Música

La fiesta de una larga historia de amor

Si hay algo en lo que uno nunca debería entrometerse es en las fiestas y en las historias de amor. Y eso es lo que vivieron los uruguayos que llenaron la primera de las funciones de Joan Manuel Serrat en el Auditorio Adela Reta del Sodre. Y seguramente pasará lo mismo en las cinco restantes para las cuales quedan, se avisa, algunas pocas localidades.

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El catalán desplegó y recibió mucho cariño de los uruguayos en el Auditorio. Foto: F.Flores.

Fue una fiesta porque el catalán tiene oficio (está festejando 50 años en los escenarios), sigue siendo un seductor y sabe cómo sutilmente arengar a la hinchada a base de encanto personal y sonrisa socarrona. Serrat lució un discreto conjunto de jean y saco y corbata y limitó su presencia escénica a unos pequeños pasos de baile. Pero con eso le bastó. Y es reconfortante saber que a los 71 años, Serrat está en plena forma.

Es que el público uruguayo tiene un relación de amor con Serrat que quedó en evidencia en las repetidas ovaciones a lo largo de un concierto que rozó las dos horas y para muchos igual supo a poco. Da gusto ver gente (en general viejos seguidores del artista quien por lo visto no ha renovado su público) tan contenta.

Parecería ser un amor correspondido, más allá de la siempre dudosa sinceridad de un artista en escena. Él mismo se preocupó en destacar su largo vínculo con Uruguay en un entretenido soliloquio en mitad del concierto que quizás sirva para que recupere el aliento pero también afianza la confianza con un público que, igual, ya venía comprado de antemano. En ese muy gracioso monólogo, Serrat recordó que vino por primera vez en tiempos del presidente Jorge Pacheco Areco (lo que fue saludado por un abucheo), habló de autos viejos, bosta de caballo frente al Victoria Plaza y el Parador del Cerro. Elogió el tannat y el mate dejando el chovinismo en estado de gracia. Hay varias intervenciones de ese tipo a lo largo de todo el concierto que Serrat aprovecha con soltura de comediante y de gracia intacta. Todo fue saludado desde la platea con risas y aplausos entusiastas.

El diálogo con el público fue constante. Tras el primer verso de "No hago otra cosa que pensar en ti" (que dice precisamente eso), un par de voces femeninas le lanzaron un "Yo también Nano". El par de veces que se sirvió una copa de champagne recibieron un "salud" de alguien de la platea y se le aplaudieron cualquier tipo de comentarios incluyendo el de "soy catalán". Cuando invitó al público a sugerir canciones, recibió una catarata de gritos y pedidos. No era necesario: las tenía a todas previstas.

Eso es parte de la fiesta y el entusiasmo termina siendo contagioso. Aunque todo el planteo puede verse un poco anticuado incluyendo algunos arreglos y la forma algo impostada de cantar, son parte de ese género exclusivo que encarna este catalán. Es así como el público quiere verlo y no hay que darle muchas vueltas. Leonard Cohen viene haciendo lo mismo hace años y a nadie parece molestarle. Su puesta en escena, su presencia y su apego a una forma de poesía vienen del mismo lado que el canadiense.

Serrat es el gran compositor de la música popular española. Y aunque hay sospechas ciertas de que ha dicho lo mejor que tenía para decir hace muchos años, a lo largo de su carrera cuando fue bueno, fue muy bueno. Es un creador importante repasando de la manera que mejor sabe un repertorio repleto de clásicos.

Jugando con ese material, es difícil perder un partido. Así, Serrat logró momentos de intensa emoción e incluso algunas veces como al final de la autobiográfica "Mi niñez" se lo vio, desde la platea, a él mismo emocionado. Hay que ser de cemento para no conmoverse con canciones como "De vez en cuando la vida", "Aquellas pequeñas cosas" o el breve pasaje en catalán. O es fácil contagiarse del entusiasmo de "Hoy puede ser un gran día" o "Cantares", que siempre levanta a la parcialidad de los asientos y que para el caso fue coreada casi por unanimidad.

Serrat acomodó el repertorio como para no dejar nada afuera y en un pequeño set de algo parecido a bossa nova unió algunos de sus clásicos (por ejemplo "Penélope" y "La mujer que yo quiero") en arreglos un poco más actualizados que les vinieron muy bien. Incluso en canciones menos conocidas como la pegadiza "Hoy por ti, mañana por mí" del disco conjunto con Joaquín Sabina o "Niño silvestre", quedó patente que un compositor de su estirpe no pierde las mañas. Y "El Sur también existe", sobre texto de Benedetti es una muy buena canción y fue de las más celebradas.

Como para estar a tono con el disco que está presentando, Antología desordenada en el que repasa sus éxitos con estrellas invitadas (un proyecto que prometía más de lo que se terminó consiguiendo), Serrat, por lo menos en la función del martes 24, convidó a escena a "dos amigos uruguayos". Con un Fernando Cabrera que a la distancia parecía bastante nervioso y titubeante, hizo "Titiritero" y con una Cristina Fernández de voz potente cantó, de la mano, la romántica "Caprichoso el azar". La gente, siempre bien dispuesta, saludó la idea con estruendoso beneplácito.

A la altura de "Mediterráneo", la porción de la parcialidad menos tímida ya se había atrevido a acercarse al escenario. El final fue con todo el mundo cantando y reclamando otra. El artista los complació un par de veces, en un gesto previsto de antemano en la lista de canciones. Pero esos detalles poco importan cuando se está de juerga y ese era el espíritu.

Serrat cumplió de sobra con lo prometido: un cancionero asociado a los mejores años de la vida de su público quienes a cambio de tanto cariño recibieron de regalo un momento único. Y contra eso, no hay quien pueda. No va a conquistar nuevo público pero el show está hecho a medida de los ya conversos. Y todos comieron perdices.

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