Don Osvaldo, la banda post Callejeros, llenó dos veces el Teatro de Verano

El encanto de la universidad de la calle que dejó su huella

El fenómeno que ha generado es, por lo menos, raro. Don Osvaldo tiene un buen despliegue sobre el escenario que incluye batería, teclados, saxo, dos guitarras, bajo, violín y percusión innecesaria, porque lejos de aportarle a los temas parece enrarecerlos. Tiene eso y poco más.

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Don Osvaldo, continuación de Callejeros, se presentó por primera vez en Uruguay.

Patricio Fontanet se pasea sobre el escenario del Teatro de Verano con un jogging que se le cae y tiene que levantarse, habla poco y se emociona bastante, toma cerveza y no se parece en nada a un rockero. Pero no importa.

Los que se aprietan contra las vallas no necesitan nada de eso para llorar, para mirar al de al lado comprobando que no están soñando, para mezclar banderas de Nacional y Peñarol y para hundirse bajo una bandera argentina que corre de un lado a otro. Ninguno de los que hicieron miles de kilómetros para venir desde Mendoza ni ninguno de los uruguayos que se arriesgaron a gastar 1400 pesos en entradas (las del sábado valían 600 y las del domingo 800) requieren más que lo que están viendo: una banda de perfil bajo y significancia alta, que carga con el enorme peso de haber sido considerada responsable, y luego absuelta, por el incendio ocurrido en el boliche República Cromañón el 30 de diciembre de 2004, que terminó con 194 fallecidos.

Don Osvaldo fue complaciente y no prolongó la espera. Un artista callejero de Colombia tocando un steel drum y una secuencia de imágenes de planetas fue la única introducción que necesitó para salir a escena y ser recibido por una ovación que se repitió durante dos noches, y que como respuesta tuvo "Parte menor" el sábado y "La llave" el domingo.

Para quienes reincidieron, el segundo fue el mejor show. Los músicos tuvieron un rendimiento impecable, sobre todo Gabriel Gerez en teclados, Leopoldo Janin en saxo, Luis Lamas en batería y Álvaro Puentes en guitarra, y Fontanet entonó un repertorio representativo de Callejeros, que fue cuidadosamente diseñado para diferenciarse entre una y otra presentación. Por ejemplo, en su última noche, a diferencia de la anterior, prescindieron de sus hits "Prohibido" y "Creo" e incluyeron "9 de Julio" y "El nudo".

Los recitales tuvieron una participación clave de las imágenes proyectadas en la pantalla, desde una leyenda sobre fondo negro que solo decía "Absolución a Callejeros" hasta las protagonizadas por Fernando De La Rúa, Carlos Menem y otros políticos cuando sonaban "Acordate" o "No volvieron más". La que más peso cobró fue la que mostró a Estela De Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, respaldando a la banda entendiendo que "el que hace música no mata".

Embanderados en una causa que sigue abierta, los concurrentes manifestaron todo su respaldo a Don Osvaldo, prolongación de Callejeros y alumno de la escuela de Los Redondos, contagiándose de la emoción que transmitió Fontanet cuando intentó explicar lo que significaba para ellos haber llegado a Montevideo después de 20 años de ensayo y estallando en "Si querés que sea yo", cuyos versos hablan de un padecimiento que solo encuentra su compensación en el rock.

El efecto que Callejeros causa en el público es conmovedor. Sus temas son entonados como himnos que obligan a la masa a moverse, a alzar sus brazos al cielo, a celebrar y aplaudir para recompensar una espera mutua. Cuando termina el show y ya todos reventaron sus gargantas gritando que suena Don Osvaldo y lo llevan tatuado detrás del corazón, como dice "Suerte", los músicos se saludan entre sí, se abrazan efusivamente, y también festejan.

Todos ellos son buenos en lo que hacen, pero Callejeros no está ni cerca de ser la mejor banda de rocanrol del mundo como la eufórica multitud canta. Sin embargo, a la procesión absorta que se aleja del Teatro de Verano cuando pasaron más de dos horas y media desde aquel comienzo que ya se siente tan lejano, nada de eso se le pasa por la mente. Solo le pasan la emoción y las canciones.

La vigencia del rock barrial y su eterno romance con la hinchada.

Don Osvaldo agotó las entradas de la primera función en una semana de venta, y agregó una segunda que por poco no tuvo entradas agotadas. En el público que concurrió durante el fin de semana, como pasaba con Los Redondos (ahora con el Indio Solari) o con La Renga, fenómeno que en Uruguay se relaciona con La Vela Puerca, predominaron las indumentarias deportivas. Banderas de clubes de fútbol y básquetbol, camisetas, gorros y hasta canciones de hinchada fueron entonadas una y otra vez por los fanáticos de un grupo que le canta en "Callejero de Boedo" a San Lorenzo. Las bandas de amigos que reivindican al pueblo y se basan en las historias de barrio han aportando ritmos a las hinchadas de los clubes durante años y Callejeros no fue la excepción, sumando adeptos que suelen comportarse como barras en cuanto a aliento constante y apoyo incondicional. Durante el show del domingo, sobre uno de los equipos que estaban en el escenario convivieron pacíficamente un "trapo" de Nacional y otro de Peñarol, acomodados por los propios músicos que, conscientes de la histórica rivalidad, enviaron un mensaje de respeto.

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