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¿Cómo un director de orquesta venezolano se convirtió en la estrella musical del momento?

Gustavo Dudamel será el director musical de la Opera de París, además de seguir como director de la Orquesta Filarmónica de Los Angeles

Gustavo Dudamel. Foto: Reuters

Gustavo Dudamel ocupa una posición única en la música actual. Es buscado por las principales orquestas, incluidas la Filarmónica de Berlín y la Filarmónica de Viena. Apareció en un show del entretiempo del Super Bowl; fue el ícono clásico Trollzart en la película animada Trolls World Tour; es el director de la banda sonora de la próxima versión cinematográfica de West Side Story de Steven Spielberg; e inspiró a un protagonista de cabello desordenado en la serie de Amazon Mozart in the Jungle. En 2019, encima, recibió una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.

Y la semana pasada sumó uno de los empleos más buscados del mundo de la música: es el nuevo director musical de la Ópera de París. Por las próximas seis temporadas compaginará este cargo con el de jefe de la Filarmónica de Los Ángeles, institución que encabeza desde 2009.

Su nombre seguramente será un impulso para la Ópera de París, que, al igual que otras organizaciones artísticas, está estudiando con cautela la necesidad de atraer a su audiencia principal después de los largos cierres de la pandemia, al mismo tiempo que busca nuevos aficionados a la ópera. Magníficamente subsidiada por el gobierno francés, la compañía expandió su público en los últimos años, pero aún enfrenta la presión de debates turbulentos sobre representación racial o la relevancia de formas de arte clásicas tan costosas.

“Lo hago porque sé que puedo hacerlo”, dijo a El País español Dudamel, quien nació en Barquisimeto, Venezuela en 1981 y fue un alumno de El Sistema, el programa gratuito gubernamental que enseña música a niños, incluidos los de las áreas más pobres. “Es una oportunidad para mi desarrollo artístico, que será mucho más consistente, más completo. Sigo siendo joven, pero ya no es la juventud de los 20 años. Es un buen momento para asumir este reto”.

¿Una vida más tranquila? Así que partir de ahora Dudamel tendrá dos reinos, uno en cada continente, pero también una vida, dice, paradójicamente más tranquila.

“Serán viajes más largos, de dos o tres meses cada vez, y ya no una semana en cada ciudad. Como familia llevábamos tiempo buscando la estabilidad en los dos lados”, le dijo a El País español.

Aún no tiene casa en París, pero ya se puso a aprender francés, un idioma que “tiene su complejidad”, pero que este “negado para las lenguas” dice sentir “cercano”. Un incentivo para aprenderlo será la oportunidad de leer finalmente uno de sus libros favoritos, las Confesiones de Rousseau, que descubrió cuando adolescente y lleva consigo a todas partes, en la versión original.

Aunque carece de educación en los matices y las complejidades logísticas del arte lírico que sí tenían sus predecesores en el cargo, y sus apariciones operísticas han sido esporádicas, no es un desconocido de las salas importantes. Hizo su debut en el Teatro alla Scala en 2006, siendo un veinteañero, y debutó en la Ópera Estatal de Berlín al año siguiente. Dirigió por primera vez en la Ópera Estatal de Viena en 2016 y en el Metropolitan neoyorquino en 2018, con Otelo de Verdi; el miércoles terminó una serie de Otelo en Barcelona.

“He estado desarrollando mi carrera en la ópera de la manera que quería hacerlo, y me siento muy bien por eso”, le dijo al New York Times. “Me tomé mi tiempo”.

La génesis de su nombramiento está en su primera y, hasta la fecha, única colaboración con la Ópera de París, donde dirigió La Bohème de Puccini en 2017 con una polémica puesta en escena de Claus Guth, que decidió situarla en un futuro distópico. “Hubo una conexión maravillosa con la orquesta y el coro. Fue una de mis experiencias operísticas más especiales, hasta el punto que ha terminado así de bien”, recordó Dudamel en El País madrileño.

La oferta no se concretó hasta que Alexander Neef, alemán de 46 años y discípulo del fallecido Gérard Mortier, fue nombrado el año pasado máximo responsable de la institución en remplazo del incombustible Stéphane Lissner, al borde de la jubilación. Su perfil de superestrella y su soltura en distintos registros impulsaron la candidatura de Dudamel, pero también el buen recuerdo que había dejado en los músicos de una orquesta conocida por su aspereza humana.

¿Por qué cree que les gustó tanto? “Vieron el respeto que existe de mi parte hacia los artistas con quien trabajo. Y una flexibilidad, porque no soy una persona impositiva. Soy riguroso, pero sin que haya imposición”, dice Dudamel tras unos segundos de titubeo, deteniéndose en el umbral de la inmodestia. “Crecer en el ambiente donde crecí es una fortuna gigantesca. Me hizo consciente de la importancia del músico en la orquesta, de la exigencia expresada a través del entendimiento y nunca de la obligación”, añade sobre su formación en el Sistema. “Apuesto por un liderazgo donde todo el mundo se sienta representado. Tiene que haber un guía y tú tienes que sentirte guía, pero hay formas de decir las cosas. Otros pegan tres gritos. Yo expongo mis críticas en el marco de una reflexión, lo que en realidad puede ser más duro, más laborioso”, admite.

Sus planes en Francia. Al frente de la Ópera de París, su proyecto consistirá en alternar “títulos importantes de la historia de la ópera con un nuevo repertorio, creando un equilibrio entre lo tradicional y lo nuevo”. Una línea similar a la que desarrolló con éxito en la Filarmónica de Los Ángeles, aunque en París tendrá que primar lo lírico ante lo sinfónico. “Aun así, no vengo con la voluntad de repetir la misma receta, porque no me apetece y porque son lugares muy distintos. Lo que sí puedo hacer es usar lo que he aprendido e implementar cosas de las que me siento orgulloso”, expone.

En su primera temporada dirigirá Turandot y Las bodas de Figaro, una en cada una de las dos salas de la Ópera de París, la sede histórica del Palais Garnier y la fortaleza ochentera de la Bastilla. También ha programado conciertos sinfónicos de Ravel, Mozart, Berlioz, Mahler o Boulez, que le permitirán “encontrar un sonido” junto a su nueva orquesta. Luego vendrán “los nuevos compositores y las óperas nunca representadas”, los proyectos con artistas de otras disciplinas y músicos pop, como los que ha desarrollado en Los Ángeles, que aspira a poner en escena fuera de esas dos sedes oficiales. “Romper esas barreras es la mejor forma de hacer que el público se acerque”, afirma Dudamel. “Es una de las deficiencias de las instituciones artísticas: seguimos creyendo que el público debe venir a nosotros y no al revés”.

¿Cuajará el método Dudamel, partidario del ensayo como una coproducción entre el maestro y sus músicos, en uno de los templos más turbulentos del arte lírico europeo? Su flamante director conoce el largo historial de conflictos en esta institución, donde han abundado las tensiones y las huelgas. Su amigo Benjamin Millepied, otro angelino de adopción, tiró la toalla tras solo dos años al frente del ballet de esta misma Ópera, incapaz de impulsar la renovación que deseaba.

Él dice que le da respeto, pero no miedo. “Si tuviera miedo, habría dicho que no. No me expondría a esto, y aún menos en un momento tan complejo”, asegura Dudamel, que asume la dirección de una institución que perdió 45 millones de euros por las anulaciones de 2020 y que se encuentra, según sus propios responsables, al borde la quiebra. “Suelo ver las dificultades como oportunidades. Si hay problemas, habrá que solucionarlos. Después, no siempre tenemos que estar de acuerdo en todo. De las ideas antagónicas puede salir algo maravilloso”.

Su nombramiento convierte a Dudamel en uno de los primeros latinoamericanos, junto al argentinoisraelí Daniel Barenboim, al frente de una gran ópera europea y demuestra que existen otros caminos para conquistar la excelencia que el modelo vienés del conservatorio y su culto al solista. “Esos tiempos han cambiado... un poco. La música es muy importante en mi país, pero no es comparable con los lugares donde nació y se desarrolló. Dicho esto, el Sistema ha ido un ejemplo de transformación de la enseñanza en muchos puntos del mundo, incluidos los propios conservatorios”, considera. El fruto de esa pedagogía alternativa llega ahora al corazón de la Ópera de París. ¿Significa eso que la música culta ha cambiado para siempre? “Es un signo de que ha evolucionado y creo que debe seguir haciéndolo. No puede irse encerrando en una caja cada vez más pequeña. Hay que protegerla y respetarla, pero también permitir que cambie con los tiempos”.

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