ANTES DEL SHOW EN EL GALPÓN

Entrevista a Adriana Varela: "Me gusta la palabra 'hembra' en un sentido salvaje"

La tanguera argentina estará el viernes en El Galpón, y por eso conversó con El País sobre Jaime Roos, las mujeres que la inspiran, el cine y más

La cantante argentina Adriana Varela, 2019. Foto: Leonardo Mainé
La cantante argentina Adriana Varela, 2019. Foto: Leonardo Mainé

Adriana Varela habla rápido y con claridad, como si supiera lo que tiene que decir, como si las anécdotas y las opiniones y los hechos estuvieran perfectamente ordenados en su mente. Dice que la entusiasma venir a cantar a un lugar con tanta mística como el Teatro El Galpón, que no conoce y donde se presentará por primera vez este viernes a las 21.00 (entradas en Tickantel), y que viene en formato trío de guitarra, piano y bandoneón.

“Cuento siempre esto porque lo amerita”, dice en charla con El País. “Yo viajaba por todo el mundo con un quinteto, un quinteto groso, pero una vez Jaime (Roos) me dijo: ‘Vos tenés que hacer power trío, nena, porque vos fraseás, los chicos también’. Entonces le hice caso, los del quinteto entendieron, pero es así, porque yo fraseo; es como decirte al estilo del jazz, en el concepto y la improvisación. Eso voy a llevar al show: tango, Fito —porque el último disco es de rock—, Cerati, Jaime obviamente y Joaquín (Sabina), y algo de Serrat, también”.

—¿Te quedaste conforme con ese disco de rock, Avellaneda?

—Absolutamente, me parece un disco finísimo, y lo digo porque no me lo produje yo, me lo produjo mi hijo Rafael que es un gran productor artístico, y me coacheó mi hija Julia, que es profesora de canto. Porque el tango tiene una actitud física, postural, rítmica, muy tensa, porque lo exige. No podés, cantar, qué sé yo, “Muchachos…” (canta lánguidamente). Entonces yo que empecé cantando rock, urbano, no Janis Joplin sino argentino, al revés de eso que te digo, el rock tiene esta cosa más laxa y más permisiva, en el sentido de que podés pifiar. No pifié, pero digo, estoy más relajada cantando rock. Ya lo van a ver.

—¿Te desafío eso en el estudio?

—Ah, no, ¡tenía un cagazo tremendo! Porque en realidad hace años, años que me los canto en mi casa, pero en el estudio y con semejantes músicos… Cantó Fito, cantó Mollo, cantó Pedro (Aznar), y entre los músicos te puedo nombrar a Gustavo Montemurro, Hernán Jacinto, Mariano Otero, gente joven que suena como grandes maestros. Y en el escenario me costó un huevo. Hicimos tres presentaciones, y me costó más. Pero hay que curtirse.

—Tu historia ha quedado muy ligada a figuras masculinas de peso. ¿Quiénes son las mujeres de tu vida?

—Mi madre, que me ha marcado y castrado mucho, en el sentido de que no quería que yo cantara. Ella ya me había aceptado casada con un jugador de tenis, que viajaba por todo el mundo a los Grand Slam, y como fonoaudióloga, o sea que estaba hecha. Cuando me pongo a cantar tango, que además en mi casa no se escuchaba —papá escuchaba blues, jazz, y mamá escuchaba Piaf, Brel, boleros—, dijeron: “bueno, esta chica se separó y se brotó. ¡Y tango!”. Finalmente fue maravilloso todo lo que sintieron después, pero yo hice todo lo que mi madre no quería, si no hoy sería un potus. Igual, divina, hoy estamos muy bien.

"Hice todo lo que mi madre no quería, si no hoy sería un potus. Igual, divina, hoy estamos muy bien"

Adriana VarelaCantante

—¿Y por fuera de tu familia?

—Nelly Omar, que tenía una cosa que yo odiaba (se ríe), que iba a las radios y a la tevé y hablaba de mí, solamente y decía: “La única persona que me gusta como canta tango es Adriana Varela”. Yo decía: bueno, me van a clavar las agujas en la foto, ¿viste? Hablaba mucho con mi vieja ella, una mina brillante, hermosa. Elis Regina me marcó estéticamente, me rompe la cabeza. (Piensa) Eva Perón, Cristina Kirchner, son gente que me hipnotiza en personalidad, en la postura no de cojones: de ovarios. A mí me gusta la palabra “hembra” en un sentido salvaje. Cuando la mujer pela algo salvaje le dicen: “Ah, es fálica”. ¡No es fálica! Mirate una jungla y mirá lo que hace una leona con su cría.

—¿Siempre te llevaste bien con esto de ser “La Gata”?

—Me encanta, porque aparte la canción es una tomografía computada mía. Cacho (Castaña) me pidió permiso, “¿querés que cambie algo?”, y le dije: no cambies nada, es perfecta. Muchos me llaman La Gata; casi todos, los hombres sobre todo. Algunos me dicen Adri, otros Adriana, y no sé cómo me llamarás vos.

—Para mí sos La Varela. Pero te preguntaba lo de La Gata porque tiene que ver mucho con la sensualidad…

—(Interrumpe) Si vos escuchás a Sabina, habla mucho de los gatos en sus letras, y cuando yo le mostré “La Gata” se enojó, se enculó (se ríe), y dijo: (imita el acento) “¡Pero la tendría que haber escrito yo esa canción!”. Pasa que yo de chiquita soy igual; no tendría tetas, no sé, pero la sensualidad es algo que tiene que ver con los sentidos manifiestos, y manifestar los sentidos inconscientemente es una característica mía. 

—¿Cómo es hoy tu relación con Jaime?

—Hermana rioplatense. Mi hermano uruguayo es él, mis hijos cuando venían a Montevideo paraban en su casa. Es re familia. Él venía a casa, le preguntaba qué quería comer y me decía: “Bueno, las milanesas que hace Ramona, con el puré que hace Ramona” y así. Mis hijos están desesperados (por su vuelta), ellos necesitan escucharlo. Julia siempre le dice: “Jaime, necesito tu música”.

—¿Te pasa de necesitar la música como algo vital?

—Me pasó siempre, aunque desde que empecé a cantar profesionalmente, no tanto. Me captura más el cine, pero no ir al cine, ni en pedo. Me gusta el cine bueno, qué sé yo. A mí cuando me dicen Rocky, yo no la vi, pero no la vería. A mí me gusta mucho Fellini, Win Wenders, Coppola a morir, Saura, Scorsese, Ridley Scott sobre todo las primeras. Y después soy fanática adicta a las películas de terror. Que hay cada cagada que no veas; yo busco y busco y siempre me quedo con El exorcista, algún Drácula que no sea el de Coppola que es romántico maravilloso. Lo que pasa que Chicho Serrador, que era el hijo de Ibáñez Menta, decía en un prólogo de un libro de Poe: “El miedo es lo único que nos remite a la niñez, y que nos levanta, aunque sea cinco centímetros del piso”. Eso me pasa.

—¿A qué le tenés miedo?

—Al dolor, fundamentalmente al dolor emotivo, pero al físico también. Aunque soy más resistente al dolor físico que al otro. Y después, no sé… A la boludez le tengo mucho miedo. No a la mía. Y este momento es tremendo. Es la era del vacío, como dice Lipovetzky.

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