PERFIL

Bruno Gelber, el hombre que entregó su vida al piano y a la música

Antes de su presentación en el Teatro Solís, Bruno Gelber charló con El País sobre su relación con la música

Bruno Gelber. Foto: DIfusión.
Bruno Gelber. Foto: Difusión.

"Yo soy una persona resignada. Es decir, acepto los juegos de la vida”, asegura el pianista Bruno Gelber desde su departamento en el barrio de Once, en Buenos Aires. “No todo son rosas. La vida te da, como dicen, una de cal y otra arena”. El músico de 78 años, que es considerado uno de los cien mejores pianistas del siglo XX, dedicó su vida a recorrer el mundo para presentarse en los mejores auditorios, pero también tuvo que enfrentarse a la poliomielitis, una enfermedad que contrajo a los siete años y le dejó una parálisis permanente en la pierna izquierda.

“Aparte si todo fuera perfecto, no te darías cuenta de que es perfecto”, agrega, desde el otro lado del teléfono con una voz rasposa que se contrapone a la expresividad que producen sus manos cada vez que se sienta frente al piano. “Igual, con la pierna chueca y todo, he dado decenas de vueltas al mundo”.

Este miércoles, Gelber seguirá sumando kilómetros a una vida de gira interminable, cuando regrese a Montevideo para presentarse en el Teatro Solís en el marco del 60° aniversario de la Orquesta Filarmónica de Montevideo. A partir de las 19.30, él interpretará el Concierto nº5 para piano y orquesta de Ludwig Van Beethoven.

Además del plano musical, el nombre de Bruno Gelber está presente en las vidrieras de las librerías montevideanas gracias a Opus Gelber, retrato de un pianista, que la periodista argentina Leila Guerreiro publicó en marzo. Allí, una de las voces más originales del periodismo narrativo actual retrata una serie de encuentros con el músico (ver recuadro), que van detrás de una pregunta: ¿cómo es Bruno Gelber cuando está solo?

opus gelber: retrato de un pianista

Una mirada a un pianista excéntrico y enigmático

En el libro Opus Gelber, retrato de un pianista (Anagrama, 2019), la periodista argentina Leila Guerreiro retrata la personalidad de Bruno Gelber, un pianista excéntrico que despierta la sensación de que esconde un enigma detrás de sus cejas arqueadas, el maquillaje de su rostro y su cuidado peinado. A través de más de un año de encuentros en el departamento de Gelber en el barrio de Once (de Buenos Aires), Guerreiro entrevista al pianista y a las personas de su entorno (su mucama, su hermana, uno de sus alumnos, su chofer y su asistente) para ir delineando cómo es la vida del pianista de 78 años.

Bajo la constante idea de que hay un secreto que espera a ser revelado, Guerreiro va describiendo algunas de las excéntricas costumbres del músico, como su fascinación por la actriz Laura Hidalgo. “Tengo 180 fotos de ella; todas las que le hicieron en vida”, dice Gelber a El País. “Fui íntimo amigo hasta su muerte”, agrega. En el libro, la periodista describe que el pianista -cuyo movimiento de cejas en tono seductor parece haber sido inspirado en la actriz- tiene un retrato de Hidalgo (“La Laura Hidalgo chica”) que adorna su sala y que da la impresión de que lo acompaña cuando recibe visitas.

En diálogo con El País, el pianista asegura que durante los encuentros que tuvieron a lo largo de un año consideró a la periodista como “una gran amiga” y una “persona agradable”. Al preguntarle si leyó el libro, responde sin dudar: “No lo pienso leer. No soy lo suficientemente egocéntrico como para leer sobre mí”.

el piano

"Amigo de todos los días"

Bruno Gelber en su departamento. Foto: La Nación /GDA.
Bruno Gelber en su departamento. Foto: La Nación /GDA.

Cuando su mucama atiende en el departamento de Gelber en Buenos Aires -que, como muestra la fotografía que ilustra esta nota, parece ambientado en el siglo XIX y tiene una pared de color rojo sangre- lo primero que se escucha son los acordes que el músico está tocando en el piano pequeño del salón principal.

Tras un breve diálogo con la mujer, se escucha cómo, a lo lejos, le comenta al pianista que lo llaman desde Montevideo. Enseguida, el músico le da un final abrupto a su pieza y se acerca al teléfono. “Alóoooo”, dice con es tono “sobreactuado, cantado, hiperbólico, un ‘aló’ de diva de teléfono blanco”, que Guerreiro define a la perfección en Opus Gelber.

A lo largo de la entrevista, el foco de la charla está puesto en su relación con el piano, ese “señor de cola negra, grande y dientes negros y blancos” con el que asegura haberse casado y que le “sonríe” todos los días. Gelber comenzó a estudiar a los tres años y dio su primer concierto a los cinco. Luego, a los siete, contrajo la poliomielitis y, durante el año que tuvo que estar en reposo, profundizó su relación con el instrumento. “Yo era un chico movedizo y conservo en mí la sensación de correr y de jugar con el perro que tenía y era muy vital”, recuerda. “La inmovilidad (hace un silencio) no es muy fácil para un niño. Mi inquietud era siempre saber si iba a poder seguir tocando el piano”.

Según explica, la música lo ayudó a “sobrellevar” la enfermedad, y recuerda que uno de sus mayores logros durante esa etapa era poder incorporarse “poco a poco” frente al piano: “estaba curvaturado completamente al principio”. A medida que renunciaba a los juegos en la calle, Gelber iba perfeccionado su técnica con la compañía de su madre, a quien define como una excelente pianista y una de las personas más importantes de su vida. “Ella ha sido una persona muy inteligente porque educar a una persona que tiene mucho talento y mucha sensibilidad no es fácil”, dice. Cuando se le pregunta cómo podría definir su talento y su sensibilidad, responde: “El verdadero artista es alguien que refleja el genio de quien está interpretando y se lo pasa a los demás. Es el mediador”.

Además de formarse con su madre, Gelber aprendió con el maestro Vicente Scaramuzza -que también dio clases a Martha Argerich- y a los 19 años se ganó una beca para estudiar en París con Marguerite Long, una de las maestras europeas más prestigiosas del siglo XX. Si bien ese viaje fue una oportunidad que marcó su vida, el músico lo recuerda como el “momento más difícil de su vida”: “Cuando me fui de Argentina dejé una pareja, dejé a mis padres, dejé a mis amigos y dejé a mi país. Era muy lindo estar en París, pero estar solo... (parece que va a quebrarse) No estaba acostumbrado”.

Nuevamente, el piano fue el consuelo para sobrellevar un nuevo desafío. “Estudiaba en un sótano inmundo al lado de las calderas con unas ventanillas chiquititas que daban afuera. No era el sitio más inspirante (se ríe). Sin embargo, siempre seguí estudiando”, asegura. Con ese empeño y talento natural, el músico empezó a dar conciertos por todo el mundo y se acostumbró a vivir viajando. Asegura haber ofrecido más de 5000 conciertos en 45 países.

Cuando se le pregunta si esta rutina lo obligó a renunciar a ciertas relaciones, y la charla adopta un tono más personal. “¿Renunciar?”, pregunta, un poco molesto. Tras unos instantes de silencio, responde: “Bueno, lo que pasa es que cuando uno está itinerante en el mundo tiene que tener conciencia de que la vida es como un libro. Tienes una página, la vives y das vuelta la hoja. Se cierra la puerta del avión y a otra cosa”.

Aunque asegura que tiene amigos “diseminados por el mundo”, el piano parece ser la única constante en su vida. “Es mi amigo de todos los días y una constante desde los tres años”, dice. Se despide y dice que vuelve al piano, ese señor que le sonríe desde el salón desde siempre.

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