ACÁ Y ALLÁ

La eterna guerra de los géneros

Pasa el tiempo, cambian las modas y la cuestión sigue siendo la misma: si estar de un lado o del otro, cada vez en espacios más reducidos.

Si es el pop o el rock, si es el rock clásico o el alternativo, si es el alternativo del mainstream o el del under, si dentro del under es el indie más experimental o hippie, y así sucesivamente hasta reducirnos a una u otra baldosa. El gusto sectorizado al extremo nos lleva a limitarnos a lugares, a opiniones, a experiencias, como si no se pudiera disfrutar de un punk pero también de una canción fogonera y además de alguna cosa de esas que no se clasifican.

Y el rock se ha convertido en un campo de batalla cada vez más enlodado, porque para defender su propio valor, para enaltecer su propio ego, ha salpicado barro contaminándolo todo, incluso a sí mismo. Que muchos rockeros hayan dejado de creer, que el rock se haya vuelto una etiqueta que se usa a diestra y siniestra porque si no hay que desaparecerla, entristece.

Pero esa lucha interna también tiene su factor externo, el enemigo gigante que anda dando vueltas "amenazando", muy entre comillas, vaya a saber uno qué. ¿Porque cuál es el asunto de fondo con la cumbia? ¿Qué molesta tanto? ¿Que sea un negocio más redituable? ¿Que mueva más gente? ¿Que soporte y siga en pie?

La cumbia (lo que acá llamamos cumbia) "es fea, huele mal, no representa, no vale ni si es cheta ni si es plena ni si es villera. Mucho menos si es villera, porque como si fuera poco, esa deformación viene de Argentina y mejor no prestar atención". Así de llana se vuelve a veces la lucha, así de irracional. Un día al año está bien, cuando una radio no cumbiera la programa y la hace válida porque claro, es tirar la chancleta, es olvidar el prejuicio. Y después de vuelta a dar la espalda por una única razón: una cuestión de gustos, esa que si genera violencia en el fútbol está mal pero que si es en un terreno musical vale todo.

"Sabe, el rock, que la cumbia se la puso. Y por eso se retuerce y la discute", escribió el cronista argentino Alejandro Seselovsky a propósito de Gilda, no me arrepiento de este amor y la consagración de una música popular en el cine. "Pobre, el rock. Mi vida el rock", dice Seselovsky. Y sí, pobre el rock.

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