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Chau Stones: esa noche de calor y rock

Así pasaron los cuatro ingleses cuya estatura fue creciendo hasta hacerlos legendarios.

Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Rolling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra
Los Rollling Stones en Montevideo. Foto: Nicolás Pereyra

Por unas horas, Uruguay pareció algo que hace mucho tiempo dejó de ser. O que tal vez nunca fue: un país "rolinga" (¿o tendríamos que decir "estón"?). Cuesta encontrar, en la música tocada y compuesta en este lugar la irrefutable prueba de la influencia de los cuatro ingleses que anduvieron por acá. Los Mockers fueron de culto. Los Shakers, masivos.

Pero las larguísimas colas en torno al Centenario daban una imagen que no por ilusoria dejaba de ser contundente. En el implacable calor de la tarde montevideana la gente esperaba mansamente para entrar. No hubo nada que se asemejara al fervor y descontrol que la banda inglesa había visto unos días antes en Argentina.

La temperatura no daba para otra cosa que la mansedumbre, tal vez. Es bastante más laborioso ponerse a saltar, bailar, cantar o gritar cuando la temperatura supera los 30 grados y el mormazo actúa como un freno para cualquier arrebato de espontaneidad.

Los rigurosos controles que habían anunciado para los ingresos fueron de lo más light, al menos para varios de los sectores llamados VIP (había tanta gente ahí que la conclusión lógica es que hay muchísimos uruguayos importantes).

Pero ni siquiera esos uruguayos importantes tuvieron bebida fría para beber. Las aglomeraciones de gente en torno a los puestos de venta de bebidas y comidas no solo implicaban un refriegue de cuerpos que en algunos círculos son vistos como poco decorosos. También exacerbaban los ánimos y la irritación, que no disminuía cuando, desde el otro lado del mostrador, te decían: "No hay hielo". "No, el agua no está fría". "No, la cerveza tampoco". La gente, resignada, se retiraba maldiciendo con sus botellas (incluso de vidrio) de agua y cerveza tibia en la mano.

Deambular por la cancha en el sector más cercano al escenario era comprobar que más allá de las innegables tendencias negativas en cuanto a la convivencia social, siguen quedando bolsones de paz.

Que el senador Pedro Bordaberry, o el subsecretario del Interior Jorge Vázquez, pudieran estar parados tranquilamente entre la gente y sin custodias habla de que todavía es posible acudir a un acontecimiento masivo sin tantas preocupaciones. Lo mismo podrían decir auténticos ídolos populares como el cantante de La Vela Puerca, parado contra un vallado y sin que demasiada gente se acercara a acosarlo con pedidos para las seguramente molestas (pero comprensibles) "selfies".

En parte —y más allá del calor— puede ser la historia de los propios Stones que haya actuado para que la previa se viviera tan serena.

A tantos años de su fulgor creativo, de sus discos más importantes, la versión de la banda que nos llegó viene con un enorme bagaje cultural e histórico que impone respeto y reverencias.

Tantos libros, películas, documentales, programas especiales de televisión y ediciones especiales fueron actuando sobre nuestro consciente colectivo a lo largo de los años, elevando a los Stones hacia alturas inimaginables para quienes arrancaron escuchando a una desprolija, vital y libidinosa banda de rock de piel blanca y corazón negro.

Las pantallas gigantes fueron la expresión en alta definición de esa estatura. Ahí aparecían los Stones acorde a su actual status: estrellas de rock más grandes que la vida misma, colosos hechos de anécdotas salvajes y distorsión, de volumen y brillo. Y color. Si los Stones nos llegan desde los 60 en el expresivo blanco y negro, en las sutilezas de los grises que llenan el espacio entre los polos, el martes arribaron en un marco cromático con tantos destellos que uno podía quedar casi ciego de placer y estímulos.

Ya no hay mucho lugar para las sutilezas o los pequeños gestos. Casi todo es a gran escala y con poses ampulosas, esas que antes parecían nacer en el cuerpo de Keith Richards por órdenes de la música, pero que hoy parecen responder al dictamen del showbusiness.

No es que eso esté mal, claro. Es lo que es y como tal debe ser juzgado: un espectáculo con todas las letras, pensado y ejecutado para tratar de generar el máximo placer que puede otorgar el reconocimiento y la familiaridad.

Aún así, ellos y sus músicos son todavía capaces de conjurar momentos en los cuales aparece ese swing que hechizó a tanta gente. Eso ocurrió cuando bajaron las revoluciones. Tal como hemos visto en casos como los de Elton John o Rod Stewart, a los veteranos le sienta mucho mejor el sosiego, donde tienen más tiempo para desgranar las sabidurías que viven escondidas atrás de las articulaciones herrumbradas y los músculos caídos.

También son capaces de pifiarla, olvidar la letra de una canción o renguear en el diálogo de las guitarras, esas que antes parecían hablar con pocos vocablos pero en un idioma universal que cruzaba cualquier tipo de barrera, y que parecía hacer del aire una presencia aparte. El tiempo, por más que Mick Jagger lo siga desafiando con suma elegancia, no se deja engatusar.

A esta altura, no parecería hacer falta aclarar que nunca fui un acólito. Nunca formé parte de las huestes adoradoras de Jagger-Richards. Pero ver y escuchar a estas leyendas con sus arrugas, cicatrices y dientes postizos ofrecerse ante la multitud, no es solo admirar la fuerza de la voluntad o el valor de la constancia.

También es constatar que ese repertorio —obvio pero valioso— consiguió reconciliar algunos de los enconos internos típicos de la adolescencia y juventud, cuando tomar partido por una banda o en contra de otra parecía mucho más importante. Sí, es solo rock&roll. Pero aunque nunca fui ni seré stone, me gusta.

Una gira que los lleva a todo un continente.

Uruguay fue el tercer país en el que hizo escala, la América Latina Olé Tour de los Rolling Stones. Ya habían tocado en Santiago de Chile y tres fechas en La Plata en Argentina. La gira sigue con tres actuaciones en Brasil entre el 20 y el 27 (una en el Maracaná carioca y dos en el Morumbí paulista); los Stones ya están en Río de Janeiro. Después se van al Estadio Monumental de Lima (que tiene capacidad para 83.000 personas), al Campín de Bogotá y cierran la gira el 14 y el 17 de marzo, en el Foro Sol, un estadio de béisbol para el que convocarán 65.000 espectadores por show. En total son 12 recitales en el continente.

Después de esto, los Stones tienen la agenda libre, aunque Keith Richards ha dicho que no descarta que la banda se embarque en algunos recitales en Estados Unidos.

VOZ VS. CUERDAS.


Keith Richards: el otro centro de atención.


"Los Stones, hoy, son Mick Jagger", dijo alguien al terminar el concierto en el Centenario. No hay mucho para objetarle a esa aseveración. Cerrada la canilla de nuevas canciones de la banda, hoy los Stones son principalmente una unidad de música en vivo que se apoya (¿demasiado?) en el despliegue físico del cantante, un hombre cuyos surcos en la piel no le quitan ni un poco de carisma, al contrario. Además de su espigado cuerpo, Jagger es protagonista por un agudo olfato para lo que le queda bien en cuanto a ropa. Las camisas de seda brillantes y coloridas que se pone y se saca durante todo el concierto lo confirman como un dedicado seguidor de la moda, como decían los Kinks. Richards con sus ganchos y sus canas, no puede estar a la altura de Jagger. Es probable que no le importe, aunque las cámaras le regalen muchos primeros planos y él ocupe el centro de la atención con dos canciones: "Slipping away" y "Cant be seen". Aunque sus cuerdas vocales estén en las últimas, hay algo de heroico en los fallidos intentos de alcanzar ciertas notas. Y, también, cierta reivindicación, en los momentos en los que se entiende clarito lo que canta.

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