Reseña

Cumbia villera y resistencia: Damas Gratis se adueñó de Landia y fue una fiesta

La banda de Pablo Lescano convocó a una multitud, que bailó y cantó durante dos horas

Damas Gratis en Landia. Foto: Twitter @pablitolescano
Damas Gratis en Landia. Foto:

Hasta que Pablo Lescano no hizo la última revolución de la música popular argentina, ni la voz ni las palmas de “los negros” se escuchaban entre el público masivo. La cumbia rioplatense era, hasta que la villa conformó su sonido propio, una música que servía para entretener, para hacer mover los pies y las caderas, para animar noches largas en boliches de mejor o peor reputación. Los versos de amor eran impersonales, aplicables a cualquier género, a cualquier territorio, y las bases rítmicas se inspiraban en la música centroamericana, pero ganaban en barro y barrio.

Pero Pablo Lescano cambió la historia y en medio de una crisis feroz, le dio a los marginados una bandera a la que aferrarse, una marca identitaria: la cumbia villera. Construyó una música deforme, monótona, de estructuras repetitivas: la batería electrónica y el bajo son el motor que repite un patrón que funciona como un mantra, al que uno se entrega con el único propósito de pasarla bien. Y sobre eso, el teclado, o en su caso, el keytar (ese teclado-guitarra que es su sello), despliega su magia, su extraño encanto.

Esa deformidad fue el colchón sobre el que Lescano amontonó el sentir de un grupo social que, hasta entonces, no había tomado el protagonismo para cantar, en primera persona, sobre su vida cotidiana.

En sus temas, los que levantan las manos son los negros, la que canta es la vagancia; y las penas de amor se curan, cómo no, fumando un alto faso. El baile es el refugio, el sexo es más animal que romántico, las chicas son las que menean hasta que se les ve la bombacha, y el enemigo es botón, o maneja un patrullero, o es un cheto.

La cumbia villera es el tango, es el punk, es el hip hop y es el rock barrial, el rock chabón. Es lo mismo: el grito auténtico de un sector vulnerable, carenciado y en tantos casos ignorado. Pero como el tango o el punk o el hip hop o el rock cabeza, trascendió su círculo y llegó a lugares inesperados.

De ahí que tantos se hayan quejado en Twitter de la cantidad de chetos que fueron, el sábado, a ver a Damas Gratis a Landia. Y de ahí que tantos otros hayan defendido su derecho a ser parte de la fiesta: en el centro de espectáculos del Parque Roosevelt hubo por lo menos 5.000 personas que corearon con fervor cada uno de los temas que Lescano y su banda engancharon en dos horas.

Como antes, como siempre, la cumbia de Damas Gratis también entretiene y hace bailar, pero tiene un mensaje escrito con un código diferente. Eso fue lo que predominó en un concierto que tuvo todos los condimentos de recital de rock -pogos, banderas, cerveza que caía como lluvia sobre la gente, hombres y mujeres subidos a los hombros de otros hombres y mujeres-, y mucho del calor y el agite de una hinchada de fútbol. En Landia, y a juzgar por los trapos, las camisetas y los cánticos, Peñarol fue local.

Pero más allá de los colores, Lescano manejó a la multitud a gusto y la complació con los éxitos que ha cosechado en más de 20 años de carrera, y no faltaron rarezas como “El súper cheto”, que es una relectura de “Devuélveme a mi chica” de Hombres G, ni “Esa pared”, que remite a “Niña, qué tienen tus ojos” de Leo Dan. “El humo de mi fasito” y “Los dueños del pabellón” fueron dos de los momentos cumbres de una noche caliente, que Damas Gratis encaró con gran profesionalidad: el sonido, la puesta en escena y la estructura del concierto en sí estuvieron cuidadas.

Lescano y su banda hace rato trabajan en escenarios grandes (el Luna Park, este año el Lollapalooza), pero desde abajo dio la sensación de que esta presentación en Uruguay fue, para él, un impacto. Y entre el público se sintió de la misma manera. Su cumbia villera resistió hasta transformarse en un atractivo de masas, y aunque el mensaje y el código sigue siendo el de unos pocos, la fiesta es para muchos. Y vale la pena vivirla.

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