ENTREVISTA

Con Los Druidas, los nuevos compinches de Mandrake Wolf, que se van de gira

Salir a rockear con amigos, una fantasía que no envejece: de eso va esta charla con Federico Anastasiadis, Nacho Echeverría y Nacho Iturria

Mandrake y Los Druidas, 2019. Foto: Leonardo Mainé
Mandrake y Los Druidas, 2019. Foto: Leonardo Mainé

Son poco más de las cuatro de la tarde y alrededor de una mesa del bar Las Flores, todavía con los restos de un almuerzo tardío, lo que resuena entre el bullicio de fondo son términos como “frescura”, “naturalmente”, “amigos”, “inquietud”, y analogías futboleras sobre el trabajo en equipo. Los tres que las dicen están en la misma sintonía, porque hace más o menos tres años se convirtieron en Los Druidas, la nueva banda de Mandrake Wolf que, dicen, no sienten como “la banda de Mandrake”, sino como una banda de todos.

Nacho Iturria, Federico Anastasiadis y Nacho Echeverría son, desde 2016, los nuevos compinches de uno de los frontman más singulares de la música popular uruguaya. Tras décadas con Los Terapeutas y con una cantidad de escenarios recorridos en solitario, Alberto “Mandrake” Wolf necesitó cambiar su sonido para darle cuerpo a otro tipo de canciones, más crudas. Y reclutó a unos muchachos más jóvenes que él, que más o menos conocía de la vuelta, para ver qué pasaba.

La afinidad fue inmediata, el motor se puso en marcha, y lo que vino después fue todo éxito: shows de buena convocatoria, un disco debut abrazado de forma unánime por la prensa y el circuito rockero local, y varios premios Graffiti para consolidar el currículum.

El denominador común que apareció entre los cuatro fue una referencia madre del rock clásico, sobre todo de fines de los sesenta y principios de los setenta, y una forma libre de sentir la música. Pero lo que partió de ahí se convirtió rápidamente en otra cosa: en una amistad que se siente como de toda la vida, en una cosa, si se quiere, medio familiar.

“No sé, en el cumpleaños del Mandrake estábamos nosotros tres, los padres, el hijo y la mujer”, cuenta el baterista Federico Anastasiadis (Oro). “La gente te dice: ‘¿Y, el Mandrake, qué ficha, no? Qué personaje’. Y yo tengo amigos que son tan fichas como el Mandrake, o más: es tan ficha como cualquier otro. Lo que es, es cien por ciento auténtico. Y humanamente y musicalmente, el grupo está divino”.

Anastasiadis asegura que desde el arranque de Los Druidas hasta ahora, todo ha sido “tan natural” que lo siente “como cuando hice una banda con amigos, de adolescente. Con esa misma frescura”. Por eso, dice y sus compañeros asienten, “yo no creo que esté tocando en la banda de Mandrake: yo tengo una banda con Mandrake y otros amigos”.

Así como coinciden a la hora de resaltar la naturalidad y la frescura, que son dos de las características que resaltan de su disco debut —un disco que parece hecho por cuatro que vienen tocando juntos desde siempre, como si estuvieran predestinados a encontrarse—, también coinciden en el espacio de experimentación que Los Druidas le abrió a cada uno.

“Hay otra expresividad”, dice el bajista Nacho Echeverría (Buenos Muchachos), “y a tres años de haber empezado, y mirando el disco, esa energía que pusimos en generar un sonido de banda, está todavía en movimiento. Queremos seguir buscando hasta dónde va el sonido de la banda, y eso te hermana”.

La hermandad, la familiaridad y la espontaneidad de este grupo humano sumará, ahora, un nuevo capítulo, que también parece generarles una ilusión casi adolescente: una gira por el interior, que arranca mañana en el Teatro Politeama de Canelones (entradas en Red UTS). Los siguientes shows serán el jueves en el Macció de San José (Tickantel); el 25 en el Teatro 25 de Mayo de Rocha (Redtickets), y el 27 en Paysandú (Tickantel).

“La motivación de tocar es tan grande, que está buenísimo”, dice Iturria. “Es difícil hacer una gira, sí, pero acá la vamos a hacer y sobre todo vamos a hacer lo que nos gusta, que es estar juntos, y además tocando. Más no podemos pedir”.

“La expectativa de esta gira es llevar la música de la banda a lugares donde nunca estuvimos”, dice Anastasiadis, mientras que Echeverría opina que el público del interior está ávido por ver ciertas propuestas que suelen estar ceñidas a la capital. “Y hay un montón de gente a la que le gusta el blues y el rock”, resalta Iturria, “y además hay unos teatros que están alucinantes, lo que nos remotiva, porque no es tocar en un boliche a las dos de la mañana. Al show lo concebís diferente”.

“Y nos vamos con un loco que es el Mandrake”, dice Iturria, “y recomiendo no perdérselo. Porque nosotros somos amigos de él, lo consideramos uno más, pero abstraete y escuchá su música... Vale la pena”.

En eso también coinciden, en el entusiasmo de llevar por otro circuito estas canciones potentes y seductoras que se desmarcaron del repertorio de Los Terapeutas (nada de las otras facetas de Mandrake suena en estos shows), y que son más o menos un lineamiento de lo que vendrá. Los temas nuevos están saliendo, ya pensados sobre un sonido concreto que antes no estaba, y eso ilusiona. Pero antes hay que tocar, porque como afirma Echeverría, “una banda que no toca, no existe”.

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