MÚSICA

El festival de música que alegra al monstruo

Viña del Mar volvió a brillar con un seleccionado de artistas.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Pitbull hizo mover al Monstruo, temido público de Viña. Foto: EFE

El Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, que nació hace 57 años como una competición de cantantes emergentes, se distancia cada vez más de sus orígenes y se acerca a los grandes formatos de los festivales internacionales.

El certamen, seguido en directo por 150 millones de telespectadores, fue presidido este año por las memorables actuaciones del icono de la música ochentera Lionel Richie, el histriónico británico Rick Astley y Alejandro Sanz.

Artistas de la talla de Elton John, Sting y Rod Stewart han hecho que en los últimos años el festival haya entrado en el mapa de los festines musicales y se haya alzado como la celebración más importante de América Latina.

Este impulso internacionalista ha jugado en contra de la razón de ser histórica del festival, una plataforma que, como Eurovisión, estaba pensada en sus inicios para propulsar la carrera musical de jóvenes artistas que concursaban en representación de sus países.

Ni los representantes de Chile, los hermanos Lucía y Cristián Covarrubias, ganadores de la competencia internacional, ni tampoco los panameños de Afrodisíaco, vencedores de la categoría folclórica, ocuparon las tapas de los diarios.

Ese espacio estuvo reservado para la singular expresión de estupefacción de Lionel Richie tras escuchar la descomunal ovación que recibió su "All night long" o el desenfreno del público al sonar los primeros acordes de "Travesuras", del reguetonero Nicky Jam.

Y todo ello porque, tal y como señaló Richie, el encuentro cada vez se asimila más a las grandes citas musicales.

"Escuché que (el Festival de Viña) es el más grande de esta parte del mundo. En otras palabras, es el Glastonbury de la región. Es un festival enorme y todos vienen a tocar en él", dijo Richie.

Trece reconocidos artistas, entre ellos el italiano Eros Ramazzotti y los puertorriqueños Wisin y Don Omar, pisaron en esta edición el escenario de la ciudad que mira al Pacífico; sin embargo, lo que hizo realmente único el encuentro es su formato de show televisivo. En Uruguay se pudo ver a través de TNT.

Durante más de cinco horas, el animador Rafael Araneda y la modelo Carolina de Moras trazaron el hilo conductor de un espectáculo circense que combinó los gags de los humoristas con las presentaciones de las estrellas musicales, recibidos por un público enfervorizado.

Como ya es costumbre, los 15.000 asistentes al anfiteatro de la Quinta Vergara interrumpieron constantemente el espectáculo con gritos y ovaciones para manifestar su veredicto, pues aquí es el público —apodado "El Monstruo"— el que, cual emperador romano, decide quién debe continuar y quién debe "morir" en el Coliseo viñamarino.

"Estoy nervioso. Me da miedo enfrentarme a este público", dijo el cantante español Pablo Alborán antes de protagonizar un recital repleto de metáforas románticas y las frescas melodías de su último disco, Terral.

Este maratónico espectáculo, que durante seis noches intenta mezclar el formato televisivo con el de un festival en vivo, está envuelto en una especie de aura de glamour plástico.

Desde hace años, la celebración se esmera sin éxito en copiar formatos estadounidenses como el ritual de la "alfombra roja", que a diferencia de la de Hollywood, aquí sólo pisan despampanantes modelos, viejas glorias televisivas y algún que otro artista local.

Los músicos, las verdaderas estrellas, prefieren quedarse al margen de tanto boato. Ellos no necesitan mimetizarse con la extravagancia, porque la luz de su estrella brilla por sí sola. Y, mientras sigan viniendo, el festival estará más cerca de Glastonbury que de Eurovisión.

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