Música

Una banda que crece y llega a la alquimia perfecta

Buenos Muchachos se sigue superando

Buenos Muchachos
Buenos Muchachos. Foto: Pablo Bielli

El disco sin nombre de los Buenos Muchachos es de esos discos que modifican, que pueden modificarlo todo alrededor aunque sea por un rato, y pueden modificar todo adentro para siempre. Con eso tuvo que ver que fuera el mejor disco nacional del año pasado para la selección de El País: con una experiencia personal, casi sensorial, que es en algún punto difícil de explicar.

Pero por suerte, hay cosas para decir de lo último de la banda más interesante que tiene el rock uruguayo hoy, tanto que para una buena parte del público rockero le es inaccesible. Tal vez este álbum sea, para ese sector, una buena puerta de entrada a la obra de los Buenos, de una manera diferente a la que podrían serlo los momentos más “pop”, así, entre comillas, del Se pule la colmena.

Es como si en este último trabajo la banda hubiera logrado fusionar todas las capas mostradas en su discografía, alcanzando la alquimia perfecta. El sonido de este nuevo puñado de canciones está bañado por esa luz amarillenta propia de un cielo que empieza a aclarar después de días y días de lluvia, y todo el movimiento que evoca el disco es ese, el de un montón de gente reencontrándose con la luz y reaccionando de la manera que puede. Así, ni el sol es tan brillante ni la alegría es tal, y en el medio, entre guitarras y bajos y baterías, hay tristeza, felicidad, paranoia, hay locura, hay miedo y hay desenfreno.

Para llegar a este estado, los Buenos Muchachos dejaron de lado cualquier fórmula aprendida y buscaron, dispuestos a experimentar. En ese marco, a nadie puede molestarle que el comienzo del disco suene a “Ahí voy”, que “Arco” se parezca a “Y la nave va” y que se incluyan la segunda parte de “Mi rincón” y un “Viaje lejos” que responde al “Viaje cerca” de Nidal (hasta hay algo de “Confesiones de invierno” de Sui Generis en “Crucifijo de orillo”).

Antenas rubias
Mirá el videoclip de "Antenas rubias", de Buenos Muchachos

Porque a mayor autorreferencialidad -un recurso que parece estar, más que en otras veces, en las letras de Pedro Dalton- hay más innovación. Porque más miran hacia adentro los Buenos, y más cambian para afuera: son capaces de soltar un arpegio limpio, o un piano como único sostén, o incluso dos bajos que conversan entre sí; todo para dejar de lado esa madeja de guitarras que se ha convertido en sello y cruz de la banda, todo para hacer de la marca identitaria de este disco el golpe de la batería.

La intensidad alcanzada en Nidal acá también está, pero se la dan las emociones de una poesía que parece acompañar ese sonido limpio que se busca desde la producción, un sonido si se quiere menos pretencioso pero también más honesto. Si esta es la madurez de Buenos Muchachos, qué buen estado para quedarse allí para siempre.

Ficha
Buenos Muchachos
#8
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