NATASHA BINDER

"Aprendí piano sin esfuerzo"

Tocará en Uruguay la famosa pianista de 16 años.

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Natasha Binder tocará por primera vez en Montevideo. Foto: Difusión

Son varios los pianistas que han asombrado al público desde niños, desde la uruguaya Nibya Mariño, el ítalo-uruguayo Pierino Gamba o el argentino Bruno Gelber. El nombre de Natasha Binder se puede incluir en ese listado de chicos que han deslumbrado por su talento. Sin embargo, ella es reacia al término "niño prodigio" pese a haber tocado su primer concierto con orquesta a los siete años, sobre partitura de Mozart.

Esta talentosa pianista belga, es la protagonista de La calle de los pianistas, documental de Mariano Nante filmado en Bélgica y Argentina, que aborda la historia de esta niña prodigio, y que es hija, nieta y bisnieta de grandes pianistas.

Binder se presentó en abril en el Teatro Colón, con el mismo espectáculo que ahora en marzo trae al Solís. Tiene dos partes: la proyección del documental y el recital en vivo de Binder y Karin Lechner, su madre. Será una única función, el miércoles 29 de marzo a las 20:30 en el Solís.

La calle de los pianistas es la rue Bosquet de Bruselas. Allí hay dos edificios gemelos colindantes: en uno vive Martha Argerich, la reconocida pianista argentina, y en el otro los Tiempo-Lechner, singular familia de pianistas argentinos integrada por la matriarca Lyl Tiempo, sus célebres hijos Sergio Tiempo y Karin Lechner, y la jovencísima Natasha, quien ahora llega por primera vez a Uruguay a mostrar su prematuro talento.

—¿Cómo describirías La calle de los pianistas?

—Para mí es difícil describirla objetivamente porque claro, trata de mí, de mi madre. Pero me parece muy lindo el ambiente de la película, las imágenes son hermosas, y por sobre todo, uno se olvida que está mirando algo que fue creado. Es como si tuviéramos unas cámaras en nuestras frentes, es muy íntima.

—¿Cómo sentís que le llega al público este tipo de espectáculo, que tiene una película y un recital en vivo?

—Es genial la idea. Me imagino que la gente que no nos conoce y que ve la película, nos ve más en lo exterior. Y cuando salimos a tocar, es un poco como que la película se vuelve tridimensional. Es mostrar en vivo, que lo hacemos de verdad. De golpe estamos ahí, físicamente.

—¿Qué repertorio van a ejecutar para acompañar la película?

—Nos gustaría no dar programa escrito, como hicimos en el Teatro Colón. Preferimos ir anunciando a medida que transcurre el concierto. Pero va a haber un poco de todo, desde Schubert a tango.

—Si te dejan armar un repertorio a tu voluntad, ¿que incluís?

—Es difícil contestar, porque uno tienen fases según las diferentes edades. Pero siempre me sentí más afín con los románticos. Siento que me dan más libertad, pero a la vez creo que a medida que vaya creciendo musicalmente, voy a ir acercándome más a otros compositores de otras épocas. Me pasó con Ravel: cuando terminé de aprenderlo estaba completamente enamorada de su obra. Eso demuestra que uno va evolucionando dentro de sus gustos.

—¿En qué salas te han escuchado con más atención?

—Me gustaría no tener una respuesta tan clara, pero hasta ahora en Buenos Aires es donde me he sentido más en casa. Aunque en términos relativos, tengo muy poca experiencia. Pero noto la diferencia entre cuando voy a tocar a Alemania o al Teatro Colón. Pero también porque son contextos diferentes y culturas muy diferentes, los latinoamericanos a los europeos.

—En un concierto hay un factor que tiene que ver con lo teatral. ¿Cómo manejás eso?

—A mí me encanta el escenario, siempre me encantó, y claro, exige vestirse bien, todas esas cosas, y tener una buena postura. Para mí nunca fue un problema, porque si uno se siente cómodo, no hay razón para que no esté bien posicionado. Incluso en la vida diaria, si uno está cómodo consigo mismo, camina bien. Pero sí, me acuerdo que cuando empecé a tocar en público, por ejemplo, no saludaba bien. Saludaba como un espárrago, medio blandita. Entonces me explicaron que tenía que saludar mejor. Lo que todavía sí me pasa es que cuando toco con orquesta nunca sé cuándo saludar al director o al primer violín. Esas cosas tienen un componente escénico.

—¿Cómo aprendiste piano? ¿Te demandó mucho esfuerzo?

—Aprendí piano sin esfuerzo. Fue un pedido mío a mi mamá, que me dirigió a mi abuela. A los tres años me empezó a dar clases, jugando, cantando.

—El piano es un instrumento que está muy popularizado.

—Sí, muchas veces cuando los niños tienen que aprender un instrumento, se opta por el piano: lo veo mucho en las clases sociales más altas. Porque tienen piano en la casa, y porque piensan que es un instrumento en algún aspecto fácil: suena enseguida, no lo tiene que afinar uno mismo.

—En torno a los pianistas y sus nacionalidades creo que se han desarrollado sentimientos nacionalistas muy fuertes...

—Es verdad, es un poco como los equipos de deportes: si hay un muy buen pianista belga, los belgas se ponen contentos. Hay un patriotismo. Por otro lado, la educación musical de los distintos países han sido diferentes. Los pianistas rusos pueden ser muy diferentes de los latinoamericanos, porque las academias son diferentes según los países. También pasa con los países asiáticos. En todo caso, yo nunca me he fijado en la nacionalidad, más allá que por curiosidad.

—Para vos, ¿cuál sentís que es el mejor pianista actualmente?

—No se puede contestar a eso. Estoy demasiado influenciada por mi subjetividad, por la idealización de mi familia. Hay miles: aunque Martha Argerich es una de las mejores pianistas, porque hace todo, y todo impecable. El otro día ella grabó un disco con mi tío, y yo fui a girarle las páginas. Y de golpe se ponía a tocar otra cosa, y la tocaba tan bien como lo que tenía que interpretar para grabar. Y ella lo hacía para divertirse. Es impresionante ver a alguien así.

—Y de los que ya son historia, ¿cuál te gusta más?

—Hay muchos. Por ejemplo Vladímir Hórowitz: las cosas que escucho de él, te llegan a las tripas. Aunque también me pasa que si estoy buscando una obra y veo su nombre, inconscientemente voy a pensar que es la versión que quiero hacer.

—Y fuera de la música clásica, ¿qué música escuchás?

—Va cambiando, según el momento y el contexto. Lo que sí me pasa es que cada vez me vuelvo más exigente con mis gustos musicales cuando no son de música clásica. A veces esa otra música la siento muy simple: cuando tiene solo tres armonías, me irrita. Sin embargo, cuando tengo que hacer tarea para la escuela no puedo escuchar música clásica, porque si lo hago me cuesta un montón concentrarme. Porque empiezo a escucharla, y me concentro más en la música que en la tarea.

Talento de 16 años.

Con solo 16 años, Binder ha conquistado los escenarios más exigentes. Ahora, adolescente, ella debe decidir si dedicará su vida al instrumento. En 2010 tocó dos veces el primer concierto de Beethoven, en Londres y en el Teatro Colón. Y en 2011 presentó el concierto de Grieg, en la Monnaie, con la Sinfónica Aachen y nuevamente en el Colón.

Su madre es Karin Lechner, su tío es Sergio Tiempo y su abuela Lyl Tiempo, toda una familia de pianistas célebres que están reflejados en el documental La calle de los pianistas.

"Ya no soy tan niña, pero más allá de eso, creo que hablar de niño prodigio es una banalización, dado que es muy relativo el término", dice Binder, el mismo que la acompaña desde hace años.

Perfil.

Nombre: Natasha Binder. Nacimiento: Bruselas, Bélgica.Edad: 16 años. Otros datos: de familia de pianistas.

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