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Los Fernández: un lazo eterno de sangre y rock

Son tres los hermanos Fernández, los que cumplen a rajatabla la ley primera de permanecer unidos. Se criaron juntos como chicos de Pocitos, abandonaron el hogar paternal cada uno a su tiempo para tomar distancia, y ahora viven todos juntos en Malvín, "en el mismo complejo", como les gusta decir.

Son tres los Fernández: el mayor, Orlando, es bajista de Buitres y voz de Sibyla Vaine; el del medio, Alejandro, devenido en Pedro Dalton, es la particular voz de Buenos Muchachos; y el más chico, Marcelo, es el guitarrista de los Buenos. Esta noche y mañana los tres compartirán escenario en La Trastienda.

"Imaginate tres engendros metidos en un apartamento de un octavo piso en Benito Blanco y Bulevar España. La típica: como perros de azotea, todo el día ladrándole a la nada", le dice Pedro a El País cuando piensa en su infancia, instalado en el espacioso jardín de la casa donde vivía Gustavo "Topo" Antuña, en cuyo garaje Buenos Muchachos se gestó en 1991 y donde hoy sigue ensayando.

El primer recuerdo de Orlando es distinto. Tiene que ver con una bola de espejos que improvisaron pegándole vidrios a una pelota de plástico con la que se metían en un cuarto a oscuras, iluminaban con lámparas y le dejaban al benjamín de la familia la engorrosa tarea de hacerla girar. "Y jugábamos a enganchar música". Música es la palabra que los marca a los tres, que los une más allá de la hermandad, que los alimenta.

Los primeros sonidos tienen que ver con su padre, quien tocaba el clarinete y el saxo tenor; sin embargo, Marcelo tiene bien claro que el acercamiento inicial a un instrumento fue con una guitarra que tenía su madre. Los sonidos se relacionan, además, a películas como Cría cuervos o El padrino, a un disco de Pepitito Marrone (de "chistes verdes"), de Leonardo Favio y de Piero; y un poquito más adelante a Fiebre de sábado por la noche y ABBA: el gran show; los hermanos no se ponen de acuerdo en cuál vieron primero.

El rock and roll irrumpió en la adolescencia de Orlando y Pedro gracias a sus amigos, y a Marcelo todo se le hizo más fácil porque pudo conocer el mágico universo de las guitarras eléctricas sin mayores esfuerzos. "Me había hecho muy amigo de Vicente Martín y ellos tenían muchos discos que no se podían tocar, porque eran inconseguibles. Entonces le dije a su hermano Pablo que me hiciera una muestra general para yo poder elegir y grabarme discos completos. Yo estaba acostumbrado a las ensaladas de hits y eso era todo lo contrario", recuerda Pedro. Entre esos tesoros estaban el Never mind the bollocks de los Sex Pistols y un disco solista de Sid Vicious.

La dinámica era siempre la misma: alguien volvía del exterior (ser de Pocitos les daba el beneficio de tener amigos que podían viajar), se juntaban en un cuarto a escuchar los discos que traía y se los grababan todos. "Tenía algo fascinante que era eso de la conquista", evoca Pedro. Las pequeñas disquerías afloraron luego, y la época de los boliches la vivieron de la mano del rock nacional.

Cuando empezaron a salir eran fieles seguidores de Los Estómagos, banda que marcó a Marcelo: "ellos tocaron en Lazy Ranch y ese fue mi primer concierto. Me llevaron de canuto y estaba cagado por la policía, porque era re chico. Pero aluciné". Para ese entonces, Orlando recién iniciaba su primer proyecto, Estados Alterados, con el que nunca tocó en vivo. Luego pasó por Exilio Psíquico y La Tabaré, se fue a España y cuando volvió, en 2004, se integró a los Buitres. Era algo provisorio, pero no se fue más.

Sibyla Vaine, dice, ya había nacido para esa época. Antes de viajar a Europa, el mayor de los Fernández había grabado un demo que incluía "Milagros", canción pensada para la voz de Pedro y hoy parte del repertorio de los Buenos. Luego quedó en stand by hasta 2009, cuando el buitre Nicolás Souto escuchó las canciones y se ofreció como baterista para darle forma al proyecto que hoy y mañana abrirá las noches de La Trastienda. "No, van a abrir ellos; yo soy el mayor", bromea Orlando, y Marcelo retruca: "ustedes van a sonar un poco más bajo. ¿te dije?". Y se ríen, todo el tiempo.

La historia de Buenos Muchachos es un poco más conocida. En 1991 empezaron a juntarse en ese mismo garaje del Topo donde ensayan hasta hoy, (hay dibujos de Pedro por todos lados y pizarrones con anotaciones) para matar el aburrimiento. "Era compañero de clase del Foto Club del Topo y empecé a venir los domingos a boludear, a fumar porro y a estar tranquilos", cuenta Pedro. "Un día estaba el Rafa (Clavere) y nos pusimos a chivear con la guitarra criolla, yo me mandé unos gritos, Rafa le pegó a unos tarros con unos pinceles y nos cagamos de risa. Ponele que al tercer domingo dijimos: vamos a sacar hora en una sala para que suene —me acuerdo que fue en la de Níquel—, y ahí arrancó Buenos Muchachos". Consolidados, más de 20 años después, se ríen de la palabra "profesionalización" aunque entienden que han mejorado siempre en todo lo que han podido; "lento pero constante", aporta Marcelo.

Los Fernández dicen tener "una relación normal", con algunas peleas por cosas "menos importantes" que la música y con goce por poder compartir todo, hasta la pileta en el verano donde disfrutan con sus familias completas, en el "complejo" que habitan en Malvín a fuerza de costumbre de "vivir amontonados". Fumadores los tres, aunque de distintas marcas de cigarrillos, se ríen mucho pero no se abrazan "ni en pedo". Músicos los tres, el escenario los reunirá en La Trastienda para hacer lo que les gusta, reencontarse con su público una vez más y darle más fotos al álbum familiar. Ante todo son hermanos, los tres.

"Canciones de ayer, de hoy y de siempre".


Así define Pedro Dalton, con ironía, los shows que los Buenos Muchachos darán hoy y mañana en La Trastienda desde las 20:30 (abre Sibyla Vaine), y en los que aprovecharán a mostrar canciones de un disco del que ya tienen grabadas las bases y que esperan lanzar antes de fin de año. "Vamos a hacer un puñadito de canciones nuevas para tantearlos y tantearnos", comenta Marcelo, quien está "re contento" con este próximo trabajo que se hizo de manera atípica para las costumbres de la banda, ya que lo grabaron todos los integrantes juntos y que todavía no cuenta con un nombre, más allá de las tentativas manejadas. El estar trabajando en ese álbum, el séptimo en la historia de los Buenos, hace que pensar un concierto distinto les cueste, según admiten. "Por eso vamos a mandar un set pequeño de temas nuevos y después un set divertido y tranquilo, de clásicos", resume Marcelo. Las entradas se venden en Red UTS.

LOS HERMANOS FERNÁNDEZ, UNO A UNO


Marcelo.


Pasaba las noches tocando la guitarra. Sus hermanos mayores no lo ayudaban; por el contrario, dice que querían serrucharle el piso. Hoy hace música para documentales y obras de teatro, e integra Buenos Muchachos, Los Daltons y Ojos del cielo.

Pedro.


Dibujaba entre las 00:00 y las 5:00 de la mañana, en Pocitos o en el depósito de la boutique de su padre en el Centro, donde vivió durante años. Integra Buenos Muchachos, Los Daltons y Chillan las bestias.

Orlando.


Le compró su primer bajo a Vicente Martín, el amigo de Pedro. Fue miembro de Cadáveres Ilustres, Exilio Psíquico y La Tabaré; hoy reparte su tiempo entre Buitres, Sibyla Vaine y su propio estudio de grabación.

De niños de Pocitos a rockeros de Malvín.


Se criaron en el corazón de Pocitos y juntos la pasaron muy bien, porque eran lo suficientemente creativos como para sacarle provecho a un espacio bastante reducido para tres niños enérgicos. Sus padres fomentaban su creatividad pero no que rompieran vidrios; eran buenos, pero bastante revoltosos. La música la descubrieron y la practicaron un poco juntos, un poco separados; Pedro se fue del apartamento familiar a los 17 años, Orlando cuando promediaba los 20 y Marcelo bastante más grande, con 26.

Con el tiempo construyeron caminos que terminaron desembocando en Malvín, barrio que los fue refugiando de a uno hasta que terminó de reunirlos, como al principio.

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