Chango Spasiuk

“El acordeón es un instrumento muy físico”

El músico y compositor argentino llega a Sala Zitarrosa con Otras músicas

Chango Spasiuk presenta su último disco en el club de Portezuelo. Foto: Difusión
vertiginoso. Spasiuk consigue cautivar con su fuerte personalidad musical. Foto: difusión

Subirá al escenario de Sala Zitarrosa el sábado 12 de mayo a las 21.00, luego de varios años que no se presenta en Montevideo. Y lo hará para ofrecer un show inusual, que tendrá como centro las melodías que escribió para bandas sonoras de películas, documentales, cortometrajes, televisión y teatro. “Voy a presentar este disco, Otras músicas, con acordeón acompañado de piano, violín, percusión, guitarra; es decir, con una formación con la que se me asocia bastante. Y también vamos hacer mis músicas de otros proyectos, mis polcas, mis chotis”, cuenta el reconocido compositor y acordeonista argentino, un renovador de la música folclórica de su país, a la que ha dado a conocer en Europa y toda América. Hay entradas en Tickantel y boletería, a $ 1.200, $ 1.000, $ 900 y $ 800.

Desde que en 1989 conquistó el Premio Consagración en el Festival de Folclore de Cosquín (Córdoba), su carrera ha crecido a través de más de una decena de discos, y una serie de hitos que pasan por haber sido invitado en 1992 por la banda de rock Divididos para presentarse en el estadio de Obras Sanitarias, y también por compartir escenario junto a músicos como Pat Metheny o John McLaughlin.

Chango Spasiuk. Foto: difusión
"Tristeza" de Chango Spasiuk en Encuentro en el Estudio

“Hace unos años empecé en mi casa, en mi tiempo libre, a escuchar la música que yo había compuesto para cine, televisión y otras disciplinas, y pensé en ponerla en un soporte y compartirla con la gente. Para mostrar estos otros trabajos que compuse mientras hacía mis otros proyectos más visibles. Así nació Otras músicas, que por momentos presenta la tradición a la que más se me asocia, y otras veces se corre hacia el instrumento al que más se me asocia. Y es un repertorio en el que el piano está también muy presente. O sea que son Otras músicas en más de un sentido”, adelanta el notable músico.

—Vos sos de una generación como intermedia entre dos períodos musicales, ¿no?

—Digamos que soy como un paria, soy demasiado joven para ser de los viejos y demasiado viejo para ser de los jóvenes. En ese sentido es como que me siento un poco solo. Quiero decir, siento que no formo parte de ningún movimiento, no he tenido muchos contemporáneos. Lo mío es como una bisagra, entre fines de los 80 y principios de los 90, como cerrando una etapa de lo que fueron los 60, los 80, que fue tan productiva, y luego llegó la otra, de mediados de los 90 en adelante. Yo estoy en el medio, ahí.

—Desde que vos empezaste hasta hoy han cambiado mucho los festivales folclóricos. ¿Se han mercantilizado?

—Han cambiado varias veces, en un montón de direcciones. Me parece que los 90 han sido muy nefastos, muy huecos musicalmente, artísticamente. Tristemente he tenido que ver que festivales que fueron fundados para la expresión de la diversidad de formas de nuestra música popular, iban achicando su abanico a formas más previsibles en términos de mercado. Y con cierto vacío de contenido.

—Como que perdieron autenticidad.

—Sí, los lenguajes sonoros se habían vuelto más espectáculo que cultura. He tenido hasta la triste experiencia de ver a Atahualpa Yupanqui ser silbado en un festival de folclore argentino. Y Atahualpa responder: “Discúlpenme, yo a los gritos no me puedo imponer a ustedes”, e irse del escenario. Eso mostraba una impronta que fue muy fuerte en los años 90. Luego se fueron resignificando los espacios folclóricos, y en los últimos 15 años se fueron reconstruyendo sus contenidos. Ahora estamos en un momento en que está esa tensión. No una lucha: están esas dos inercias.

—¿Sentís que Soledad Pastorutti aportó a la difusión del folclore o contribuyó a su simplificación?

—No se la puede poner contra el paredón y dispararle a ella. Ella forma parte de un movimiento que arrancó con mucho entusiasmo y juventud, y se hizo visible en una época absolutamente vacía de contenidos. Pero ha sabido sobrevivir a todo eso, y ha construido una carrera que es intachable. Más allá de si te gustan sus discos o no, es una artista que ya ha pasado y ha dejado atrás mucho de lo que un montón de artistas todavía no han podido saborear. Y que la critican. Ojalá que en algún momento ella busque otros repertorios y produzca estéticamente en otra dirección. Si pasan 30 años más y sigue haciendo las mismas cosas, evidentemente no pudo vencer una inercia.

—El acordeón como que ocupaba otro lugar social cuando vos empezaste a tocar.

—Cuando yo era niño, se hablaba del acordeón como un instrumento que tocaban los abuelos nada más. Era para tocar de sobremesa en un almuerzo familiar, músicas muy regionales. El concepto que me rodeaba era que el instrumento no era más que para eso. Entonces para mí ha sido un desafío, en los casi 40 años que toco el acordeón, intentar hacer ver que no es un instrumento que solo para eso servía. Y de golpe pude abarcar el jazz, el blues, la música pop, el rock, el reggae, el tango, la música contemporánea. Inclusive ahora tengo un proyecto de música electrónica, Pino europeo.

—Vos tenés una gran presencia escénica, e impresiona mucho cuando tocás mirando para arriba. ¿Eso lo hacés para concentrarte más, o es un recurso más bien histriónico?

—El acordeón es un instrumento muy físico, y si uno toca con mucha energía, según los tipos de música se cambia a veces la postura del cuerpo. De pronto el cuerpo se mueve, o se ahueca, y trata de estar al servicio de la sonoridad. No es algo que yo haga adrede. Yo no me estoy observando cuando toco, si estoy mirando para abajo o para arriba. O si abro la boca: no lo hago para que me tiren una moneda, como en el juego del sapo. Uno en escena no está pensando en eso: está tratando de ser total con respecto a la música.

—¿Qué música uruguaya te interesa?

—No soy muy especialista, he tocado muchísimas veces con Hugo Fattoruso: quizá eso sea lo más inmediato. Tengo mucho respeto por él. Más allá de eso, he seguido muy de cerca la murga, que me parecen espacios creativos muy espontáneos. Y la radio nacional de Argentina pasa mucha música del Uruguay: Zitarrosa, Viglietti, Los Olimareños.

—¿Con que acordeón vas a tocar en Montevideo?

—Tengo muchos, pero siempre termino tocando con dos acordeones a piano. Con la que más toco, que me acompaña desde hace casi 30 años, es una acordeón artesanal Anconetani, que eran tres hermanos hijos de inmigrantes italianos que se instalaron en Federico Lacroze, en Buenos Aires, y trabajaron para grandes acordeonistas argentinos. Y también toco con una acordeón de las nuevas generaciones, que son como un auto japonés. Son acordeones más veloces, que los teclados no hacen ruido. Son para tocar de modo más virtuoso, pero no tienen el sonido tan dulce y bello.

“Lo que a mí me interesa es la música y sus ideas”

“Con el acordeón yo he intentado probarme que es una herramienta con la que uno puede intervenir en un montón de texturas musicales, y de tradiciones. Y eso depende de la capacidad de uno de poder meterse con ese instrumento, que es absolutamente increíble, con una gran paleta de colores. Es un instrumento muy dinámico, con el que uno puede tocar pianísimo o muy fuerte. Y que en la mano derecha tiene algo que se llama registro, que es como una pedalera de una guitarra eléctrica. Y eso permite hacer múltiples combinaciones de las lengüetas que vibran, logrando texturas aterciopeladas, o de flautines, o de órgano”, detalla Spasiuk sobre ese complejo instrumento.

Pero inmediatamente agrega: “Yo desde los últimos 20 años, no busco ser un acordeonista virtuoso. Lo que a mi me interesa es la música. Y las ideas de la música. Más que solo entretenimiento, también un espacio reflexivo, introspectivo”. Esa perspectiva sobre lo musical se nota en Spasiuk y sus músicos al tocar en vivo, desde una estética que busca subrayar el nexo entre el público y los instrumentos. “En el fondo soy un poco conservador, y siempre les pido a mis compañeros de vestirse de negro. Porque da al escenario una visión más ordenada, en la que si resalta algo, que sean los instrumentos, delante de esa ropa negra. Para lo que yo quiero hacer en un concierto, prefiero esa formalidad, esa sobriedad”.

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