ENTREVISTA

Roy Berocay: "Se ha creado una cosa muy familiar en torno a El Sapo Ruperto"

Este miércoles, El País lanzará una colección de cómics de El Sapo Ruperto. Antes de su primer número, Roy Berocay repasó la vigencia de su personaje más popular

Roy Berocay regresa con su personaje más popular y querido por los chicos
Roy Berocay. Foto: Archivo El País.

A casi 32 años de su nacimiento, el personaje de El Sapo Ruperto no deja de crecer. Primero llegaron los libros, luego la música y ahora los cómics. A partir de este miércoles, El País editará un libro de historietas con las nuevas andanzas de uno de los personajes más queridos de la literatura infantil uruguaya. Cada ejemplar cuesta 180 pesos.

Sobre la vigencia de su creación más popular, Roy Berocay habló con El País.

—Este miércoles se lanza la colección de cómics de El Sapo Ruperto. ¿Sentís que la experiencia del lector frente a este formato?

—En el principio, al Sapo Ruperto me lo había imaginado como un personaje de dibujo animado, pero hace 30 años era una cosa bastante imposible (risas). Ahí surgió la idea de que los libros fueran una especie de serie y después llegó la idea de los cómics, que era algo un formato que leía de chico. Es una buena puerta de entrada a la lectura y acá no se le da mucha importancia. La primera aproximación fue El Sapo Ruperto: ¡En Historieta!, pero más bien fue una adaptación de algunas historias por Daniel Soulier. Sin embargo, me di cuenta de que faltaba algo porque era El Sapo Ruperto es un personaje muy verbal, así que ahora guioné especialmente para el cómic, lo que me permite encajar con esa idea original del dibujo animado. Si bien los cuentos tienen una cosa fantasiosa, dentro de la lógica interna no pueden pasar cosas disparatadas, pero el cómic sí me lo permite.

—Además de que hay otros códigos, el lector se convierte en un espectador: con los libros, uno se imagina cada escena basándose en la portada; en el cómic está todo servido.

—Es exactamente como decís. Cuando uno lee transforma los signos en imágenes, pero el cómic es como mirar la tele porque ya está todo imaginado por otras personas, así que la participación del lector es diferente. Entonces, la apuesta es hacer reír y no tanto imaginar. La conexión va por el lado del humor.

—Es interesante lo que mencionás, porque el personaje nació con un fin recreativo y no como algo didáctico.

—Claro. Lo que pasa es que hay un concepto equivocado de que todo lo que es para niños tiene que ser didáctico, pero yo siempre digo que los niños tienen derecho a que se hagan cosas con un sentido artístico para ellos, como pasa con los adultos. Cuando ves una película para adultos no es que traten de enseñarte algo, sino que te presentan una historia o una situación que te puede dejar pensando. El niño tiene el mismo derecho en términos artísticos y esa siempre fue mi premisa. No está mal que haya cosas educativas, lo malo es engañarlos. Hoy en día, que un niño se siente a leer ya es un acto educativo.

—En el libro A salto de sapo, Magdalena Helguera menciona que hace siglos que la literatura infantil toma a animales como personajes para generar más cercanía con los lectores. ¿Haber usado a un sapo te ayudó a generar más empatía?

—Sinceramente, no sé. Cuando empecé a escribir, no sabía absolutamente nada sobre la literatura infantil, más allá de las cosas que había leído de niño o que le leía a mis hijos. Supongo que arranqué con un bicho porque todas las cosas que les leía tenían bichos, pero en verdad no había una teoría previa. Lo que sí sé es que la fábula y esa onda de usar animales que actúan como personas te permite una mayor libertad para burlarte de determinadas costumbres de los seres humanos y se puede satirizar mucho más.

—Y ese es uno de los aspectos más importantes de El Sapo Ruperto. Tiene un lenguaje irreverente, bien uruguayo y juega bastante con el humor.

—Esa es una de las claves para que El Sapo funcionara de entrada. Cuando salió, los personajes que había de literatura infantil hablaban en castellano de España, pero El Sapo hablaba como todo el mundo en el recreo (risas). Cuando empecé a visitar las escuelas, me di cuenta de que una de las cosas que más les llamaba la atención era que hablaba en uruguayo. Me acuerdo que en el comienzo, cuando mandé un cuento de El Sapo para publicar, me lo rebotaron porque decían que era muy uruguayo. Decían que los personajes no podían hablar así. Un tiempo después me pidieron ese mismo cuento para El Grillo, una revista que sacaba Primaria (risas), y salió durante años.

—El Sapo Ruperto nació por las historias que le contabas a tus hijos. Después llegaron los primeros libros y varios niños se criaron leyéndolos. 32 años después, varios de esos lectores le narran esas historias a sus hijos. ¿Sentís que hay un círculo emocional que se cierra?

—Es una satisfacción enorme cuando alguien me escribe para decirme: “Yo te leía de chico y ahora se lo leo a mis hijos”. Hay algo que hace que el personaje se mantenga vigente a pesar de todos los cambios, porque un niño de ahora y uno de hace 32 años debería ser muy distinto. Sin embargo, hay algunas cosas que no cambian. Cuando hacíamos recitales con Ruperto Rocanrol, venían parejas con sus hijos y me decían que este era el primer concierto de rock de sus hijos. Se ha creado una cosa muy familiar en torno al personaje, y es como un afecto que se ha transmitido de una generación a otra. Está buenísimo y no es algo que uno se puede proponer. La verdad es que no sé cómo se hace, pero me alegra mucho que suceda.

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