SEMBLANZA

Claudio Taddei, mi maestro de pelo largo y guitarra

Un recuerdo de Claudio Taddei por Rodrigo Guerra

"Cara de locos", dijo Claudio Taddei antes de sacar esta foto. Foto: Rodrigo Guerra.
"Cara de locos", dijo Claudio Taddei antes de sacar esta foto. Foto: Rodrigo Guerra.

En 2001, cuando yo tenía cinco años, Claudio Taddei dio clases de música en el jardín de infantes al que iba. Hacía poco que él había editado La Perversa Estupidez De Los Espantapájaros Perdidos, pero yo no tenía ni idea de su obra. Es más, ni siquiera había nacido cuando publicó La iguana en el jardín, ese disco clásico. Para mí, Claudio Taddei era un hombre de pelo largo que usaba de cola de caballo y que venía cada semana al jardín N° 312 con su guitarra acústica bajo el brazo.

En cada encuentro, Taddei se sentaba en un banco con forma de cajón mientras todos los alumnos nos sentábamos sobre la alfombra verde del piso. Con sonrisas y una cara pícara (“Cara de loco”, como se ve en la foto de la nota, él nos decía) nos enseñaba varios clásicos uruguayos. Fue en esas clases donde escuché por primera vez “Amándote”, de Jaime Roos, que Taddei cantaba exaltando la última sílaba de cada verso y haciendo silencios abruptos para hacernos reír. Mientras, marcaba el ritmo con el cuerpo de su instrumento.

Con Taddei descubrí el candombe, que nos enseñaba mientras cantaba “Candombe con muzzarella” al ritmo de las palmas de los alumnos. “Toquen-el-tambor”, había que cantar para no perdernos.

Pasaron 17 años hasta que volví a verlo. Fue en la puerta de la Sala Zitarrosa. Él estaba charlando con alguien y le pasé por al lado sin atreverme a hablarle. Al llegar a la esquina, me animé y volví. “Claudio, cuando tenía cinco años vos me dabas clases en el jardín, y gracias a vos conocí al candombe y a Jaime”, le dije.

Me miró con una sonrisa. “Che, este dice que le enseñé música”, le dijo a su amigo con esa voz grave y el acento medio italiano que suenan en sus canciones. Después de intercambiar unas palabras, nos dimos un abrazo largo y nos despedimos. Yo seguí caminando por 18 de julio con una sonrisa enorme y él siguió con su charla, también a las risas.

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