UNA SEMANA

Adiós a la sabiduría del poeta

La muerte de Leonard Cohen debería recordarnos lo necesario que siempre ha sido la palabra escrita (o cantada) para hacernos saber lo que nos espera o lo que estamos viviendo. El poeta siempre ha sido el viejo sabio de esta tribu, el que hechiza con las palabras conjuros de bienestar y alarma.

Algunos le habíamos adjudicado a Cohen esa noble tradición. Y eso nos hacía dormir tranquilos o asustados: el poeta no puede hacerse responsable de cómo recibimos su don.

Había algo de plegaria en la pose poética de Cohen, de rezo atormentado, de discurso atemperado de un rabino. Y él siempre pareció pararse en el lugar más incómodo del salón: era una generación mayor que sus contemporáneos, un juglar devenido estrella pop, un señor de ambo y fedora rodeado de un montón de modernidad, el cronista de un mundo que no está bueno ver y el relator de los amores más divinos y más crueles. Era único en su especie.

Cohen, que tenía 82 años, cumplió ese papel de viejo beatnik, lanzando sus versos de revelación y extendiendo el diagnóstico aquel que Allen Ginsberg nos había mandado muy suelto de cuerpo con su Aullido (aquel que empezaba con un categórico "vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas") a un montón de canciones que, encima, eran lo suficientemente pegadizas y originales como para no pasar desapercibidas.

"He visto el futuro y es asesinato", decía en, precisamente, "The Future", ese alerta roja en la que se definía como "el pequeño judío que escribió la Biblia" y en la que reclamaba que le devuelvan el Muro de Berlín, que le devuelvan a Stalin, que le den a Cristo o Hiroshima porque vio, en definitiva, que lo que se venía podía ser aún peor. Hoy, que hay un temor tirando a unánime de que ese futuro va a ser espantoso, hemos confiado nuestros alertas a comentaristas de 140 caracteres, a analistas improvisados, a cronistas analfabetos. Le delegamos el rumbo de navegación a un grumete ciego.

¿Es que nadie echa de menos a los poetas? ¿Es que ya no vamos a recurrir a ellos? La poesía de Cohen, por las dudas, seguirá ahí como un indispensable manual de supervivencia.

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