música

Armar y desarmar canciones como un ejercicio emocionalmente agotador

Crítica del show de Lisandro Aristimuño, el miércoles en el Auditorio del Sodre.

Lisandro Aristimuño en el Auditorio. Foto: Marcelo Bonjour
Lisandro Aristimuño en el Auditorio. Foto: Marcelo Bonjour
Lisandro Aristimuño en el Auditorio. Foto: Marcelo Bonjour
Lisandro Aristimuño en el Auditorio. Foto: Marcelo Bonjour
Lisandro Aristimuño en el Auditorio. Foto: Marcelo Bonjour
Lisandro Aristimuño en el Auditorio. Foto: Marcelo Bonjour
Lisandro Aristimuño en el Auditorio. Foto: Marcelo Bonjour
Lisandro Aristimuño en el Auditorio. Foto: Marcelo Bonjour
Lisandro Aristimuño en el Auditorio. Foto: Marcelo Bonjour
Lisandro Aristimuño en el Auditorio. Foto: Marcelo Bonjour

De Lisandro Aristimuño se puede decir mucho y de memoria: que empezó tocando la guitarra en la Patagonia, que llegó a Buenos Aires y el choque sociocultural dio nacimiento a un montón de canciones, que se crió escuchando música popular latinoamericana y luego el rock moldeó sus gustos.

Se puede decir mucho de su obra, de su importancia, de lo que es hoy para la música argentina y de las emociones que generan sus composiciones. Sin embargo, hasta verlo en vivo todo lo que se sabe de Aristimuño no está completo.

El miércoles, con una banda imponente, el solista argentino envolvió al público que llenó el Auditorio del Sodre con canciones, sensaciones, efectos y palabras, y se adueñó por un rato largo de una esquina de Montevideo. Fue toda una experiencia la del miércoles, una emocionalmente agotadora.

El show empezó con retraso y Aristimuño se encargó de aclarar que fue por problemas de sonido, que se mantuvieron a lo largo del recital y no le permitieron a los músicos disfrutar completamente. Desde el otro lado, aunque hubo alguna guitarra sonando demasiado alta nada fue tan molesto como para interrumpir lo que estaba pasando.

Y lo que estaba pasando, lo que pasó, fue un ejercicio fino, delicado y exigente de construir un puñado de canciones desde el detalle, para luego desarmarlas lentamente. Esa fue la rutina de Aristimuño, tanto con sus músicos como cuando interpretó algún tema solo: empezar, sonido a sonido, a darle cuerpo a los temas, llevarlos a su punto más elevado y luego finalizarlos con un camino inverso.

Esa práctica funcionó particularmente bien con “Perdón”, que terminó sólo con su voz y la de sus coristas rebotando en el Auditorio; y también con “Tu nombre y el mío”. Porque entre la variedad de instrumentos que tiene a su disposición sobre el escenario, además de las programaciones que va soltando, Aristimuño y sus coristas saben usar a la perfección sus voces como instrumentos, manipulándolas en función de la canción y potenciándolas, claro, en vivo.

En vivo se termina de completar a Lisandro Aristimuño, el artista, un puzzle bastante complejo. Si los dos discos que vino a presentar acá, En concierto 1 y 2, eran un buen adelanto, el show que da, al que le dedica un trabajo arreglístico notable, da la vuelta completa con una exigencia emocional alta, sí, pero igual de disfrutable.

Lisandro Aristimuño *****. Músicos: Martín Casado (batería, percusión, tinchofón, glockenspiel y coros), Rocío Aristimuño (percusión y coros), Leila Cherro (cello y coros), Carli Aristide (guitarra eléctrica, charango y coros), Lucas Argomedo (bajo y cello), Pablo Jivotovschii y Estanislao Díaz (violines). Invitados: Martín Buscaglia y Nicolás Ibarburu. Dónde: Auditorio. Cuándo: Miércoles 11 de mayo.

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