Mi propia discoteca

Entrando al mundo de los Rolling Stones por el lado menos prestigioso

Cómo un disco sin tapas y rayado comprado en la feria de Tristán Narvaja puede maravillar a un adolescente

Rolling Stones (vieja)
Los Rolling Stones en 1968. Foto: Archivo

Algunos habrán descubierto la música de The Rolling Stones por “Start Me Up”, otros por “(I Can’t Get No) Satisfaction”. Yo los conocí por el disco Stone Age. Cuando tenía 14 años, empecé a comprar vinilos en Tristán Narvaja y uno de los primeros fue esta recopilación de 12 canciones grabadas entre 1963 y 1966. El álbum, editado en 1971, fue rápidamente repudiado por el grupo: su exdiscográfica lo editó sin su consentimiento y lo lanzó con una portada horrible. Pero cuando lo elegí aquella mañana de domingo no tenía idea: me interesó el título y lo compré por 30 pesos. No tenía tapa y venía con rayaduras.

Mientras escribo, el vinilo vuelve a girar en el tocadiscos de mi cuarto. Pasan “Look What You've Done”, “The Spider & The Fly”, “Confessin’ The Blues” y “One More Try”, cuatro canciones que muestran lo mejor de la etapa blusera de la banda. Allí brillan la armónica y la voz de Jagger, ambas agresivas y arrogantes. El sonido a fritura del disco le añade encanto: recuerda a esas grabaciones de baja fidelidad de leyendas del blues como Leadbelly y Robert Johnson.

En la cara B del vinilo está lo que me sedujo de la banda. La primera vez que escuché la cítara de “Paint It Black” me dejé llevar por ese ambiente oscuro que descríbe la letra. Algo similar me pasó con “If You Need Me”, un soul con largos acordes de órgano y un canto insistente de Jagger, y con “The Last Time”, construido sobre un repetitivo e irresistible riff de guitarra de Brian Jones. Cuando compré Stone Age, pasé semanas desentrañándolo . Luego llegarían Let It Bleed, Beggars Banquet y Between the Buttons, tres discos que terminarían de consolidar mi amor por los Stones.

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