PERFIL

Fernando Michelin, el pianista uruguayo que da clases en Berklee, habló con El País

El pianista uruguayo Fernando Michelin vive en Estados Unidos desde 1989, da clases en la Berklee College of Music y tiene una larga carrera solista

Fernando Michelin. Foto: Darwin Borrelli.
Fernando Michelin. Foto: Darwin Borrelli.

"Uruguay es mi cable a tierra”, dice el pianista Fernando Michelin desde una de las sillas de la redacción de El País. Por más de que haya vivido más de la mitad de su vida en Boston, el músico de 54 años mantiene las costumbres del uruguayo promedio. “Cada día me despierto, armo mi mate y escucho a Darwin (Desbocatti). Ese es uno de mis rituales uruguayos”, dice con una sonrisa.

Entre los descansos de las clases que dicta en Berklee College of Music (la universidad privada de música más grande del mundo), se informa sobre el ambiente político uruguayo y mira cada partido de Peñarol desde su casa ubicada en Boston. “Me gustaría pasar un semestre allá y otro acá. Quiero estar más presente”, insiste el músico de pelo color hierro y ojos marrones. Michelin, que comenzó a tocar el piano a los 18 años (“empecé tarde”, asegura) viajó a Boston el 1° de enero de 1989 para estudiar en Berklee y, desde ese momento, se quedó allí perfeccionando su música. Más adelante comenzó a componer, presentarse en locales de jazz y a enseñar piano en la universidad donde se formó.

El año pasado editó dos discos: Gratitude y Engenheiros (grabado a dúo con el bajista brasileño Ebinho Cardoso). Al primero lo define como “una especie de retrospectiva de mis primeros 50 años”. Grabó con los saxofonistas Jerry Bergonzi y George Garzone como una manera de agradecerles por el impulso que le dieron a su carrera. La batería estuvo a cargo de su hijo Tiago.

Además de los géneros musicales que habitan su disco y el resto de su obra, Michelin habla con El País sobre algunas de las personas a las que están dedicadas este agradecimiento en forma de disco: músicos, profesores y amigos. En la lista resalta el nombre de Álvaro Carlevaro, su profesor de guitarra clásica, el instrumento con el que se introdujo a la música. En una de sus clases, sobrino de Abel Carlevaro (uno de los guitarristas más importantes que dio Uruguay) le recomendó escuchar a Egberto Gismonti, un artista que cambiaría su concepción de la música.

“Un día me dijo: ‘Mirá que viene Gismonti al Teatro Solís. Sería interesante que lo vieras porque toca el piano y la guitarra”, le dijo su profesor. Además de la sugerencia, le prestó tres de sus discos: Mágico (1979), Circense (1980) y Em Família (1981). “Me voló la cabeza”, dice el pianista con entusiasmo, recreando aquel momento de descubrimiento. “Apagaba las luces de mi casa y me tiraba al piso a escucharlo. Era un viaje”.

Cuando fue a verlo al Teatro Solís terminó de confirmar el valor del músico brasileño. “En el momento en que tocó el Fa# de ‘Maracatú’, dije: ‘Wow, de esto se trata”. Para Michelin, el lado emocional y la sinceridad de Gismonti es “un norte” que trata de transmitir a sus alumnos.

Otro de los momentos que definió lo que sería su carrera como músico se dio en su casa paterna. “Yo estaba metido con el jazz y mi padre compraba el diario La Nación”, relata. Un día, mientras el pianista pasaba por el comedor de su casa, vio que había quedado abierta una página con el aviso “Berklee en Argentina. “O era un mensaje del más allá o mi padre lo dejó ahí”, dice con una carcajada. Así, juntó sus ahorros y viajó a Buenos Aires. Mientras se perfeccionaba, mandaba correos para estudiar en Berklee de Boston. Cuando lo aceptaron viajó para encontrase con un ambiente donde “podía hablar de música e intercambiar conceptos, las 24 horas y los siete días de la semana”. Más adelante estudió con Charlie Banacos para terminar de formar su personalidad. “A partir de ese momento me di cuenta de que podía tocar todo lo que quería”.

Uruguay sigue presente en su vida. “Hace un tiempo me contactaron para dar una clase a unos alumnos que iban a pasar un semestre en Uruguay. Estuve una hora y media hablando sobre cómo nos apoderamos de momentos como el Maracanazo, la Batalla de las Piedras y hasta la Tragedia de los Andes. Es como que nos sobreponemos a todo”, dice. “Ese lado siempre va a estar en mí, y aunque pasé la mitad de mi vida allá, lo sigo teniendo como patrimonio”.

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