me interesaba nada y de hecho tampoco grababa ni publicaba. “Al lado del camino” surgió en una noche como un cántaro de agua y solo lo dejé fluir. Llegó al álbum casi sin ninguna corrección sobre el original. “La casa desaparecida” fue más compleja de componer junto a la música por la cantidad de partes diferentes que la conforman. La música llegó a darme una topografía donde poder escribir y desarrollar una pequeña teoría doméstica sobre la conformación de la psique argentina (si es que esto es posible) y a la vez, dejarme elaborar una redención improbable hacia el final del texto. Pero esta pieza sí que pasó por muchas instancias. Fue un trabajo arduo pero muy placentero.

—En La ciudad liberada hay dos canciones que hablan sobre la importancia de la música en tu vida: "Plegaria" ("La música es una oración / La música es la luz del alma") y "Nuevo mundo" ("Yo busco en la música la fe y lo maldito"). ¿Cuál sentís que es el rol de la música para acompañar momentos de la vida? ¿Pueden traer esperanza?

—Esperanza entre tantos sentimientos. La música es un lenguaje extraordinario que nos acompaña en el andar de la vida. Siempre que me intriga una persona pienso qué tipo de música escuchará...jajajaja!!!!....dime qué músicas escuchas y te diré quién eres...

—En una entrevista contaste que a los 13 años te diste cuenta de que querías dedicarte a la música mientras mirabas un recital de La máquina de hacer pájaros. Años después formaste parte de la banda de Charly García. ¿Cómo fue la experiencia de tocar con él?

—Sí, la noche del 7 de agosto del 1976, después de escuchar y ver en el teatro Fundación Astengo a La máquina de hacer pájaros, supe que la música era lo que más me gustaba en el mundo y que por allí iba a destinar mi vida. Charly es una persona central en la vida cultural del mundo. Tuve la suerte de ser convocado por él años más tarde y poder conocer su laboratorio musical. También de sentirme parte de su familia y haberlo tenido cerca en muchos de los momentos importantes de mi vida. Sin él no sería quien soy, así que lo amo sin límites. Me pongo delante de la bala por él. Me enseñó mil cosas extramusicales que siempre voy a atesorar en mi corazón.

—¿Cómo ves la actualidad del rock argentino? ¿Sentís que las bandas apuestan a escribir letras que reflejen lo que pasa en Argentina?

—El rock argentino es un gabinete infinito. Lo de las letras me lo tomo con pinzas, siempre. Recuerdo hace muchos años cuando algunos colegas tuyos, de este lado del río, acusaban a Luis Alberto Spinetta de no hablar de la realidad. Supongo que para la realidad ya están los medios de la comunicación. Y la literalidad tampoco garantiza calidad. De hecho las obras coyunturales suelen tener poco aliento. Y siempre amé a Spinetta por la construcción obsesiva de un universo absolutamente personal, en el cual la realidad se colaba a la fuerza pero sin el sentido de obligatoriedad policíaca que le era reclamada por la inteligenzzia de la época. Me gustaría escuchar más diversidad en el mundo en general. No sé si eso se llama rock pero de todas maneras siempre pasan cosas en el rock argento.

—Al igual que Spinetta, Charly y Litto fueron tus influencias (como contás en “Gracias”, del disco Rodolfo) hay una nueva generación de músicos que toman tu obra como referencia. ¿Qué sensación te produce saber que nuevos músicos te tienen como influencia?

—¡Que viven muy equivocados! ¡¡¡¡jajajajajaj!!!! ¡A las fuentes muchaches! Ahí está todo lo que hay que saber del gran imperio del híbrido moderno de la canción latinoamericana. La conferencia del Toto’s bar, Los Gatos, Almendra, Manal, Os Mutantes, Vox Dei, La máquina de hacer pájaros, Pappo, Litto Nebbia, Invisible, tantos. Solo para comenzar.

—En un perfil de Leila Guerriero contabas que tras grabar Tercer mundo vivías en “una casa derruida usando un cajón de manzanas como mesa de luz”. Luego llegó El amor después del amor y se convirtió en el disco más vendido de la historia de Argentina. ¿Cómo recordás esa época?

—¡¡¡Jajajajaj!!! De ese momento no recuerdo casi nada. Eran épocas de extremos excesos y agradezco a la providencia que me haya permitido llegar hasta aquí. Todos cada día nos parecemos más a nosotros mismos así que no creo haber cambiado mucho de un momento al otro. Al despertar de la larga borrachera que prosiguió al asesinato de mis abuelas hasta conocer a Ceci Roth, me encontré con una muchacha que me quería y un poco más de dinero.

—Desde una mirada retrospectiva, ¿cómo analizás al Fito de 20 años que compuso canciones como “Puñal tras puñal” y “La vida es una moneda” con Baglietto, y que luego publicó Del 63?

—Amo todo lo que hice. No soporto a los artistejos (algunos muy reconocidos en un montón de disciplinas artísticas como grandes artistas en todo el mundo) que reniegan de lo que han hecho en el pasado. Quiero volver a recordarles que sin las paparruchadas que escribieron cuando fueron jóvenes no se hubieran convertido en esos artistas tan reconocidos con el paso de los años. Todos le debemos nuestra vida a esos niños adolescentes que fuimos. O el fulgor que despierta el deseo de la primera vez, o el coraje, o el desparpajo o lo que sea que haya despertado la chispa que encendió esa y luego, tantas vidas ajenas.

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