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Cosquín Rock plantó bandera en Uruguay y la variedad fue protagonista

Crónica de la primera jornada del festival argentino, que tuvo su primera edición local

Cosquin Rock 2018. Foto: Fernando Ponzetto
Cosquin Rock 2018. Foto: Fernando Ponzetto

Una de las postales más lindas de los festivales es, siempre, la caminata que precede al evento en sí. Y en Landia, la caminata se puede dar desde dos lugares diferentes: por la entrada principal, la que queda sobre la Rambla Costanera, o desde Gianatassio, por un camino arenoso que se va dibujando entre los árboles del Parque Roosevelt. El sábado y el domingo (esta crónica es sobre lo que pasó el sábado), miles de personas hicieron esos dos recorridos durante unas 12 horas —la actividad arrancó a las 15.00 y terminó pasadas las 03.00—, bajo el sol que contribuyó a que la experiencia del primer Cosquín Rock uruguayo fuera buena.

La marca argentina, cordobesa en concreto, ha llevado su espíritu a distintos rincones del continente, y este fin de semana llegó por primera vez a Uruguay y a Chile. En tierras trasandinas, los platos fuertes de la grilla fueron Cypres Hill y Molotov (que acá tocó días antes, en La Trastienda); acá fueron los brasileños de Paralamas y los españoles de Ska-P, quienes también tocaron para el público chileno.

Sin embargo, la presencia más fuerte del sábado fue la de Sumo. La banda que sacudió al rock argentino de la década de 1980 con un frontman sin igual, el cosmopolita Luca Prodan, atravesó sin premeditación alguna la grilla y fue un reflejo de cómo aquella movida vanguardista caló hondo en el rock de toda la región.

Que La Triple Nelson cerrara su show con “Mejor no hablar de ciertas cosas”, que Os Paralamas do Sucesso incluyera en su repertorio bilingüe a “Que me pisen”, y que después del grupo brasileño saliera a escena Las Pelotas, una de las bandas nacidas de las cenizas de Sumo, terminó haciendo de Prodan y aquella troupe extraña, incompatible, irónica y mestiza, una presencia estelar de un Cosquín que abarcó un público de edades muy variadas.

Cosquin Rock 2018. Foto: Fernando Ponzetto
Paralamas en el Cosquín Rock. Foto: Fernando Ponzetto

A esa presencia de Sumo se le puede agregar, como otro gran componente clave de esta primera edición del Cosquín, la variedad. Si bien la grilla pintaba un panorama amplio en cuanto a estilos musicales —por mencionar algunos puntos, estuvieron La 25 y su impronta barrial, Julieta Rada con una tradición más candombera, Dostrescinco y su hip hop funky—, en la dinámica de la jornada todo funcionó de manera más orgánica respecto a lo que se podía esperar.

Los tres escenarios (el más pequeño, Argentina, tenía una programación escueta y apuntada a un público también escueto) se alternaron y casi nunca se pisaron —aunque hubo momentos que sí, como cuando Dos Daltons, que es una versión pequeñísima de Buenos Muchachos, quería arrancar pero tenía toda la potencia de La Triple a algunos metros—. Y la programación de cada espacio, con el escenario principal dentro de la carpa, y el secundario al aire libre, mantuvo entretenida a la audiencia, que usó la ventaja de los pocos metros de distancia entre un lugar y otro, para no perderse nada.

Sin embargo, hubo un par de decisiones organizacionales que restaron: los shows del escenario Topline eran demasiado cortos (de 20 minutos o menos, eran como un shot de música que dejaba ganas de más); y la presentación de Las Pelotas después del aplanador show de Paralamas, punto altísimo del primer día —el orden podría haber estado invertido— marcó un contraste energético importante. Y las largas colas en los puestos de comida y bebida, también le sacaron un poco de brillo a un festival que inauguró su versión local y, aunque mereció más público, tuvo una buena concurrencia.

Varias banderas y remeras dejaron en evidencia a unos cuantos argentinos que cruzaron para ver, sobre todo, a sus bandas (La 25 y El Bordo el primer día, además de Las Pelotas; De La Gran Piñata y Las Pastillas del Abuelo el domingo, junto con Miss Bolivia). Fue justamente con el rock barrial de La 25, que las primeras banderas aparecieron en escena en el Cosquín, para quedarse hasta bien entrada la madrugada, cuando el éxodo en las inmediaciones de Landia se repetía como a primera hora de la tarde. Para ese entonces, Tabaré Rivero ya había hecho notar que a La Tabaré, de más de 30 años de historia, todavía le toca tocar (valga la redundancia) “a la hora del café con leche”.

Pero la gracia de este Cosquín fue que hubo rock todo el día, con sol intenso o bajo las estrellas, y un montón de gente dispuesta a disfrutarlo y a mantener la llama encendida.

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