Entrevista

Carmen Pi mezcla a Mateo, Cabrera y Los Estómagos con Bach y Hendel en un disco

La cantante y pianista presenta hoy De espinas y flores, el disco en vivo que grabó el año pasado

Carmen Pi. Foto: Darwin Borrelli
Carmen Pi. Foto: Darwin Borrelli

Hoy a las 21.00, Carmen Pi abre una nueva edición del Ciclo Cuerdas, que se realiza en la Sala Hugo Balzo del Auditorio del Sodre, y presenta el disco que grabó en vivo el año pasado, en ese mismo ciclo y en esa misma sala: De espinas y flores. Hay entradas en Tickantel a 500 pesos.

De espinas y flores es el primer álbum independiente de esta cantante, compositora, pianista, docente y directora del coro Coralinas. Y es un experimento interesante: Pi, junto con Gustavo Reyna, tomó piezas del cancionero popular (más que nada del uruguayo, pero aparecen hasta The Beatles) y las articuló con música clásica. Lo hizo a partir de la similitud armónica o en la temática, logrando combinaciones bien interesantes.

Y sobre eso charló con El País.

—¿Cuál fue la primera idea para De espinas y flores?

—Tenía el concepto, sobre músicas de distintas épocas y géneros; hablé con Gustavo Reyna, que es con quien visualicé esto, y buscamos casamientos de temáticas o poesías, y también en lo musical, para ir haciendo como capítulos. Traté de que fueran, en su mayoría, músicas del cancionero popular uruguayo, con música del Renacimiento o el Barroco. Por ejemplo, el capítulo que se llama “De espinas y flores”, comienza con un pedazo de “Final” de Darnauchans, que en el estribillo dice: “La espina no; la flor, la flor, si es que hubo flor”. Y eso deviene en un aria de Hendel, que dice: “Lascia la spina, cogli la rosa”, o sea “deja la espina, coge la rosa”. Están emparentadas; nuestro trabajo musical fue buscar esos vínculos y que sonara bien. Son como pequeños viajes en el tiempo, en los que un autor del 1600 te puede estar diciendo lo mismo que un autor contemporáneo.

—¿Qué tiempo llevó este trabajo de investigación y armado?

—Unos cuantos meses. Se estrenó en agosto del año pasado, y arrancamos en enero con el pienso, que fue lo que más nos llevó. Gustavo es un tipo muy culto y agarró enseguida el vuelo de lo que yo quería hacer; yo ya tenía algunos “casamientos” pensados y los probamos. Pero sí hubo un trabajo de lectura, de investigación, de probar cosas. Porque en mi cabeza funcionaba, pero podía ser todo un tuco. Y creo que lo que le da calidez, es el hecho de que no esté tocado con instrumentos tan tradicionales para el escucha común, como el archilaúd. Si todo este espectáculo estuviese hecho con base en una guitarra, no sería lo mismo.

—¿Por qué elegiste el archilaúd?

—Y porque fue lo que tenía en mente. Quería que estuviera esa sonoridad del Renacimiento y principios del Barroco, para que fuera algo distinto. Y porque cuando yo canto esas arias, las canto como se cantan, con la colocación que lleva una soprano para eso.

—Estos “casamientos” de los que hablamos, ¿estaban en tu mente, partieron como parejas, o vos querías que estuviera, por ejemplo, “Y hoy te vi” de Mateo, y buscaste a partir de ahí?

—Sí, también. “Y hoy te vi” me parecía que tenía que estar, pero ya la tenía clara, porque es la misma armonía de una secuencia armónica muy conocida, que está presente en una música muy conocida, el "Aria para la cuerda en Sol" de Bach (tararea). Yo no estoy descubriendo nada: estoy haciendo puentes entre cosas que ya están, tomando el material ya existente y haciendo, quizás, algo novedoso. Mateo, como muchas de nuestras generaciones, estaba influenciado no sólo por la música anglo, sino también por la de Occidente y la clásica. Y los Beatles trabajaban con George Martin, que también trajo el Barroco, la trompeta corta, todo eso.

—Intentaste ir por el cancionero uruguayo, pero abrís con “La llorona”, una canción popular mexicana. ¿Por qué?

—Ahí había pensado en “Flow, My Tears”, de John Dowland, este compositor del 1600, y enseguida se me vino a la mente “La llorona”, porque están hablando de lo mismo. Y si bien no es exactamente la misma música, las músicas van bien: tienen el mismo pesar, el mismo dolor. Pero hay 10 mil canciones que hablan de llanto: después nos pasó que nos venían más cosas, pero había que parar. Capaz que en algún momento hago un volumen dos (se ríe).

—En el proceso de armado y de arreglos, ¿qué papel jugó la voz? Porque da la sensación de que todo está adaptado a la voz.

—Sí, seguramente. También trato de trabajar la voz como si fuese un instrumento. Por momentos, como en “Aria para Mateo”, yo estoy con el violín como si fuesen dos cuerdas. Y en este caso, la voz la trabajo con ductilidad, tratando de encontrar los distintos sonidos para cada música. Que lo popular suene a popular, comunique y te transmita; y lo otro suene a lo que tiene que sonar pero sin perder la emoción. Lo que siempre busqué es que hubiera emoción en todo; que te llegara, transmitir.

—¿Con qué público te encontraste el año pasado? Porque tu repertorio suele ir más por la música popular y la canción propia, pero a la vez, vos tenés muchas facetas.

—Fue un público muy variado. Pero sí muy sensible, que gusta de la música y que gusta de sentarse a escuchar. Había niños, gente joven, gente grande, que canta en coros… Me parece que es gente sin prejuicios, musicalmente, hacia lo clásico. Que existen y mucho, tipo: "uh, qué bodrio". Era un público muy respetuoso: yo terminaba una música, ¡y había un silencio! Después tremendo aplauso, pero antes, un silencio como si fuera una misa.

—Hablaste de la intención de emocionar, y en el registro del disco, parece que cuando cantás "La casa de al lado" de Fernando Cabrera, estás llorando.

—Sí, lloré. Muchas músicas me emocionan, y además, lo que estaba tocando ahí Gastón Gerónimo en el violín… Pah, se me hizo un nudo en la garganta. Además miré al público y vi a una amiga en un mar de lágrimas, y este loco metiendo aquellas notas que eran una locura… ¡Me costó cantar ese final! No me entraba el aire.

—No es normal eso, ¿no?

—Nunca me pasó en público. En mi casa me pasa siempre: yo me emociono mucho con la música, las películas, los niños, todo el tiempo. Pero a lágrimas, ¿no? Soy muy llorona. Pero nunca me había pasado en el escenario. Fue lindo, me dio un poco de susto porque no sabía así iba a poder terminar (se ríe). Y para mí, esto que presenté era algo muy grande, desafiante, entonces quería tener todo bajo control.

"Lo que siempre busqué es que hubiera emoción en todo; que te llegara, transmitir"

Carmen PiCantautora, pianista

—Cuando planteaste este espectáculo, ¿tenías como objetivo demostrar que los prejuicios vinculados al tiempo, no tienen sentido?

—Sí. En mi caso, el prejuicio que yo viví cuando estudiaba era que si cantabas popular, no podías cantar clásico: no ibas a poder, estaba prohibido, todo mal. Entonces era una manera de demostrar que se puede, con seriedad, estudio, ductilidad y metiéndose con sensibilidad en cada estilo, transitar una música popular y después irte a un madrigal, yo que sé. Ese prejuicio quería romper. Y a mí misma me abrió una puerta, y me resulta emocionante porque siento que toda mi vida está puesta ahí.

—¿Por qué?

—Porque vengo de una familia donde se escuchó mucha música clásica, mucho barroco —mi mamá era directora de coros y me crié yendo a sus recitales—. Después estudié en la Escuela de Música porque era el único lugar que había para estudiar, y me gustaba el rock y toda la música de mi generación. Después vi que no tenía la voz para eso, que fue tremendo sufrimiento, y fui agarrando para otro sitio. Entonces, viendo al espectáculo de lejos, siento que está todo ahí: mi herencia, el tango, la música clásica, el rock, estoy yo, ¿entendés? Entonces me hace sentir que hay una autenticidad de mi vida musical, puesta ahí.

—¿Te hubiese gustado ser frontwoman de banda de rock?

—Y en algún momento lo pensé. Me divierte, está buenísimo. Creo que puedo tener la actitud, pero no sé si tengo voz para eso. Tengo otra voz. Pero lo hice; canté rock, algunas cosas, algunos temas. ¡Canté salsa! Tuve una época en la no le dije que no a nada.

Carmen Pi. Foto: Darwin Borrelli
Carmen Pi. Foto: Darwin Borrelli

—Este va a ser tu primer material editado de forma independiente, tras años con Bizarro. ¿Cómo te encontraste en eso?

—Bien. Tiene sus pros y sus contras. Es raro, es distinto, no estaba acostumbrada. Hay que moverse más, pero tiene sus pros y está bueno ir cambiando. Me doy cuenta ahora que el músico clásico es mucho más under que cualquiera del under: no tienen lugares para tocar, no tienen productor, no tienen sello. Es mucho más under la movida de la música clásica hoy, que el rock, y todo mucho más a pulmón. Pero yo estoy enloquecida de contenta. Desde Jardín Carmín no compuse mucha cosa: no me ha nacido, no he podido, tuve otra hija. No sé si es la vida, si soy yo o qué. En un momento eso me preocupaba, y en otro momento dije: necesito hacer algo, pero no me puedo seguir exigiendo con lo que no me está saliendo, así que voy a ir para otro lado. Y terminé haciendo algo que para mí es novedoso, y a la vez me produce gran satisfacción. Estoy feliz.

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