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Charly García en el Luna Park mostró el show que podría traer a Uruguay

El País estuvo en el show de García en Buenos Aires donde demostró que sus canciones y su magia siguen intactas

Charly García
Charly García en escena en el Luna Park. Foto: Guido Adler

Desde que a principios de 2018 volvió a subirse a los escenarios, el ritual ha sido el mismo: los shows de Charly García se anuncian con escasos días de anticipación, el público demora horas en agotar las entradas, y queda un saldo positivo. Charly no es más el frontman enérgico, flaquísimo y delirante que arengaba masas, no es más el que rompía instrumentos y daba actuaciones de duraciones impredecibles, ni es aquel que casi no podía hablar y que ya no era huesudo, pero no se veía saludable. Hoy, Charly es un hombre de 67 años y aunque su pelo está negro y su dentadura completa, carga con la factura que le ha pasado una vida de excesos y de malos hábitos. Y sin embargo, mantiene la magia intacta, y la capacidad de dar un recital que conmueva al menos entusiasta y deje la felicidad instalada en los miles que lo van a ver.

El productor que lo ha acompañado en esta última tanda de conciertos, José Palazzo, asegura una y otra vez que si fuera por el propio García, estaría tocando a cada rato. No puede y eso es evidente, pero también es evidente que cuando está ahí, en el escenario, instalado en un sillón aparatoso y rodeado por sus teclados y sus micrófonos, la pasa bien. Eso volvió a notarse el miércoles en su vuelta al Luna Park, a siete años de su último concierto allí y con esta banda y este séquito que le asegura, parece, todo el confort que necesita. Sobre todo Rosario Ortega, que no será la cantante más destacada de las que lo ha acompañado, pero que evidentemente es su mano derecha y su mayor sostén frente al público.

Con un atuendo que de lejos hacía pensar en la española Rosalía, Ortega lo guio con palabras y gestos para orientarlo cuando se perdía en alguna canción, le tapó cada uno de los baches que dejó, y le conversó al oído cuando García se despidió del público y todavía no había pasado ni una hora de música en vivo; acto seguido, arremetieron con “El aguante”. El show siguió por un buen rato y Charly le dio el reconocimiento con un fraternal “Gracias por todo, Rosarito”, que fue acompañado por un aplauso masivo. El resto también hizo su aporte: Zorrito von Quintiero puso la cuota más teatral, con sus bailes y sus arengas; y el trío chileno de Guide Kayashida, Toño Silva y Carlos González, brindó la solidez musical necesaria para que Charly hiciera lo suyo en teclas, guitarra y voz. Sus dedos, deformes, siguen siendo todo lo que necesita para su arte.

El del Luna Park fue, además, un show especial. Con el sold out asegurado a tres horas de haberse abierto la venta de entradas, lo que hablaba de un público deseoso por volver a ver a su ídolo -hay que ver cuánto de amor y cuánto de necesidad de pertenencia hay en ese fenómeno-, hubo unas sorpresas bien importantes. Cuando sobre las 21.00 se corrió el telón, en el lugar de Rosario Ortega estaba nada menos que Nito Mestre, para hacer “Instituciones” con su viejo compañero de Sui Generis. La versión sorteó algunos problemas de sonido que demoraron unos temas en corregirse, pero Mestre tuvo su revancha ya sobre el final, cuando volvió para hacer -ahora sí- una gran interpretación de “El día que apagaron la luz”. Y además estuvo Pedro Aznar, desparramando talento en bajo y voz en “No llores por mí, Argentina”, que fue uno de los momentos verdaderamente poderosos de la noche.

El repertorio incluyó además, una cantidad de hits -“Yendo de la cama al living”, “Demoliendo hoteles”, “Rezo por vos” y así-, temas de su último disco Random, como “Lluvia” y “La máquina de ser feliz”; y bellezas del tipo “Total interferencia”, que fue la elegida para el cierre. Al medio del escenario, la torre de Tesla que da nombre al show concentraba la atención y dividía las pantallas que, ya se sabe, ofrecen un espectáculo aparte, con proyecciones de Stanley Kubrick y varios más.

Del otro lado, en la multitud, otras pantallas ubicadas a los costados del escenario, que exhibían lo que pasaba arriba y abajo del escenario, permitían espiar al detalle un público que en parte es un ejército que lleva pañuelos verdes y brazaletes de Say No More, y en parte es la cosa más variopinta que se pueda imaginar. En la primera fila, por ejemplo, una señora de pelo corto que rondaría los 60 era todo sonrisas y canto a viva voz; y era bien distinta a la veinteañera que se podía ver un poco más lejos, o al padre con una niña en los hombros, o a las parejas que aprovechaban alguna letra de amor para fundirse en un abrazo. Sin embargo, cuando tocó gritar contra el presidente de turno y asegurar que “vamos a volver”, todos parecieron ser uno mismo.

A ellos, García se dirigió poco pero con la sagacidad que lo caracteriza, y fue ágil mentalmente para contestar, por mencionar algo, un grito aislado de “¡Maestro!” con un desenfadado “¡Alumno!”. Fue agradecido, ya con el telón cerrado sobre las 22.30, con las “chicas y chicos” que una vez más fueron a verlo, y que se quedaron un rato largo cantando a capella “Inconsciente colectivo”, “Seminare” y más, pidiendo por alguna canción más que no llegó. Tampoco era necesario, porque Charly, otra vez, había cumplido. Y todo indica que antes de fin de año vendrá a Montevideo, dispuesto a cumplir este ritual ante los uruguayos.

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