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Billie Eilish, la última sensación del pop estadounidense, hace terror psicológico con sus canciones

La cantante acaba de lanzar When We All Fall Asleep, Where Do We Go?, y es el ídolo a medida del adolescente de hoy

Billie Eilish. Foto: Difusión
Billie Eilish. Foto: Difusión

Todo es cuestión de perspectiva: según qué generación la mire, Billie Eilish puede ser una freak, o la representación exacta del ídolo adolescente que le corresponde a este momento sociocultural. Tiene 17 años y de la producción en serie que Estados Unidos hace de estrellas pop, es la más joven, la más exótica y la que menos límites se pone, o se deja imponer. Como parte de la generación centennial (nació en diciembre de 2001), el mundo de Eilish es el mundo de las redes sociales como herramienta para compartir la vida, generar comunidad, sobreinformarse y cimentar una personalidad en base a la diferencia (que, después, muchos imitarán). Su mundo es el que está abrazando naturalmente el paradigma el de las no-estructuras, las no-definiciones, lo no binario. El de los géneros fluidos, la igualdad y la versatilidad. El mundo que le permite ser como es, y ser sensible ante un entorno hostil de forma constante.

El viernes pasado, la californiana lanzó su primer disco, When We All Fall Asleep, Where Do We Go? (“Cuando todos nos dormimos, ¿a dónde vamos?”), al que llegó ya con más de mil millones de reproducciones acumuladas en su canal de YouTube, con más de 35 millones de oyentes mensuales en Spotify, y con más de 16 millones de seguidores en Instagram. Antes del álbum, Eilish había dado cantidad de conciertos con entradas agotadas, y acaparado los principales espacios mediáticos de Estados Unidos: late shows y revistas se encargaron de que su cara, esa de mirada tristemente indiferente y tez pálida enmarcada en un pelo de colores cambiantes, sea protagonista.

Y antes, incluso, el mundo de la música estadounidense ya la tenía muy presente: la joven se volvió viral hace tres años gracias a “Ocean Eyes”, una canción que compuso con su hermano, el también músico Finneas O’Connell y su colaborador base en todo su trabajo (detrás de los temas de Eilish no hay listas interminables de productores, como pasa en el pop actual). Ahora, todo eso no hace más que expandirse y cruzar fronteras.

Así están sus cosas hoy, y su ascenso no tendrá límites, en tanto su arte no lo tenga. Para impulsar la salida de su ópera prima, por ejemplo, Eilish diseñó y curó una exhibición, THE BILLIE EILISH EXPERIENCE, en la que cada canción del disco tiene una habitación, porque la chica quería “crear un espacio en el que pudiera mostrarles la forma en la que realmente veo las cosas”. “Tengo una sinestesia increíblemente intensa que juega su papel en cada aspecto de mi vida, y es la razón por la que creo lo que creo. Cada habitación en este espacio está hecha para que experimenten como yo lo hago. Cada cuarto tiene su propio color, temperatura, olor, textura, forma, número... Justo como es en mi cabeza”, explicó Eilish en un posteo que publicó en sus redes. Tiene la excentricidad y la singularidad (y la sinestesia, además) con la que Lorde y su “Royals” irrumpieron en 2013, pero todo elevado a la enésima potencia.

Billie Eilish. Foto: Difusión
Billie Eilish. Foto: Difusión

Esto de la exposición viene a cuento porque es una buena forma de ver cómo entiende el arte hoy al menos una de las superestrellas adolescentes. Billie Eilish comunica con cada elemento que tiene a mano. Es consciente de que a su público objetivo la obra le entra por los ojos, y entonces hace producciones espectacularmente perturbadoras, que tienen belleza y punch, pero sobre todo contenido y una intención de interpelar e incomodar.

En agosto pasado, Eilish lanzó el clip de “you should see me in a crown”. En formato vertical (o sea, adaptado ya a celulares), el clip la registra con ropa deportiva holgada, joyas importantes, una corona —¿la de princesa pop?— y un montón de arañas que le caminan por el cuerpo, le salen de la boca. Después vino “when the party’s over”, en el que llora y escupe tinta negra; y después “bury a friend”, que parece salido directamente de American Horror Story. Recién en su flamante “bad guy” apostó por el color pleno, los amigos y los espacios exteriores, aunque no faltan la sangre que brota de su nariz ni algunas técnicas de tortura.

Esos visuales son casi una traslación onírica de unas letras que van sobre el compromiso, la responsabilidad afectiva, las relaciones tóxicas y el amor propio: dramas eternos que no son temas centrales de películas de terror psicológico, pero que son tomados así por la cantante.

Su búsqueda musical completa un paisaje de oscuridad que no hace de su obra algo depresivo, deprimente: su electropop minimalista coquetea con descaro con el trap, y construye climas a partir de bajos supergraves, que son los mejores aliados para sus susurros. Sus temas son bailables y sensuales, y a la vez golpean en fibras íntimas.

En una entrevista reciente con Rolling Stone, Eilish habló de los incendios en Los Ángeles como algo cotidiano a esta altura, y dijo: “los cielos están todos grises y naranjas, y eso es natural. Hay tiroteos en las escuelas todo el tiempo, y es normal. ¡Eso apesta! Es nuestro mundo normal y no es raro para nosotros, porque es lo que siempre hemos tenido. Las cosas están tan jodidas, que voy a hacer arte al respecto”.

Al final, la presentación sobre Billie Eilish bien podría remitirse a eso: más allá de lo centennial de su generación, de los videoclips siniestros y los millones de reproducciones, es solo otra artista haciendo canciones que la puedan rescatar —y nos puedan rescatar— de este mundo catastrófico.

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