MÚSICA

"La ciudad le sirvió a mi música"

El músico argentino Lisandro Aristimuño presenta su disco “En concierto”, el 11 de mayo en el Auditorio.

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Foto: V. López.

Lisandro Aristimuño se llevó una de las ovaciones más grandes en el reciente homenaje a Alfredo Zitarrosa, por la versión que hizo de "Los dos criollos" junto a Martín Buscaglia. El argentino aprovechó esa única intervención para mostrarle al público por dónde va su arte, tan emocional y extravagante a la vez.

Como solista ha tocado varias veces en Montevideo, pero el miércoles 11 de mayo vuelve con su mayor desafío: se presentará con su banda en la sala mayor del Auditorio Nacional del Sodre, para tocar En concierto, su último lanzamiento doble y en vivo (ver recuadro). Las entradas ya están en venta en Tickantel y boleterías de la sala, a partir de 550 pesos.

Aristimuño tiene 37 años y con 23 se instaló en Buenos Aires: venía de Viedma, una ciudad de la Patagonia, de una casa donde se respiraba lo artístico pero no había por dónde canalizar. En la capital argentina, dividido entre dos mundos prácticamente incompatibles, el músico editó su primer disco, Azules turquesas, y enseguida llamó la atención de la escena musical.

Después de Ese asunto de la ventana y 39°, decidió apostar a la autogestión y en ese camino encontró el éxito. Su cuarto álbum, Las crónicas del viento, ganó el Premio Gardel por Mejor Álbum Rock-Pop Alternativo. Mundo anfibio, el quinto, le valió otros galardones y lo llevó a estar nominado a los Grammy Latino en 2012.

Con una originalidad rotunda y una voz cautivante, Aristimuño conquistó el árido terreno que queda entre el folclore y el rock argentino, y se lo apropió con canciones de autor que hablan de paisajes, soledad, amor y la vida misma. Así, tratando de achicar la brecha entre la Patagonia y Buenos Aires a partir de la música, terminó conquistando Argentina y, de a poco, va ganándose América Latina.

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—¿Qué es lo primero que te acordás de haber escuchado de Uruguay?

—Ruben Rada, Mateo, Jaime Roos, la murga. De eso escuchaba mucho en mi casa, mi viejo en realidad. Ahora tengo discos de ellos, pero en la adolescencia los dejé de escuchar. Los escuchaba de chico y volví a eso. Si me das a elegir ahora, a esta edad, Mateo me encanta.

—¿Qué más se escuchaba en tu casa?

—De todo, sobre todo folk latinoamericano. Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Violeta Parra, Chabuca Granda: todo eso sonaba todo el tiempo. En mi adolescencia empecé a buscar mis músicas, se metió mucho el rock.

—¿Hay alguna canción que identificás con Viedma, tu ciudad natal?

—Creo que las canté, las hice yo. Hay mucha canción mía que habla de mi lugar, me siento superidentificado.

—Este momento tuyo compositivo, ¿también lo identificás con eso?

—No, se mezcló con la ciudad totalmente. Mi primer disco ya salió en Buenos Aires.

—¿Pero las canciones nacieron ahí?

—Algunas las tenía de Viedma y otras fueron surgiendo ahí. Lo que pasa es que fue tan grande el sacudón que me pegó la ciudad, que fue como una desesperación de volver a encontrar mi lugar. Entonces la música tomó esa función, de traer la Patagonia a esa ciudad. Escribía con mucha añoranza o recuerdo; empecé a escribir del viento, del río, y de algún modo fue un salvavidas. Así que en los tres primeros discos, cuatro te diría, hay mucho de eso. Después la ciudad empezó a entrar y me encantó ese lado, fue como una mutación y la ciudad le sirvió muchísimo a mi música. Quizás la parte más electrónica o rockera tiene que ver con Buenos Aires.

—Que en el disco Mundo Anfibio está mucho más presente.

—Claro, como que tiene más de ciudad que de pueblo.

—¿Cómo es Viedma?

—En cuanto a la naturaleza, muy hermoso. Tiene el río y el mar: el río Negro atraviesa toda la Patagonia y desemboca en el mar, entonces tiene una energía muy especial. Fuerte, en lo malo y lo bueno. Culturalmente no es tan rica, le cuesta mucho, por eso en un punto me fui. Porque era muy difícil en mi época; el que podía laburar de la música tenía que tener su banda de covers y tocar jueves, viernes y sábado en un lugar. Al intentar tocar mis canciones me resultaba muy difícil. Viedma no es lugar para un artista.

—Y Buenos Aires es lo opuesto.

—Es muy rica, podés elegir y esa opción es maravillosa. Me enriquecí culturalmente. Ahora no sé cómo va a seguir esto, pero en su momento tenías cinco cosas para ver y era hermoso. Ojalá que siga existiendo esa diversidad cultural.

—¿Te identificás con Azules turquesas, tu primer disco, cuando lo escuchás?

—Son etapas, es como ver fotos tuyas de chico. Creo que sin ese no hubiese existido el otro, es una cadena, y cada disco tiene que ver mucho con mi vida. Son diarios realmente personales y me hacen acordar mucho a esa época. Musicalmente creo que crecí y logré encontrar una forma mía, personal. Pero sin Azules turquesas no hubiera existido Mundo anfibio. Son escalones.

—¿Te generó conflictos propios que tu obra fuera tan íntima?

—Nunca pensé. Cuando saqué mi primer disco lo grabé para mi familia, mi novia, mis amigos. No pensé que iba a pegar. Estaba estudiando para dar clases de música en los jardines, para vivir de eso, y me quería dar el gusto de tener un disco mío. Mis discos son bastante terapéuticos, creo en la tristeza como algo poético y amoroso, soy muy romántico. Pasa que el romanticismo en Latinoamérica está mal visto. Pero no me jugó en contra: soy así, y sería engañarme a mí mismo no mostrar esa parte. Hay gente que escribe en Twitter: "Estoy escuchando mucho a Aristimuño, ¿no me haré gay?". Es un pensamiento tan corto, tan poco nutritivo. Pero el hombre tiene eso de macho: tenemos que hablar de motos, autos, fútbol… El hombre piensa: "puta, me estoy enamorando…", porque le da miedo. Es de cagón (se ríe). Yo soy todo lo contrario, realmente me parece que se están perdiendo de algo muy hermoso. Pero bueno, cada uno escucha lo que quiere.

—¿La sensibilidad de tus canciones es lo que generó esta repercusión?

—Me parece que sí. Es más: cuando salió mi disco no recuerdo que se estuviera escuchando mucha música así. Drexler estaba; y estaba mucho el palo del rock de banda, el pop electrónico, de discoteca. Yo tocaba en lugares muy chiquitos, iba muy poca gente, pero pasaban cosas relindas. Después se empezó a correr la bola, empecé a ir a lugares más grandes, y lo bonito que me ocurrió y agradezco es eso: hacíamos el Ateneo, quedaba chico y pasábamos a un lugar más grande, pero de a poquito. Es lo bueno que tiene la independencia también, porque las multinacionales agarran a un pibe y ya va al Rex de una. Y el pibe no entiende nada, queda trastornadísimo. El público en sí mismo generó que a mí me ocurra esto: llevo haciendo seis Gran Rex, que es mucha cantidad, y me llena de orgullo porque es la gente que me escucha la que me llevó ahí.

—Además, quien escucha tu música es porque se siente conmovido, porque le pasa algo, y eso también le aporta a la propia obra.

—Es fuerte. Te voy a contar una: hay gente que me dice que no me escucha más porque cuando me escuchaba, estaba en pareja con "tal", y los lleva directamente ahí. Es como: sos mi peor droga.

—¿Si tuvieras que sugerir un momento y un lugar para escuchar a Lisandro Aristimuño?

—(Piensa) Lo primero que haría es escucharlo solo, me puedo hacer cargo de acompañarte. Y calculo que la naturaleza sería el lugar. Mis discos tienen también como ese extremo de la persona sola frente al mar, y la persona sola en un edificio en pleno centro de Buenos Aires, entonces no sé si puedo ubicarla. Pero el primer paso es hacerlo solo.

—Viéndolo en perspectiva En concierto, el disco doble que vas a presentar en el Auditorio el 11 de mayo, parece una bisagra en tu carrera.

—Sí. Es que este concierto que hago es como el último de toda esa etapa. Ahora grabo y cambié de banda para cambiar el audio y generar otra cosa en mí. Es la primera vez que no hago maqueta, yo siempre soy muy arquitecto y estoy en todo lo contrario. El próximo va a ser un disco crudo, despojado de arreglos, no va a haber cuerdas. Muy cancionero. ¿Pero viste cuando te va bien? Soy medio reacio a seguir con eso, me da hasta miedo. Me digo: estoy muy cómodo, no me gusta.

—Y la incomodidad te ha hecho bien.

—Claro, y me encanta molestarme.

Tres discos

Azules Turquesas. Es el primer disco de Aristimuño; fue editado en 2001 por el sello Los Años Luz, y marcó su aparición en la escena musical de Buenos Aires. Aunque tiene un poco de electrónica, es un disco de folk muy intimista.

Mundo anfibio. Es el quinto trabajo de estudio, lo editó de manera independiente en 2012 y consiguió el Gardel a Mejor Álbum de Rock-Pop Alternativo, y una nominación a los Grammy Latino. Es mucho más rockero que el resto.

En concierto 1 y 2. Es su último material. Se trata de dos discos grabados en vivo entre 2012 y 2015, durante una larga gira por toda la Argentina. Uno registra nuevas versiones con su banda, y el otro lo encuentra a Aristimuño solo con su guitarra.

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