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Él es el cantante

Andrés Calamaro pasó por Montevideo con un gira "Licencia para cantar" y reafirmó el romance con su público en un espectáculo acústico e intimista.

Foto: F. Ponzetto
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Foto: Fernando Ponzetto
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Durante una parte importante de su trayectoria profesional, Andrés Calamaro estuvo ausente de los escenarios uruguayos. Pero en los últimos años el argentino compensó esa ausencia no solo tocando, sino también dejando tras sí declaraciones que brillan como polémicas, ingeniosas o filosas, y que dan cuenta de un artista que puede ser muy elogioso para con el público y la cultura uruguaya, pero que tampoco es demagogo, al menos no siempre.

Esta vez, Calamaro vino con su gira "Licencia para cantar", en la cual presenta un repertorio de composiciones propias y ajenas, tanto emblemas de su cancionero como joyas de la canción en español en general ("Copa rota", "Garúa").

El repertorio es un posible resumen —apoyado sobre todo en el piano de GermánWiedemer— de varios discos del propio Calamaro, como Tinta roja (2006), El cantante (2004) y Romaphonic Sessions, editado el año pasado.

No tanto porque temas de esos discos fueran los que predominaran en el repertorio que Calamaro interpretó en la primera de sus dos noches en el Sodre. Más bien, fue el enfoque empleado para interpretarlos: un trío de piano, contrabajo y percusión, y una manera de acercarse a esas canciones parecida a la que Bob Dylan viene haciendo desde hace años con sus propias canciones: con un importante grado de libertad.

Es un camino que tiene sus riesgos, claro. No todos aceptan de buena gana que se les cambie, aunque sea un poco, la melodía de uno de sus temas favoritos. Pero Calamaro, con una garganta disminuida por el paso de los años y los kilómetros recorridos, supo darle nuevos colores a canciones que ya son clásicas y que siguen manteniendo su lustre y su poder de convocatoria.

El argentino dividió el concierto en tres tercios, y se detuvo a explicar e ilustrar con anécdotas y recuerdos, las canciones que iban en cada uno de los tercios. Fue locuaz: caminaba de una punta a la otra del escenario mientras hablaba, un poco a la manera de los comediantes de stand up estadounidenses, y como ellos recurrió al humor para condimentar sus parlamentos, como cuando recordó una vez que, siendo él bastante más joven y estando en una sala de ensayos con Beto Satragni y otros uruguayos, se apareció Ruben Rada: "Para mí fue como si hubiese aparecido Jesús".

Pero más que chistes o comentarios jocosos ("Esta canción no tiene nada de especial, pero es la última de este tercio y se llama 'Los aviones'."), Calamaro dedicó buena parte de sus monólogos a recordar y rendir tributo a gente que estuvo con él y que ya murió, como el ya mencionado Beto Satragni ("Él creyó en mí cuando yo no sabía ni distinguir las teclas negras de las blancas en un teclado"), Miguel Abuelo, Julián Infante de Los Rodríguez, u otras figuras como Violeta Parra o el salsero Héctor Lavoe.

Con esas intervenciones habladas —pero sobre todo con la música— Calamaro se ubicó a sí mismo (de manera implícita) en un lugar que, en rigor, le pertenece: el que ocupan varios de los más populares e importantes autores e intérpretes de la canción hispanoamericana. No solo por derecho propio (porque ¿quién puede dudar de su estatura como autor de canciones cuando tiene temas como "Crímenes perfectos", "Tuyo siempre" o "Media Verónica"?), sino también como un deudor y continuador de una tradición de canto y arte.

Antes de irse, se agachó y besó el suelo del escenario del Sodre mientras el público lo aplaudía parado. Él, con gestos y su típico lenguaje corporal, agradeció con reverencias y sonrisas.

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