AHÍ ESTUVE

Crónica: de la mano de Buenos Muchachos, así fue la vuelta de los shows en vivo en Uruguay

Este jueves, Buenos Muchachos dio el primero de nueve recitales en La Trastienda, la primera sala de conciertos en América Latina en reactivarse

Buenos Muchachos en el primer show de pandemia. Foto: Marcos Mezzottoni
Buenos Muchachos en el primer show de pandemia. Foto: Marcos Mezzottoni

Hay dos formas, aunque posiblemente habrá muchas más, de intentar escribir la crónica del primer show de una sala de conciertos en Uruguay —y en América Latina toda— en el contexto de la pandemia del coronavirus: la de la objetividad, digamos, y la de la subjetividad.

La de la objetividad debe hablar de la extrañeza de vivir un recital donde estar sentados es una obligación y donde la distancia se siente. La noche del jueves 9 de julio, Buenos Muchachos dio el primero de nueve recitales en La Trastienda y el protocolo sanitario por el Poder Ejecutivo se cumplió a rajatabla. La Trastienda, una sala que los días de show suele ver su vereda atiborrada de gente, tuvo apenas un puñado de personas de tapabocas y respetando con calma la fila para ingresar al lugar.

Fuimos poco más de 100 los que tuvimos que cumplir con las normas establecidas: entrar al local de Fernández Crespo con tapabocas, pasar por una alfombra/felpudo sanitario, ​someterse a esa suerte de láser que nos apunta a la frente para revelar nuestra temperatura corporal, ponernos alcohol en gel en las manos, esperar que alguien nos acompañe hasta la mesa asignada que compartiremos posiblemente con dos extraños, recién ahí quitarnos el barbijo, aguardar a que la moza o el mozo vengan a atendernos si es que queremos tomar algo, y tener el tapabocas siempre a mano para movernos al baño o al exterior aprovechando el intervalo.

La distribución de las mesas, irregular y no lineal, permitió que el vacío de la sala no se sintiera como tal. Es evidente que la mirada y la sensación es diferente sobre un lugar que en el formato de mesas y sillas puede albergar a más de 400 personas, respecto al que de repente tiene que conformarse con un centenar. Sin embargo, salvo el frío producto de la exigida ventilación de la sala, no hubo mayores diferencias. La Trastienda se veía bien y se sentía bien (si no se pensaba demasiado).

La perspectiva subjetiva se mezcla ya con la objetiva a la hora de hablar del concierto en sí. Para cumplir con el protocolo, Buenos Muchachos, un septeto, se adaptó a la nueva normativa y siempre hubo cuatro personas en escena. ¿Fue distinto? ¿Fue forzado? ¿Fue extraño? Se puede responder de distintas formas, pero hay una sensación de justicia poética al pensar que la reactivación de las salas fue con Buenos Muchachos: es posible que ninguna otra banda local pudiera haberse acomodado así a las circunstancias, rotando y manteniendo un nivel de excelencia semejante.

Buenos Muchachos en el primer show de pandemia. Foto: Marcos Mezzottoni
Buenos Muchachos en el primer show de pandemia. Foto: Marcos Mezzottoni

Más allá del virtuosismo o la versatilidad, este es un grupo que piensa cada instancia del vivo como una oportunidad única de mostrar algo especial. Eso se suma a que el año pasado Buenos Muchachos montó un espectáculo de lo más exótico (Un lugar del que nadie habla, en la Sala Hugo Balzo) y esa extravagancia instrumental y conceptual pudo alinearse con la propuesta convencional de lo eléctrico, para disimular las ausencias. Lo visto el jueves fue una alternativa de lo más satisfactoria.

Así como el grupo pudo articular estas facetas de un pasado reciente vinculadas al vivo, también supo capitalizar las particularidades de su último disco de estudio, #8. Si ese álbum se abordó a través de la búsqueda de la sencillez y una premisa fue la de brindar espacios, potenciar los silencios y evitar la innecesaria suma de instrumentos y virtudes, este show a medida de la pandemia tuvo mucho de eso. 

Está claro, objetiva o subjetivamente, que el del jueves no fue un show exento de equivocaciones y detalles. Los nervios, sobre todo en la primera mitad, fueron perceptibles y está bien. Si para el público era toda una rareza ver un recital en estas circunstancias, ¿qué era para una banda acostumbrada a llenar salas y a tener a la gente al lado, en una comunión intensa de grito y sentimiento? ¿Qué significaba volver a tocar en público, pero con la gente mínimo a cinco metros de distancia?

Para sortear esa particularidad y hacerse cargo de la situación —"nos toca estar en este lugar y lo estamos disfrutando", dijo en un momento Pedro Dalton—, Buenos Muchachos propuso un setlist con más rarezas que grandes éxitos, que llenó de matices y emotividad el reencuentro. Un reencuentro a prueba de un protocolo riguroso, que demostró que la distancia no es nada cuando la música tiene este poder. 

Objetivamente, volvió la música en vivo al continente y el motivo de celebración es enorme. Subjetivamente, que haya sido de la mano de esta banda es, todavía, mucho más significativo.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados