Ahí estuve

Buenos Muchachos demostró otra vez que está en su mejor versión

Crónica del show que dio la banda el jueves en La Trastienda

Buenos Muchachos. Foto: Difusión
Buenos Muchachos. Foto: Difusión

Antes de escribir esta nota, pensaba en qué me quedaba para decir de Buenos Muchachos que ya no haya dicho en estas páginas. De hecho, antes de escribir esta nota, alguien hablaba de cómo se escribe una crítica de algo que nos gusta mucho, corriéndonos del lugar de fanáticos, y por más imparcialidad que se intente tener, a veces es sencillamente imposible.

Tengo, con los Buenos Muchachos, una especie de enamoramiento con sus canciones que viene desde que pude meterme de lleno en ellas, para lo que fueron necesarias muchas instancias previas de incomprensión, fastidio y hasta rechazo. Si algún lector está pensando, mientras repasa estas líneas, que no entiende cómo a alguien le puede gustar esta banda, yo le sugiero que insista e insista. Porque tarda en llegar, decía Cerati, y al final hay recompensa.

El show del jueves en La Trastienda, con entradas agotadas, me sirvió en parte para entender que en esto que me pasa a mí, estoy bastante acompañada. Después de años de trabajar a un nivel a veces incomprendido, Buenos Muchachos se transformó en una banda popular, querida y valorada por un montón de gente, y por mucha gente joven que ha descubierto al grupo en su mejor momento.

Porque este cariño, este fervor y esta popularidad, a Buenos Muchachos le sienta bien. El disfrute de la banda en el escenario, en el show de La Trastienda, no se cortó ni siquiera cuando se apagó la consola en pleno clímax de “¿Qué hacés Joao?”, y los músicos siguieron tocando con su sonido real, sin amplificación, metidos al cien por ciento en lo que estaban haciendo, ante la entrega al cien por ciento de la audiencia.

Y nunca estuve en un escenario, pero esa sensación, esa sinergia con los que están abajo, es probable que sea de las más lindas del mundo.

El público hace crecer la magia en vivo de los Buenos, banda que ha construido a fuerza de grandes canciones y de un virtuosismo irreprochable, su historia de más de 20 años. En La Trastienda, el show sirvió de cierre a una gira por el interior, entonces recorrió el disco #8 y temas de los trabajos anteriores. No faltaron ni los reclamos desesperados del público, ni los hits “He Never Wants To See You Once Again” y “Cecilia” que, como si fuera poco, vinieron juntos. Destacaron las interpretaciones de Pedro Dalton en una muy rabiosa “Dos no da tres”, “Temperamento”, y el final explosivo con “Bamma Lamma” y “Un salto en la ciudad”.

Al final, como al principio, en La Trastienda sonó Aretha Franklin, una guiñada emocional a una noche por demás emocional. Una noche de esas en las que la imparcialidad no es más que una utopía.

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