Música

Un extraño supergrupo que quiere divertirse y provocar

Azafatas del Amor editó su primer disco, una mezcla de plena y punk

Azafatas del amor
Banda. De izq. a der., Michel Illa, J. Pablo Granito, Santiago Filgueira, Sebastián Balta y Diego Medina.

Azafatas del Amor es una de las grandes rarezas que ha dado la música uruguaya. Es una especie de supergrupo del punk local, con un repertorio extrañísimo que tiene base en canciones de la plena y la música tropical local, pero obvio, en clave de punk. Y es uno de los últimos fichajes del sello Bizarro, lo que de alguna manera viene a darle validez a un proyecto que cualquiera podría no tomarse demasiado en serio.

Porque, se sabe, hay cierto conservadurismo en el rock uruguayo, y se tiende a mirar mal al rockero que se codea con la música tropical. Antecedentes hay y están cerca: a Ruben Rada se lo criticó por grabar con la estrella de la cumbia pop Camila Rajchman, y Tabaré Rivero supo cruzarse con Santiago Tavella del Cuarteto de Nos y con Emiliano Brancciari de No Te Va Gustar, por las “incursiones” de estos dos con la mal llamada cumbia.

Pero, y eso también se sabe, el punk también ha cargado con su propio prejuicio, con su propio estigma. La combinación de Azafatas del Amor es, al final, toda una provocación.

“Al principio teníamos esa idea de recuperar lo que se nos robó, conquistar ese terreno”, dice el guitarrista Michel Illa en charla con El País, en referencia a que históricamente, la música tropical se ha nutrido más del rock y otros géneros que viceversa. “Pero en esa energía nos encontramos con que había todo un territorio que no habíamos explorado y estaba buenísimo, y descubrimos un montón de músicas”, añade.

Pero si bien en la región hay varias bandas que han hecho carrera llevando canciones del rock y el pop a ritmos más tropicales (Mala Tuya y Agapornis son dos ejemplos muy reconocibles), hay antecedentes a nivel mundial de grupos que han hecho lo inverso. Illa cita a Me First and the Gimme Gimmes, que incluye a integrantes de No FX o Foo Fighters entre otros, y se dedica a hacer discos temáticos en los que reinterpreta distintos estilos, desde el country a la música de divas.

“Lo que hicimos fue tomar lo que para nosotros era nuestro cancionero tropical, lo más representativo, tratando de ser lo más amplios en el tiempo”, dice el guitarrista, justificando la elección del repertorio que está plasmado en un primer disco, Aerolíneas del amor, ya disponible en plataformas digitales. El álbum fue un ejercicio de descubrimiento del talento y el mérito que hay detrás de unas canciones muy integradas al cancionero nacional, y un esfuerzo: al cantante Diego Medina, vocalmente, lo hicieron pasar por todos los registros.

“Sufrí cuando tuve que cantar ‘Llamame más temprano’”, admite en charla con El País, “porque lo canta una mujer y decidimos hacerlo en el mismo registro. Pero para mí, el mérito más grande es el de ellos”, en referencia al trabajo de sus compañeros de banda. “Porque yo hice lo mismo, agarré lo que ya había hecho otro e hice hasta el mismo tono, pero del lado de ellos tuvo que haber una transformación”, agrega.

“Y la banda es bizarra, pero la realización de los temas se hizo desde el respeto”, afirma Medina sobre ese trabajo de reconstrucción punk.

Entusiasmados por la devolución de los intérpretes o responsables de las canciones incluidas en Aerolíneas del amor (desde “Polvo de estrellas” hasta “Loquita” de Márama), la banda busca ahora trascender el circuito de fiestas privadas y llegar a un público real, para conquistar un espacio, pero con ese mismo espíritu festivo, “bizarrito”, que los caracteriza.

“Me gusta pensar que tenemos dos motores fuertes en la banda: la diversión y la provocación”, dice Illa sobre una banda que surgió de la parte rítmica de El Último de los Ramones, y que ahora combina a integrantes de Trotsky Vengarán y Agente 86 (Juan Pablo Granito, Illa), a Sebastián Balta que toca en varios proyectos de la escena, y a un Punkzer (Santiago Filgueira). La estrella de la banda es, sin embargo, un niño de seis años: Fran, el hijo de Illa, que todo lo canaliza hacia la música porque “juega a la música”, dice su padre. Tener a un niño rockeando en el escenario es, también, diversión y un poco de provocación. La juventud siempre estuvo perdida.

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