En “Shadows in the night”, su nuevo disco, rehace canciones de Sinatra

Dylan: Elegante viaje hacia el ayer

Hay que prestar atención. Porque si no, el disco puede terminarse antes de que uno se de cuenta. Con 35 minutos de duración, el último trabajo de Bob Dylan es uno de esos discos que en épocas de sobreabundancia musical llama la atención por su austeridad y humildad.

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Foto: Difusión. 

Tal vez por eso es que uno de sus antiguos productores —el canadiense Daniel Lanois— adelantó en una entrevista para el diario Vancouver Times que es muy probable que haya un Shadows in the night II. "Bob ha hecho dos discos de esto".

La relativamente corta duración del disco, sin embargo, es engañosa. Como casi todo en torno a Dylan, un músico que ha hecho del misterio y las apariencias una de sus principales armas, en particular en los últimos años de su trayectoria.

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Antes de seguir: hay que aclarar que "engañoso" en este caso tiene pretensión de elogio. Como, por ejemplo, cuando un mago nos sorprende luego de un muy bien ejecutado truco. En esos 35 minutos, Dylan deja muchas pistas para que sus seguidores —o cualquier espíritu curioso— descifren.

Cuando Dylan publicó el audio de "Full moon and empty arms" en internet como adelanto del álbum —que llegó en estos días a las disquerías uruguayas— poco hacía imaginar que todo el disco estaría dedicado a composiciones ajenas. ¿Justo él, epítome del concepto de autor en el rock, haciendo únicamente canciones de otros? Parecía, sino imposible, inverosímil. El único antecedente, en su propia obra, era el disco de villancicos que editó en 2009, Christmas in the heart, que hasta los más acérrimos dylanianos pasan por alto.

Como ya se sabe, no es que Dylan se haya ido por las ramas en su exploración de repertorios ajenos, por más que haya 22 autores acreditados en las canciones de Shadows in the night, entre ellos Serguei Rachmaninov. El espectro de Frank Sinatra —que en una o más oportunidades grabó estas canciones— recorre todo el álbum.

Pero Dylan —sin negar la presencia de Sinatra, algo imposible, claro—, se desmarcó del concepto "álbum de covers".

Jugando con la palabra "cover" (que en inglés se usa tanto para "versión" como para "cubrir") Dylan dijo: "Estas canciones ya fueron lo suficientemente cubiertas. De hecho, hasta enterradas fueron. Lo que yo y mi banda hemos hecho es descubrirlas. Sacarlas de la tumba y llevarlas a la luz del día".

En parte, tiene razón. Pero es difícil aceptar la frase "luz de día" para un disco tan crepuscular. O directamente nocturno. Enmarcadas por arreglos minuciosamente sutiles y recatados, estas canciones protestarían —y con razón— si son escuchadas en un celular mientras vamos o volvemos del trabajo entre ruido de motores y bocinas. O entre gente que hace cola en el supermercado apurada por llegar a su casa.

Es mejor esperar el ascenso de la luna y el descenso del ajetreo cotidiano para empezar a conocer estas canciones. O para reconocerlas luego de mucho tiempo sin verlas.

No es extraño que la mente vaya vagando hacia imágenes de películas cuando suena Shadows in the night. Ahí, entre la oscuridad y las sombras que se proyectan en las paredes del cine, cuando estamos absortos y en silencio siguiendo trama y personajes, es que estas melodías están más a gusto.

Ahí, además, aparecen también todos los pliegues de la gastada garganta del protagonista, que en este disco demuestra que "aprendió" a cantar. O simplemente decidió que ya había hecho suficientes discos en los que no se le entendía lo que decía. Porque en este disco Dylan articula las letras de las canciones como los más consumados crooners, probablemente como un auténtica —y lograda— reverencia a Sinatra y a toda una tradición musical de su país.

Aunque en algunas partes el tiempo y tabaco marquen una presencia imposible de eludir, la voz de Dylan dibuja en el aire frases que cualquiera con un mínimo de inglés puede entender. Esta vez, Dylan eligió un repertorio poético que descarta lo barroco o extravagante: estas letras son tan llanas en su sintaxis y gramática, como profundas en sus implicancias y significados.

Hasta el orden de las canciones parece cuidadosamente meditado. Desde el arranque ("Im a fool to want you") con un personaje que se impone con una ronca autoridad, hasta el final ("That lucky old sun"), con una voz que se despide en medio de una frágil y esplendorosa melancolía, Dylan va contando una historia sobre una época que él mismo contribuyó a enterrar con su irreverente genio juvenil, y que acá revive por un instante en sus ajadas cuerdas vocales.

Cuando termina el disco, esa época vuelve a las sombras y solo reaparecerá cuando Dylan vuelva a cantarla. Acá no hay trucos de producción que anclen las melodías en la memoria.

Ese es otro de los desafíos de un disco anacrónico que va en la dirección opuesta al consuelo de lo cómodo y repetitivo y que solo encaja en el presente cuando éste acepta, aunque solo sea durante 35 minutos, ponerse el traje del pasado.

Datos triviales sobre un disco atípico.

La canción que abre el álbum, Im a fool to want you, fue grabada por Frank Sinatra por primera vez en 1951 y luego en 1957. El mismo tema también fue grabado por Billie Holliday, Chet Baker, Tom Jones y Elvis Costello, entre otros.

Stay with me, tercer tema del disco, fue parte de la banda sonora de la película El cardenal (1963), dirigida por Otto Preminger y con —entre otros— Burgess Meredith y John Huston en el elenco.

Where are you? es uno de los cuatro temas de este disco que provienen del mismo disco de Frank Sinatra, también llamado así y publicado en 1957. De ahí también provienen The night we called it a day,Autum leaves y Im a fool to want you.

El programa perdido de "theme time radio hour".

Entre 2006 y 2009, Bob Dylan fue conductor del programa "Theme time radio hour", que se emitía por la estación de radio satelital Sirius (y que los fanáticos conseguían muy poco tiempo después de transmitido el programa en internet). Ahí, Dylan presentaba canciones que él aglutinaba en torno a ciertos ejes temáticos, siempre expresados en una palabra o una breve frase. Las más de las veces se trataba de canciones añejas, que revelaban varias de las preferencias musicales del conductor, y que con Shadows in the night en la mano, también lo iluminan. En total, Dylan grabó cien programas en esos tres años. Pero, como siempre cuando se trata de este personaje, hay una yapa. La BBC subió hace unos días a su web un programa "perdido", llegando así a los 101 episodios de Theme time radio hour. El programa es una suerte de "Lado b" del que en su momento dedicó al tema Beso, y abarca 30 canciones, desde "Kiss", de Prince, a "Sombra que besa", del Trío Matamoros y Los Guaracheros de Oriente, pasando por temas de Mark Knopfler —co productor del álbum de Dylan Jokerman (1984)—, Miles Davis, The Everly Brothers, Louis Armstrong y muchos más. El programa aún puede escucharse en la web de la radio estatal británica, que anuncia en la página dedicada que lo mantendrá en línea hasta el 30 de este mes.

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