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El candombe, un viaje cósmico

Una entrevista con Alberto "Mandrake" Wolf, que mañana sábado 12 presenta oficialmente su más reciente disco, Los candombes.

Alberto “Mandrake” Wolf sale de su casa y va caminando un bar y parrilada que le queda cerca. El lugar es propiedad de gente “amiga”, dice, gente que a veces cierra parte de la calle para que él y Los Terapeutas toquen al aire libre para los vecinos. Llega y pide algo para tomar, pero nunca se lo traen. En un momento interrumpe la entrevista para recordar el pedido. Parece que le dicen que sí, que ya le llevarán su trago. Pero el trago nunca llega. A Wolf ya dejó de importarle. Está tan metido en la charla sobre el candombe y su más reciente disco —Los candombes, que presentará oficialmente mañana en La Trastienda, a las 21:00— que sigue de largo. Aunque tenga la boca seca.

El ritmo afrouruguayo lo apasiona desde chico. Wolf tenía —dice en una parte de la entrevista— unos 12 o 13 años cuando su amigo Wilson Negreyra, que fue durante años parte de Los Terapeutas, le llevó o le hizo escuchar (no se acuerda exactamente) el disco Musicasión 4 ½. Cuando Wolf escuchó temas como “Suena blanca espuma” de El Kinto, quedó prendado enseguida. “Fue como una bola de nieve”, dice en otra parte de la charla: una pasión que fue creciendo y creciendo hasta desembocar en este disco atípico: un álbum que se grabó en vivo y con público, un DVD que capta a Los Terapeutas haciendo uno de los géneros que más domina y con un protagonista que, como también dice, estaba cumpliendo uno de sus sueños cuando estaba en el escenario. Al final, cuando Wolf enfila de nuevo hacia su hogar, le recuerdan el trago que nunca llegó: “Quería brindar por Enrique Estrázulas”, dice respecto al pedido que nunca arribó a la mesa. Un día antes de la charla, el poeta y escritor había fallecido y él quería recordarlo tomando algunos buches de whisky.

—¿Te querías sacar un gusto con un disco así? 

—Sí. Un gusto y una necesidad estética. Hacía tiempo que no tocamos candombes así. Cuando se fueron Wilson Negreyra y Alejandro Rocca el grupo se tuvo que reformular. Empezamos a tocar sin tumbadoras, y ahí ya cambió. Pero no pegaba mucho. Al público le gustaba otro tipo de canción. Un día me desperté el año pasado, en febrero, y pensé: “Tengo ganas de hacer un disco de candombe, tengo ganas de tocar candombe”. Ahí saqué una cantidad de candombes que tenía: canciones que nunca había tocado, canciones que nunca había grabado, canciones que había tocado y grabado… como 30 canciones. Ahí dije: “Tenemos un show”. Quedaron 20 canciones y estábamos contentos, como para arrancar el show y tocar candombes como a nosotros nos parece. A veces con una guitarra sola. O con guitarra y congas. O banda con tumbadoras. O banda con chico repique y piano. Se nos ocurrió mostrar que hay muchas posibilidades. 

—¿Querías demostrar que al candombe se le puede entrar por muchos lados? 

—Sí. Hay que diferenciar el candombe de la calle del candombe-canción. El candombe en la calle es como un agujero negro. Te metés ahí y no salís más. Estás en un viaje y por ahí no es para todos, sino para la gente se mete en esa jugada. Pero el candombe también puede ser un vehículo para escribir cualquier tipo de canción. Te sirve para una balada como para un rock. Es un medio tan bueno y tan transitable como eso.  

—¿Te acordás qué edad tenías cuando empezaste a apasionarte por el candombe? 

—A los 12, a los 13. Cuando lo conocí, fue como una bola de nieve, que fue en aumento. Lo conocí por un disco, por mi amigo Wilson. Él y yo éramos fanáticos del rock: Beatles, Meridiano Juvenil, Los Rolling, Jimi Hendrix, todo eso. Pero cuando escuché Musicasión 4 ½ recuerdo que sentí una cosa muy familiar. “Esto es increíble”, pensé. “¿Cómo yo no sabía de esto?”. La canción “Blanca espuma”, por ejemplo:“Qué bueno, cómo me suena a la rambla esto”. 

—Antes de este disco, ¿sentías que el candombe estaba durmiendo en vos? ¿Lo querías despertar?  

—No, porque en todos los discos metimos algunos candombecitos. Tocados de otra manera, pero estaban. Pero la gente quería otras canciones: “Miriam entró al Hollywood”, “De ellos dos”, “De tan libre”… Cuando algo funciona y a la gente le gusta, no hay que ser pelotudo. Igual siempre me quedaba la pregunta “¿Por qué a esto no le dieron bola?” No pensaba grabar un disco. Quería hacer un show y que quedara así. Pero justo fui a arreglar un disco nuevo con Bizarro Records y le dije a Andrés Sanabria [NdR: director del sello]: “Tal mes no puedo porque tengo una cosa de candombe”. Me dijo que eso le interesaba. Y terminamos grabando un disco, con DVD.  

—¿Cómo fue armar el repertorio del disco?  

—En el show habían candombes importantes para nosotros, como “Cococho” o “Candombe de no sé quién soy”. Pero eso ya lo había grabado. Quería mostrar cómo sentíamos el candombe nosotros, todas las posibilidades de expresarlo. Entonces el disco se volvió uno en serio, un álbum. Por más que esté “Amor en lo alto” y “Milagro de carnaval”, la mayoría son canciones nuevas. Y es un disco de género. Eso para mí es importante. Me siento muy orgulloso de haber podido hacer un disco de género y más de candombe.  

—¿Quién más está explorando en el candombe?  

—Me llama un poco la atención que esté tan solo haciendo esto. Si bien siguen Rada, Roos, Darvin… Creo que he encontrado un estilo en este disco. Uno puede decir ahora “Ta, este tipo tiene un estilo de hacer candombe”. Por ahí está mi aporte.  

—¿Y cómo es ese estilo?  

—Es un poco más rockero. Es como sentir el candombe como parte del rock. Creo que Roos, Rada y Mateo también lo sentían así, pero yo tengo otro aporte. Soy más joven. Vengo de otra cultura musical, de influencias distintas. Al final, todos hacemos algo distinto dentro del mismo género. Eso me fascina: todo lo que se puede hacer todavía.   

—Cuando estás componiendo una canción, ¿sentís enseguida cuando sale un candombe?

—Si, los candombes salen, lo siento. Cuando me salió "Chico, repique y piano" fue “Pah…”. Fue algo muy fuerte porque fui a una Llamada de barrio. Y estaba ahí… disfrutando del candombe. Yo estaba en otro viaje, en el trance mismo, atrás de los tambores. Y de repente empezaron a hacer una madera (reproduce el sonido) Y yo me di cuenta del panorama, porque bajé de donde estaba, que era cuando estaban tirando abajo el conventillo Ansina, y ellos estaban tocando esa madera vaya a saber uno por qué. Me fui para casa y me acordé de las maderas y a partir de ahí empecé a escribir la canción esa. Uno trata también de no caer en lugares comunes. Creo que se ha abusado del candombe, por afirmarlo como algo que es de la identidad uruguaya. De eso se pecó mucho en la época de la dictadura. No se respetó mucho el hecho de que esa gente vino de África de una forma horrible. Pero como estaban acá... “Esto es así, esto es uruguayo”. Y yo no sé si un negro entiende tanto que el candombe sea algo tan uruguayo. Me parece que es una cosa más de África, los ancestros de ellos… no es que sea nuestro, de los blancos y los negros. Sí, está bien: se crió acá, se hizo acá, pero no es tan así. Para mí es de la gente negra. Después nosotros lo disfrutamos de una manera increíble. Y a partir de ahí puede venir un blanquito de Pocitos y hacer canciones, como yo. Pero la identidad es negra, es africana. Hay que ir con respeto. El nacionalismo es muy bravo con el arte. Tratar de identificarse con algo así de prepo….

—¿Cómo fue preparar el show?  

—El show fue de los más arriesgados que he hecho en mi vida. Mucha gente, mucha responsabilidad. A mí esas cosas me estresan. Trato de huirle a la responsabilidad. Hay gente que es buena para eso. Yo no. Me acuerdo que hasta muy poco antes del show me quedé sin voz. “No puedo ser tan cagón. Voy a grabar un disco y me quedo sin voz”, pensaba. Era tal el nerviosismo que tenía. Pero cuando empecé a escuchar eso sonando, bueno… Ya en los ensayos tenía esa premonición, que iba a ser una bomba. Que era lo que quería.

—¿Como cumplir un sueño?  

—Y claro. Estaba logrando lo que siempre quise: un disco de candombe con todas las de la ley: la mejor cuerda de tambores del mundo, la banda que mejor interpreta mis sentimientos. Estaba haciendo una cosa para mí, muy seria. Hay mucha seriedad. Este proyecto es mucho más complicado que De, que Monstruo.  

—Destacás varias veces lo de “serio”. ¿Sentís que hay gente que piensa que sos un bohemio que no se toma tan en serio las cosas?  

—Que la gente piense lo que quiera. Hace años que dejé de ser bohemio. Tengo una familia, un hijo. Ando en la noche, porque toco en la noche. Eso sí. Digo que es serio porque la música para mí siempre fue una cosa seria. Más allá de que yo hago chistes cuando canto y todo eso. Pero para mí siempre fue una cosa muy seria. Fue y es algo que nunca me tomé como un hobby. Lo más importante de mi vida, hasta que formé una familia.  

Foto: Alejandra Pintos
Foto: Alejandra Pintos

El RECUERDO DE MANDRAKE PARA UN AMIGO Y REFERENTE MUSICAL: JORGE GALEMIRE

“Es muy triste lo que te voy a decir. Estaba en todo esto del disco y fallece Jorge Galemire, uno de mis referentes musicales. Fui al velorio, no me quise acercar mucho, y ta. Al otro día me llamó su viuda y me dijo: ‘El Gale te quería mucho’. Galemire cantaba ‘Candombe de no sé quién soy’, [NdR: cuya autoría es de Wolf] y la viuda me dice respecto a eso: ‘Uno de los proyectos que él quería hacer es un disco de candombes’. ‘Pah’, pensé... Porque para todos los que estamos en esto, a los que nos gusta tanto el candombe, un disco de candombes es un ‘proyecto’. Le debe pasar a Jaime Roos. Bueno, Rada ya lo hizo, pero hace poco. Es como que queremos cerrar la jugada. Bueno, el Hugo lo hace con Rey Tambor… Digo esto por lo fuerte que me pegó esa conversación con la mujer de Galemire. ‘Justo lo hice’, pensé. Una pena que él no pudo hacerlo. Hubiese sido un disco increíble.”

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