Ahí estuve

Crónica de una noche de ruta, punk rock y plena con Trotsky Vengarán

La banda punk más famosa del país tiene una relación de amor con un boliche de cumbia de Tala

Trotsky Vengarán en Jaque Mate
Trotsky Vengarán en Jaque Mate

El rock and roll podrá incluir, en el mejor de los casos, aviones privados, champagne y todo lo que está en la fantasía de cualquiera. Y en el peor de los casos, o el más amateur, implicará cargar equipos, perder dinero, quizás divertirse pero pasarla mal. En el enorme espectro que queda en el medio, hay que ubicar una noche de ruta con Trotsky Vengarán, que incluye 77 kilómetros a Tala y un centenar de pozos, una cantidad de fotos con Guillermo Peluffo como protagonista, una cena de madrugada al ritmo de plena, un recital con un pogo lleno de hormonas adolescentes, gritos de barrabrava, y una vuelta entre sueños y con el sol en la cara.

El paisaje es demasiado pintoresco como para no pensar que uno podría acostumbrarse a esa vida.

La primera de diciembre es una noche de un frío tan absurdo, que más que rock y cervezas, pide frazadas, Netflix y café caliente. Esa tarde, Trotsky tocó al aire libre, en el Dique Mauá, ante una multitud que no sabía si era mojada por la lluvia o por las olas que rompían en el Río de la Plata. Y un rato después, sin mucho descanso y con las canciones del flamante Los valientes sonando al palo, la camioneta que traslada a la banda punk más popular y convocante del país, va camino a un boliche de cumbia con el que tiene una extraña relación de amor.

Jaque Mate, el baile, cierra la temporada con su fiesta final y una combinación maravillosa: al amanecer habrá fiesta de la espuma, pero antes, entre las canciones de El Polaco y las cumbias pop y reguetones de turno, demasiado parecidas entre sí, toca Trotsky Vengarán. Y aunque cada show de la banda es una ceremonia para fanáticos, los de Tala son especiales, diferentes.

Eso lo saben todos. Lo saben los dueños, que eligen repetir un show que ya había tenido lugar en agosto. La banda, que aunque la madrugada pese cada vez más, siempre vuelve. Yo, que hace más de 10 años hice mis primeros pogos en este lugar tan azul como lo recuerdo, mucho más pequeño de lo que era en mi mente. Lo saben los que repiten siempre, los adolescentes hormonales de camisas recién planchadas, y la chica que espera sola, mucho antes de que se abran las puertas.

La muchacha solitaria dice que está “recagada” porque Trotsky Vengarán es su banda favorita, y pide casi como si se tratara de un favor, que en el repertorio se incluya “Otro lugar”, esa que dice que “algunas veces todo es como debiera ser”. Le pedirá a Peluffo la primera de las decenas de fotos que vendrán, y él responderá, como a todas las siguientes, con una sonrisa.

La última será pasadas las 05.00 de la mañana. Para ese entonces ya nos lamentamos del frío, ya nos asombramos con el cielo recién amanecido, de un blanco abrumador, ya cantamos canciones de barrabrava y prendimos muchos cigarrillos, ya envidiamos los lentes negros que Juan Pablo Granito sacó de la mochila como si se tratara de un kit de supervivencia. Ya sonó “Otro lugar”, en medio de una veintena de canciones furiosas y bonitas, y el desfile de adolescentes y jóvenes, casi todos vestidos de negro, es intenso. El cierre es con una entrevista a Peluffo que, con la misma sonrisa bonachona, con frío y sueño como el resto de los que esperamos en la camioneta, contestará preguntas del tipo ¿cómo fueron los orígenes de la banda?

Entre la chica sola y el entrevistador de las cinco de la mañana, la mejor serie de fotos se dio durante la cena. En un restaurant con pinta de cantina que justo está de cumpleaños (hay globos, cotillón, guirnaldas y una pantalla gigante que en algún momento reproducirá una versión pagode de “Sunday Bloody Sunday” de U2), sobre la una de la mañana, Peluffo se convierte en el anfitrión de un desfile de señoras. Por un rato largo, el chiste es ver cómo se sienta, se vuelve a parar, da vueltas a la mesa, posa, vuelve, repite toda la secuencia y así, con una banda sonora hecha de “Lola la coquetera” y otros clásicos de la música tropical.

La escena es memorable: mientras algunas mujeres tiran unos pasos y las mozas se pasean con unas corbatas chillonas y unas sonrisas gigantes, al fondo de un salón largo, la banda que más ha hecho flamear la bandera del punk rock uruguayo, come un asado y se disputa las últimas porciones de un flan casero de mucha reputación. Y espera, porque sabe que las dos horas que faltan para el show que será a las 04.00, son las más difíciles de aguantar. Pero sabe, también, que tocar de madrugada en un boliche de cumbia para unos chiquilines en plena edad liceal, es una inyección de vitalidad que no tiene comparación.

Y al final, al margen de fantasías, flashes y kilómetros, eso es lo único que le sigue garantizando vida al rock and roll.

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