HUGO FATTORUSO

"Soy un artesano que trabaja con notas"

Con un show mañana en el Auditorio del Sodre, se estrena un documental sobre su vida.

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Hugo Fattoruso. Foto: Ariel Colmegna

La última vez que entrevisté a Hugo Fattoruso fue en esta misma casa de la calle Justicia. Fue hace 30 años y nada parece haber cambiado mucho: al igual que entonces, de allí sale música. Los transeúntes pasan sin saber que detrás de ese zaguán con reja, está tocando una leyenda de la música uruguaya. Nadie se detiene. Fattoruso está ensayando para el recital de mañana sábado en el Auditorio Adela Reta, en el que, además, se estrena Fattoruso, el documental de Santiago Bednarik que repasa su vida. La ocasión es especial: ensaya con tres de sus hijos (y Martín Ibarburu en batería) preparándose para que toque la familia completa por primera vez en "¿25 años?", especula. Por lo visto son 15.

Fattoruso parece ajeno a todo eso, luciendo una camiseta en la que está junto a Albana Barrocas (o sea el Ha Dúo); en su dormitorio hay una cama de dos plazas, un piano, un montón de libros y muchos CD, una foto de Los Shakers y algunos de los tantos premios (un Gardel, un Konex, un Florencio, un par que no se acuerda por qué son) cubiertos de polvo, como olvidados en el estante donde deben haber ido a parar cuando llegaron.

Fattoruso es el músico más importante de este país y vive, básicamente, como un adolescente. Eso, seguramente, sea parte del secreto de esa vitalidad que a los 74 años lo tiene tocando, generando proyectos, grabando discos. Cuando uno habla con él, Hugo Fattoruso, como un niño, siempre parece estar deseando volver a la música, volver a jugar.

Fattoruso, la película, es un buen acercamiento a su estatura como músico. Allí, a base de testimonios propios y ajenos, se puede construir toda una carrera que empezó hace 50 años con Los Shakers, siguió en Estados Unidos con Opa y sigue aún en esta Montevideo que, dice, siempre extrañó aun estando tan lejos, aún no sintiéndose tan extrañado por ella.

En ese camino, Fattoruso formó varias familias, tocó en garitos mafiosos y en grandes salones, y vivió una vida de errante y bohemio con la música como única prioridad.

De su genialidad dan cuenta en Fattoruso artistas como Fito Páez, Chico Buarque, Milton Nascimento y Djavan, los que no tienen más que admiración hacia su obra y su persona. Compinches locales como Jaime Roos y Ruben Rada dan otra carnadura.

Fattoruso, quien se considera a sí mismo de mitad de tabla (los grandes a veces no saben juzgar su propia obra) charló con El País sentado entre un piano y un tambor, una síntesis escenográfica de su obra.

—¿Qué se siente verse en un documental?

—Nada. No me gusta verme, pero aprecio, en ese caso, el trabajo de ellos. De Hugo nada porque ya pasé por ser esas diferentes personas.

—Pero supongo que le da una perspectiva.

—Sí, pero creo que me acuerdo de todos los lugares en que toqué. Sé que hace rato que estoy tocando y me encanta: es mi pasión y es mi modo de vida.

—Estuvo como 30 años fuera del país. Ha sido nómade...

—Bueno, un poco pero siendo montevideano quiero estar aquí. La profesión es la que me lleva. O la necesidad, porque cuando volví antes de irme a Brasil estuve un año sin conseguir trabajo. Aparte de que, generalmente, se consiguen trabajos que te dan un dinero que te sirve para un taxi y un almuerzo. Cuando yo recién llegué ni de esos encontré. Me tuve que ir de acá.

—Y en Brasil, por lo visto, dejó mucho cariño y admiración.

—Sí, es muy reconfortante.

—Ahí tocó con gente muy importante...

—Con gente conocida y desconocidos que te dejan de boca abierta. Fue un aprendizaje enorme para mis alforjas.

—En el documental, en entrevista con Los Shakers para la televisión argentina, dice que "nosotros no somos buenos músicos". ¿Aún piensa eso?

—Hacemos lo que podemos. Si yo pudiera hacerlo mejor, lo haría mejor. Y hay infinita cantidad de niveles por encima de mi cabeza. Hay gente que llega a otras alturas. La mía no es altura alta. Es media.

—Esa es su opinión sobre su obra, la apreciación general lo pone por encima de la media.

—Me empujan con gran cariño.

—En el documental se menciona el dinero. La plata que no les tocó con Los Shakers o con Opa, por ejemplo. ¿Piensa que su vida sería diferente si hubiera hecho ese dinero?

—Fue un dinero que se escapó, se fue al diablo por hacer las cosas de esa manera. No me puedo quejar porque en muy pocas oportunidades pasé necesidades. En estos 74 años, si junto las diferentes etapas en las que pasé necesidad no pasa de dos años. No está tan mal.

—En el documental menciona (en la canción "Emotivo") a Pedro Ferreira, un pionero del candombe canción.

—Eso es grandísimo. Al señor lo conocí de vista cuando tocábamos en los bailes. Yo tocaba con los Hot Blowers y él con su Cubanacán. Lo admiraba mucho por su estampa y su música. Pero al crecer y conocer sus composiciones, te enamora más y te hipnotiza con su magia. Habla de una época con unas melodías de candombe increíble.

—¿Es una influencia en usted?

—Lo admiro tanto que no puedo decir eso. Hago lo mío aunque una influencia quizás deba tener. Los dos amamos la música, porque como él coloca las músicas y las palabras habla de ese amor. Y ese tipo de composición, casi no existe más.

—Esa combinación del candombe tradicional con una parte más experimental, ¿de dónde le viene?

—Fusiono cosas sin ningún plan. En todo caso, aprendí a fusionar con Manolo Guardia que mezclaba be bop con candombe. Esa fue la primera vez que escuché una fusión.

—Un momento muy emotivo es cuando vuelve al país y lo espera una cuerda de tambores.

—Muy emocionante porque no me lo esperaba. Yo llevaba tres o cuatro años en Nueva York y vine para tocar en un show que increíblemente fue cuando estuvimos todos juntos con mis hijos (Alex, Cristian, Francisco) a los que este año se suma Luanda. Enseguida pedí un tambor: soy un perro pero me encanta.

—¿Cómo es eso de tocar con tus hijos?

—Suena fantástico y es muy bueno...

—En el documental, queda claro cómo por necesidad tuvo que dejar muchas veces la familia, y a pesar de esa experiencia todos salieron músicos.

—Es increíble. Mi hijo mayor tiene una pasión por la música y puede tocar prolijamente el bajo, la guitarra y el teclado, pero no tiene un segundo de su vida para dedicarle a la música. Y cuando viene le encanta.

—Está en un montón de proyectos y discos. ¿Eso es por una pulsión incontrolable o por necesidad económica?

—Es la pasión. Tengo la oportunidad de expresar diferentes propuestas en diferentes formaciones. Es una manera de proyectar nuestros gustos y que la gente nos vea hacerlo como quien amasa la masa delante de tus ojos. En vivo tiene eso, la gente ve al artista amasando al pan.

—Como un artesano.

—Soy un artesano que trabaja con notas. Formo cosas que tienen sonido.

Un estreno y un show: Un dos por uno tentador.

Mañana, sábado 6, a las 20:30 en la Sala Eduardo Fabini del Auditorio Adela Reta es el estreno mundial de Fattoruso, la película de Santiago Bednarik dedicada a Hugo Fattoruso. Además habrá un show musical en el que Fattoruso tocará con sus cuatro hijos, entre otros, en una ocasión que se presenta como única. Las entradas van de 300 a 900 pesos.

Fattoruso es la primera película de Bednarik. Antes fue editor de Mundialito y director de sonido de Maracaná.

"Empecé con la idea de hacer una película sobre la banda Opa, pero al morir Osvaldo no tenía sentido", le contó Bednarik a El País cuando comenzó con el proyecto. "Seguí en contacto con Hugo y me di cuenta de que perfectamente podía ser el protagonista de un documental no sólo por su talento, sino porque tiene características de vida muy particulares y que encuentro distintas al común de los músicos".

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