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Crónica: Arnaldo Antunes invitó al baile y cautivó a su público en la Sala del Museo

Crónica del show que Arnaldo Antunes ofreció en la Sala del Museo el jueves 29 de agosto

Arnaldo Antunes en la Sala del Museo. Foto: Rodrigo Guerra
Arnaldo Antunes en la Sala del Museo. Foto: Rodrigo Guerra

"Es maravilloso estar en Uruguay porque es uno de los públicos más calurosos del mundo”, le dijo Arnaldo Antunes a El País antes de su show del jueves en la Sala del Museo. Pero conociendo la frialdad que caracteriza al público uruguayo en los recitales -canto tímido y tibios aplausos de acompañamiento-, la frase del brasileño dejaba un gusto a demagogia. Sin embargo, parece que hay excepciones a la regla, y el show de Antunes es el ejemplo perfecto.

El show comenzó con la mayor parte de los asistentes sentados, mientras que los pocos que estaban de pie se movían al ritmo de las canciones de RSTUVXZ, su último disco. Una hora después, Antunes estaba bajando a la platea para abrazarse con quien tuviera adelante, posar para selfies de los fanáticos y saltar junto a un grupo de personas mientras entonaban el estribillo de “Consumado” a todo volumen.

Con un repertorio construido sobre el constante intercambio entre rock y samba -una bipolaridad que marca el concepto de su último trabajo-, Antunes logró darle más calor a la noche del jueves, que será memorable para quienes asistieron al show. Acompañado de la actitud festiva del músico —que hizo varios bailes espasmódicos, se movió por todo el escenario y hasta hizo el baile de robot—, generó un ambiente de comunidad en torno a la danza.

La invitación a la fiesta de Antunes se formalizó cuando cantó “Alegría” (del disco Ninguém, 1995): “Te voy a dar alegría / Voy a salir del borde del abismo / Y bailar, y bailar, y bailar”. Llegó en un momento perfecto, tras la intimidad y la melancolía que trajo la seguidilla de “Quero Ver Você / It’s Only Rock’n’Roll (But I Like It)”, “Exagerado” -una clásico de Cazuza que fue llevado al samba- y “Só Solidão”. En las tres, la voz grave y profunda del cantante de Tribalistas había generado una saudade que se acompañó de tenues luces azules y suaves acordes de guitarra acústica.

Cuando llegó “Comida”, el clásico indiscutido de Titãs —donde Antunes cantó entre 1981 y 1992—, la calma se convirtió casi en furia y reclamo al grito de: “La gente no quiere solo comida / La gente quiere comida, diversión y arte”. Antes de cantarla, el brasileño la presentó como una canción con actualidad. Con la euforia del reclamo, la mayor parte del público se levantó de sus asientos y al costado del escenario se llenó de asistentes que pogueaban y bailaban al ritmo de “Fora de Si”, “O Qué” y “Pense Duas Vezes Antes de Esquecer”.

Mientras interpretaba “Consumado” y bajó del escenario, la fiesta quedó consagrada. Inmediatamente se comprobó que la calidez a la que el músico hizo referencia era totalmente verídica. El ambiente festivo no hubiera sido posible sin la compañía de Curumin (batería, guitarra, programación y voz) y Betão Aguiar (bajo, guitarra eléctrica, guitarra acústica y voz), un dúo que generó la sensación de estar escuchando a una gran banda de rock.

Antunes estaba tan feliz con la respuesta del público que, con una enorme sonrisa, volvió al escenario dos veces. La primera vez cantó “Orvalinho do Mar” junto a su esposa, Marcia Xavier. En la segunda vuelta, interpretó “O Pulso” -tras la insistencia de algunos miembros de la primera fila., y terminó el show preguntándole a la gente qué quería escuchar. Entre los gritos se escuchó “Passe em casa”, y la noche terminó con el público coreando a todo volumen, aplaudiendo al ritmo de la percusión y con la promesa de reencontrarse pronto.

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